No me llames princesa (1)

Capítulo 63

CLARISSA

Hay una cosa profundamente ofensiva sobre las ventanas con barrotes.

Y es que te obligan a pensar.

Miro por la ventana con los brazos apoyados sobre el alféizar.

Fuera el cielo está despejado.

La ciudad sigue haciendo cosas de ciudad.

La gente sigue viviendo sus vidas.

Y yo sigo aquí.

Resoplo.

A mi lado, sobre una silla, está Ernesto.

Porque aparentemente ahora comparto espacio vital con una planta.

-Mira qué bonito todo ahí fuera.

Ernesto no responde.

-Pero tampoco exageremos. Hay gente.

La planta sigue siendo increíblemente poco participativa.

Entrecierro los ojos.

-¿Sabes qué es lo peor?

Nada.

-Absolutamente todo.

Pausa.

-Bueno, no. Eso es mentira.

Porque ahora mismo hay cosas buenas.

Leni está bien.

La he visto.

La volveré a ver.

Y eso ya cambia muchas cosas.

Aunque no todas.

Nunca todas.

Me quedo observando la calle unos segundos más antes de alejarme de la ventana.

-Voy a ducharme.

Ernesto parece indiferente.

Qué poco apoyo emocional recibo en esta casa.

El baño está caliente cuando salgo de la ducha.

Me seco el pelo un poco y vuelvo a mi habitación.

Abro el armario.

Y ahí está.

El chándal.

Uno de los últimos que Brad me trajo.

Negro.

Obviamente.

Porque parece que tanto él como yo tenemos un problema serio con los colores alegres.

Me lo pongo.

La tela todavía se siente nueva.

Cómoda.

Y mientras me ajusto las mangas me doy cuenta de algo bastante molesto.

Brad tiene buen gusto.

Qué tragedia.

Porque ahora cada vez que me pongo algo que él ha comprado mi cerebro decide recordármelo.

Miro mi reflejo.

Luego resoplo.

Y aquí viene el verdadero problema.

Porque cuando conocí a Brad pensé varias cosas.

La primera:

Qué miedo.

La segunda:

Qué borde.

La tercera:

Qué cara de querer asesinar al universo tiene este hombre.

Y ahora...

Ahora mi cerebro ha evolucionado hacia pensamientos mucho peores.

Muchísimo peores.

Tipo:

Qué injusto que alguien tan insufriblemente serio tenga unas pestañas tan bonitas.

O:

¿Por qué tiene los brazos así?

O incluso:

Si sigue apoyándose en los marcos de las puertas como protagonista traumático de película voy a tener que denunciarlo.

Qué horror.

Qué vergüenza.

Qué situación tan innecesaria.

Me tapo la cara.

-No.

No vamos a analizar esto.

Porque analizar cosas nunca ha ayudado a nadie.

Bueno.

A mí menos.

Me dejo caer sobre la cama.

Y entonces pienso en Leni.

Y esta vez no duele.

Solo...

La recuerdo.

&&&

CLARISSA (17 años)

Está lloviendo.

Muchísimo.

Una barbaridad.

Leni y yo estamos sentadas debajo de una parada de autobús después de salir de clase.

Empapadas.

Porque claramente ninguna de las dos tuvo la brillante idea de traer paraguas.

-Tenemos que correr -dice.

-No.

-¿Por qué?

-Porque si corro me muero.

-No te vas a morir.

-La gente siempre dice eso antes de que alguien se muera.

Me mira.

-Qué pesada eres.

-Lo sé.

Se ríe.

Y durante unos segundos simplemente nos quedamos ahí.

Viendo la lluvia.

Sin hacer nada.

Sin hablar demasiado.

Solo estando.

Luego Leni saca dos galletas aplastadas de la mochila.

Las mira.

Las vuelvo a mirar yo.

Parecen víctimas de un accidente.

-¿Qué les pasó?

-No preguntes.

Me da una.

-La amistad verdadera consiste en compartir desgracias.

Le doy un mordisco.

Está horrible.

Ella también lo sabe.

Y aun así nos quedamos comiéndolas.

Porque tenemos hambre.

Porque estamos cansadas.

Porque tenemos diecisiete años.

Y porque, por alguna razón, ese momento tan pequeño se siente perfecto.

Todavía recuerdo cómo se reía.

Todavía recuerdo la lluvia.

Todavía recuerdo pensar:

ojalá esto dure mucho tiempo.

&&&

Abro los ojos despacio.

Y sonrío un poquito.

Solo un poquito.

Porque sí.

Duró.

Y todavía sigue durando.

De una forma rara.

Complicada.

Pero sigue aquí.

Bajo las escaleras.

Ernesto conmigo.

Porque ya hemos aceptado que esto es una relación profesional.

La casa está tranquila.

Paso por el salón.

Nada.

La cocina.

Nada.

Parpadeo.

Ajá.

Otra vez.

Otra vez estoy mirando por si Brad está por aquí.

Qué casualidad tan sospechosa.

Me apoyo en la encimera.

-No estoy buscándolo.

Le digo a Ernesto.

La planta no parece convencida.

Traidora.

Abro un armario.

Lo cierro.

Abro otro.

Lo cierro también.

No sé qué estoy haciendo.

Y justo cuando estoy empezando a perder el respeto por mí misma...

Escucho pasos.

Mierda.

Levanto la cabeza.

Brad aparece desde el pasillo.

Camisa oscura.

Mangas remangadas.

Cara de funeral premium.

Lo normal.

Se detiene al verme.

Luego mira a Ernesto.

Luego vuelve a mirarme.

-¿Lo llevas a todas partes?

-Ernesto tiene vida social.

-No.

-Sí.

-No.

-Sí.

Suspira.

Muy Brad.

Y sigue caminando hacia la cocina.

Yo voy detrás.

Sin pensar.

Como quien no quiere la cosa.

Como una persona completamente normal.

Totalmente normal.

Abre un armario.

Saca una taza.

Café.

Obviamente.

-Por cierto.

Brad levanta una ceja.

-Qué.



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En el texto hay: secuestro, mafia, humor

Editado: 24.08.2026

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