CLARISSA
Ernesto me está juzgando.
Lo sé.
No tengo pruebas. Pero tampoco dudas.
Estoy sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada contra la cama y la maceta delante de mí.
Ernesto no dice nada. Porque es una planta. Pero tiene energía de juez. Mucha.
-No empieces -le digo.
Ernesto sigue siendo una planta.
Qué pesado.
Resoplo y apoyo la cabeza contra el colchón.
La habitación está tranquila. Demasiado tranquila.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta.
Creo.
O quizá sí.
No lo sé.
Últimamente hay demasiadas cosas que no sé.
Miro a Ernesto.
-La vi.
La planta no reacciona.
Qué poco colaboradora.
- Está bien.
Mi voz sale más bajita de lo normal.
Más rara.
Porque todavía no termino de creérmelo.
La vi.
La abracé.
Escuché su voz.
La tuve delante.
De verdad.
Y ahora mismo sigue pareciendo un sueño extraño.
Uno muy elaborado.
Uno que mi cerebro podría haber inventado perfectamente.
-Fue raro.
Pausa.
-Bueno. No raro malo.
Miro el techo.
Qué sorpresa.
Otra vez el techo.
Creo que tengo una obsesión preocupante.
-Simplemente...
Me quedo pensando.
Las palabras tardan un poco.
-Simplemente pensé que me sentiría diferente.
Porque sí.
La había encontrado.
La había visto.
Habíamos hablado.
Y, aun así...
No era exactamente el final de nada.
Solo otra cosa.
Otro comienzo raro.
Otro problema.
Otra alegría.
Todo mezclado.
Qué asco.
Las emociones son agotadoras.
Miro otra vez a Ernesto.
-No me mires así.
Ernesto no me está mirando.
Obviamente.
Resoplo.
Y entonces me doy cuenta de algo.
Algo bastante estúpido.
Porque llevo como diez minutos sin escuchar ruido en la casa.
Ni pasos.
Ni una puerta.
Ni café preparándose.
Nada.
Frunzo un poco el ceño.
Raro. Muy raro.
Me levanto.
Cojo a Ernesto.
Porque sí. Porque ahora somos un equipo.
Y salgo al pasillo.
Silencio.
Bajo las escaleras.
Nada.
La cocina está vacía.
El salón también.
Entrecierro los ojos.
-¿Hola?
Nadie responde.
Miro a Ernesto.
-¿Ves? Esto es sospechoso.
La planta sigue sin ayudar.
Camino hasta la cocina.
Nada.
Salón.
Nada.
Y entonces me doy cuenta de algo bastante ridículo.
Estoy buscando a Brad.
Paro en seco.
No.
No.
Mentira.
No lo estoy buscando.
Estoy comprobando que la casa no esté vacía.
Hay una diferencia enorme.
Gigantesca.
Importantísima.
Creo.
Me apoyo contra la encimera.
-Esto es culpa tuya.
Le digo a Ernesto.
Porque claramente es culpa de Ernesto.
La planta no parece asumir responsabilidades.
Típico.
Subo otra vez.
Me siento en la cama.
Intento leer algo.
No funciona.
Intento mirar el móvil.
Tampoco.
Intento no pensar.
Fracaso absoluto.
Resoplo.
Y justo cuando estoy empezando a considerar discutir otra vez con una planta...
Escucho pasos.
En el pasillo.
Levanto la cabeza.
La puerta está entreabierta.
Y unos segundos después aparece Brad.
Con una taza de café.
Obviamente.
Porque si algún día deja de llevar café probablemente se rompa el equilibrio del universo.
Me mira.
Luego mira a Ernesto.
Luego vuelve a mirarme.
-No quiero saberlo.
-Ernesto también se alegra de verte.
-No.
-Qué grosero.
Brad entra igualmente.
Se apoya contra el marco de la puerta.
Y durante unos segundos ninguno dice nada.
Lo raro es que no resulta incómodo.
Solo...normal. Extrañamente normal.
-¿Dónde estabas? -pregunto.
La pregunta sale antes de que pueda detenerla.
Brad arquea una ceja.
-Trabajando.
Parpadeo.
-Ah.
Vale.
Eso tenía sentido. Muchísimo. Más sentido del que me gustaría. Porque ahora parezco una persona que estaba pendiente de dónde estaba él.
Qué humillación.
Miro rápidamente a Ernesto.
Traidor.
Brad me observa unos segundos.
-¿Qué haces?
-Hablando con una planta.
-Eso ya lo veo.
-Es terapia.
-Necesitas una mejor.
-Qué poca fe tienes en Ernesto.
Brad resopla. Mini resoplido. Casi una risa.
Bradística.
Avance microscópico.
Me acomodo un poco sobre la cama.
-Por cierto.
-Qué.
-Gracias.
Él tarda un segundo.
-¿Por qué?
-Por lo de Malena.
Pausa. Pequeña. Simple. Pero real.
-La echaba mucho de menos.
Brad baja la vista hacia la taza.
Luego vuelve a mirarme.
-Ya lo sé.
Y ahí. Justo ahí. Hay algo raro. Porque normalmente habría una broma. Una tontería. Un comentario absurdo. Pero no aparece. Y tampoco la busco.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
No es pesado, incómodo, solo es tranquilo.
Muy raro. Muy nuevo.
-¿Valió la pena? -pregunta al final.
Parpadeo.
-¿Qué?
-Verla.
La respuesta sale sola.
-Sí.
Demasiado rápido. Demasiado sincera.
Brad asiente una vez.
Como si hubiera esperado exactamente eso.
Miro la ventana.
Luego a Ernesto.
Luego otra vez a Brad.
-¿Sabes qué es lo peor?
-Qué.
-Ahora la voy a extrañar otra vez.
No sé por qué lo digo.
Simplemente sale.
Brad tarda un poco en responder.
-Pero ahora sabes que está bien.
Pausa.
-Supongo.
-Y la volverás a ver.
Asiento. Despacio.
Porque tiene razón. Y eso es molesto. Me gusta tener razón yo.
Nos quedamos callados otra vez.
Editado: 24.08.2026