DAMON
El despacho de Sebastián siempre ha tenido una cualidad especial.
Consigue que quieras irte incluso antes de entrar.
La puerta se cierra detrás de mí.
Sebastián está sentado tras el escritorio.
Traje oscuro. Expresión tranquila. La misma cara que pone cuando habla de negocios y cuando decide destruir la vida de alguien.
-Hijo.
Ya empezamos.
-No tengo mucho tiempo -respondo.
Sebastián sonríe apenas.
-Nunca lo tienes.
Me da igual.
Cruzo los brazos.
-¿Qué quieres?
Abre una carpeta. La desliza sobre la mesa.
Dos fotografías. Un niño. Una niña. Los observo. No parecen mayores de diez años.
-¿Quiénes son?
-El hijo y la hija de un político.
Levanto una ceja.
-¿Y?
-Vas a traerlos.
Directo. Como siempre.
Miro las fotos otra vez.
-La seguridad.
-Tenemos horarios.
-¿Consecuencias?
-No importan.
Claro.
Porque para Sebastián nunca importan.
Cierro la carpeta.
-¿Cuándo?
-Hoy.
Lo miro.
Él me devuelve la mirada.
Durante unos segundos ninguno habla.
Luego guardo la carpeta.
-Lo haré.
-Por supuesto que lo harás.
Y eso.
Eso último me da ganas de romperle algo.
Pero no hoy.
&&&
Tres horas después estoy dentro de un coche negro observando la salida de un colegio privado.
Llevo aquí demasiado tiempo.
Los niños salen acompañados por escoltas.
Normal.
Pero los escoltas son aparentemente malos. Eso ayuda.
La mayor sale primero.
El pequeño detrás.
Los dos escoltas se mantienen cerca. Demasiado cerca.
Observo los horarios otra vez. Las rutas. Los movimientos.
Todo coincide.
Perfecto. O casi. Porque justo cuando los niños giran hacia la calle lateral, uno de los escoltas se detiene.
Frunce el ceño.
Y mira directamente hacia donde estoy aparcado.
Mierda.
No debería haberme visto. No del todo. Pero ha visto algo. Quizá el coche. Quizá el reflejo del cristal. Quizá simplemente tiene mejores instintos que el resto.
El escolta dice algo por el comunicador.
El otro gira la cabeza.
Los dos empiezan a acercarse.
Resoplo.
Qué pesados.
Salgo del coche antes de que puedan acercarse demasiado.
Camino hacia ellos con tranquilidad. Como si perteneciera allí. Como si no estuviera a punto de secuestrar a los hijos de un político.
El primero da un paso al frente.
-¿Quién es usted?
No respondo.
Nunca merece la pena.
El golpe llega antes de que termine la pregunta. Rápido. Preciso.
Cae al suelo.
El segundo reacciona mejor.
Intenta llevarse una mano al comunicador.
Intenta.
No llega.
Lo sujeto del brazo, lo estrello contra la pared más cercana y pierde el conocimiento un segundo después.
Silencio.
Miro alrededor.
Nadie ha visto nada.
Aunque cuando me giro, encuentro a los dos niños observándome. El pequeño parece impresionado. La mayor parece horrorizada. Lo normal.
-¿Acabas de noquear a nuestros escoltas? -pregunta ella.
-Sí.
-Guau -dice el pequeño.
Su hermana lo mira.
-No digas guau.
-¿Por qué?
-¡Porque nos va a secuestrar!
El niño se queda pensando.
-Bueno... técnicamente todavía no.
Resoplo.
Ya me duele la cabeza.
-Vamos.
Sorprendentemente, obedecen. Eso sí que no me lo esperaba.
&&&
Media hora después ambos están sentados detrás de mí.
Ninguno parece entender la gravedad de la situación.
Lo cual es preocupante. Muy preocupante.
-¿Eres mafioso?
Parpadeo.
Miro por el espejo.
El pequeño. Pelo oscuro. Demasiada energía para existir.
-Sí.
-Guau.
No sé qué respuesta esperaba. Pero no esa.
La mayor lo mira.
-No digas guau.
-¿Por qué?
-Porque nos han secuestrado.
-Ya lo sé.
-Pues compórtate como alguien secuestrado.
-¿Cómo se hace eso?
La hermana mayor abre la boca. La vuelve a cerrar.
Buen punto.
Yo sigo conduciendo.
-¿Tienes nombre? -pregunta el pequeño.
No respondo.
-Seguro que sí.
Sigo sin responder.
-Yo creo que tiene cara de llamarse Roberto.
Mierda.
Clarissa me ha infectado.
Porque automáticamente pienso: "Eso es algo que diría ella."
Qué horror.
-No tiene cara de Roberto -dice la hermana mayor.
-Entonces Alberto.
-Tampoco.
-¿Francisco?
-Menos todavía.
Me masajeo la sien.
-Damon.
Los dos me miran.
-¿Qué?
-Mi nombre.
El pequeño sonríe.
-Sabía que no era Roberto.
&&&
El móvil vibra.
Lo ignoro.
Vuelve a vibrar.
Lo ignoro otra vez.
Trabajo primero.
Todo lo demás después.
Siempre.
Cinco minutos más tarde llegamos a la mansión.
Aparco.
Bajo del coche.
Abro las puertas traseras.
Los niños salen.
Les coloco una cuerda ligera para guiarlos. Más por protocolo que por necesidad. Porque sinceramente parecen más interesados en hacer preguntas que en escapar.
-¿Aquí vives?
-Sí.
-Es enorme.
-Lo sé.
-¿Tienes piscina?
-Sí.
-¿Y cine?
-Sí.
-¿Y dinosaurios?
-No.
El pequeño parece decepcionado.
Qué pena.
&&&
Me estoy acercando a la entrada con los niños detrás mía, cuando veo que el guardia que está custodiando la puerta es Max.
El mejor guardia de por aquí y el que mejor me cae la verdad. Es un hombre de cuarenta años, fornido y buena gente. No esta casado, pero por lo que le he oído decir al respecto, no le importa mucho.
-Buenos días, señorito Damon -me dice brindándome una sonrisa.
-Buenas, Max-le devuelvo la sonrisa.
Editado: 24.08.2026