CLARISSA
Ernesto hoy no está siendo especialmente útil.
No es que normalmente lo sea, pero hoy es peor.
Está en la mesa, mirándome -o al menos yo interpreto que me mira- como si supiera algo que yo no.
Lo odio un poco por eso.
-Me estás juzgando otra vez -le digo.
Ernesto no responde.
Obvio.
Suspiro y me dejo caer en la silla.
La casa está tranquila.
Demasiado tranquila otra vez.
Eso empieza a ser un patrón y no me gusta nada.
Porque cuando esta casa está demasiado tranquila, significa una de dos cosas:
O todos están durmiendo.
O están haciendo cosas de las que no te cuentan hasta después.
Y aquí, normalmente, es la segunda.
Me levanto.
Camino sin pensar demasiado por el pasillo.
Primero la cocina. Nada. El salón. Nada.
Entrecierro los ojos.
-Esto es sospechoso.
Ernesto no opina. Qué sorpresa.
Subo un par de escalones.
Y entonces lo oigo.
La puerta. El coche.
Me detengo.
Un segundo.
Dos.
No sé por qué... pero mi cuerpo ya lo sabe antes que yo.
Brad.
No sé cómo lo sé. Pero lo sé.
Y eso me molesta un poco.
Bajo más rápido de lo que quiero admitir.
Llego al salón justo cuando la puerta principal se abre.
Brad entra.
Como siempre.
Demasiado tranquilo para alguien que probablemente ha hecho cosas ilegales hoy.
Cierra la puerta detrás de él.
Ni siquiera me mira de inmediato.
Primero la casa.
Segundo Ernesto.
Tercero yo.
-Estás aquí -digo.
Genial frase. Muy profunda. Nobel de la literatura para mí.
Brad me mira.
-Sí.
Pausa.
-También estoy aquí cuando no lo dices en voz alta.
Qué borde.
Qué... normal.
Resoplo.
-Ernesto estaba preocupado.
-No.
-Sí.
-No estaba.
-Sí estaba.
Ernesto no confirma nada. Pero tampoco lo niega. Traidor emocional.
Brad deja las llaves en la mesa.
El sonido es seco.
Más fuerte de lo que debería.
O quizá soy yo.
-¿Qué haces? -pregunta.
-Vivir.
-No parece.
-Es que soy sofisticada.
Me mira un segundo.
No es burla del todo.
Tampoco es seriedad completa.
Es... Brad.
Eso debería ser ilegal.
Me siento en el sofá.
Él se queda de pie.
Como siempre.
Como si sentarse fuera opcional para la gente normal y obligatorio solo cuando el mundo se rompe.
-¿Ha ido bien? -pregunto.
La pregunta sale antes de pensarlo.
Y eso me molesta un poco.
Brad se queda quieto medio segundo.
-Sí.
Una respuesta. Simple. Pero no suena simple.
Asiento.
Vale.
Bien.
Supongo.
Ernesto sigue en la mesa del comedor.
Siento su juicio desde aquí.
-Te has ido mucho hoy -digo.
Lo digo sin querer sonar a nada concreto.
Pero suena raro igual.
Brad me mira.
-Sí.
-¿Y?
-Trabajo.
-Claro.
Obvio.
Me cruzo de brazos.
No sé por qué sigo hablando.
Pero sigo.
Y eso ya es sospechoso.
-Y... ¿has comido?
Silencio.
Pequeño.
Rápido.
Luego:
-Sí.
Miente. Lo sé. No sé cómo lo sé. Pero lo sé.
Resoplo.
-Qué desastre eres.
-No es cierto.
-Claro que sí.
Brad se acerca a la cocina.
Saca una taza.
Café.
Obviamente.
Qué sorpresa.
Lo odio un poco por ser tan predecible.
Pero también no.
Eso es lo peor.
Me levanto sin pensarlo.
Voy detrás de él.
Ernesto nos observa desde el salón.
Siento su desaprobación como si fuera un padre divorciado emocionalmente.
Brad está de espaldas.
Haciendo café.
Y me doy cuenta de algo. Otra vez. Estoy aquí. Detrás de él.
Sin motivo real.
Solo... aquí.
Qué raro.
Me apoyo en la encimera.
-No has dormido bien -digo.
No es una pregunta.
Brad se detiene un segundo.
-No lo sabes.
-Sí lo sé.
-No.
-Sí.
Me mira por encima del hombro. Esa mirada otra vez. La que no explica nada pero lo dice todo sin querer.
-No deberías deducir tanto -dice.
-Es mi talento.
-No es un talento.
-Es un don.
-Es un problema.
Sonrío un poco. De forma pequeña. Involuntario. Qué humillante.
Brad vuelve al café.
Silencio otra vez.
Pero no incómodo.
Solo... presente.
Como si la casa estuviera respirando más lento.
Y entonces me doy cuenta de algo estúpido.
No he dejado de seguirlo desde que entró.
Ni una vez.
Ni siquiera lo he pensado.
Solo lo he hecho.
Y lo peor es que no me molesta.
-Qué raro -murmuro.
-Qué.
-Nada.
Brad se gira.
Me mira.
Más tiempo del normal.
-Estás rara -dice.
-Estoy normal.
-No.
-Sí.
-No.
Me cruzo de brazos más fuerte.
Ernesto estaría orgulloso de mi capacidad argumentativa.
Brad deja la taza en la mesa.
Se queda mirándome un segundo más.
Uno de esos segundos que no tienen motivo para existir.
Y yo no aparto la mirada.
Eso es nuevo.
-¿Te pasa algo? -pregunta.
Silencio.
El aire se siente... distinto.
No pesado.
Solo más consciente.
-No lo sé -respondo.
Y por primera vez, eso suena verdad.
Brad asiente despacio.
Como si aceptara una respuesta que no le gusta, pero no va a discutir.
-Vale -dice.
Y eso es todo. Pero no se siente como todo. Se siente como algo que todavía no sabemos nombrar.
Me vuelvo hacia el salón.
Ernesto sigue ahí. Inmóvil. Perfecto. Como siempre.
Pero ahora la casa ya no se siente vacía.
Solo... extraña.
Llena de silencios que no molestan.
Y de gente que no debería importarme tanto como me importa.
Me dejo caer en el sofá otra vez.
Editado: 24.08.2026