SEBASTIÁN
Hay algo profundamente decepcionante en la incompetencia.
La mayoría de la gente cree que el problema de una organización es la traición.
No.
La traición es fácil de entender.
Lo complicado es la estupidez.
Miro los documentos extendidos sobre mi escritorio. Nombres. Fechas. Movimientos. Errores. Demasiados errores. Y eso no me gusta.
La puerta del despacho se abre.
Nicolás entra sin decir nada.
Bien.
Al menos uno de mis hombres entiende el concepto de llamar la atención lo mínimo posible.
-Se han movido otra vez.
No levanto la vista.
-Lo sé.
-El almacén.
-Sí.
Silencio. Me gusta el silencio. La gente inteligente suele soportarlo. La gente nerviosa intenta llenarlo.
Nicolás se queda callado.
Buena decisión.
Paso una página. Luego otra. Luego una tercera. Todo está ahí. Demasiadas coincidencias. Demasiada precisión. Demasiada suerte. Y la suerte no existe. No en este negocio. No durante tanto tiempo.
Alguien está hablando.
La cuestión no es si ocurre.
La cuestión es quién.
-¿Quieres que investigue? -pregunta Nicolás.
Por fin levanto la vista.
-Ya estoy investigando.
Asiente.
No pregunta más.
También es una buena decisión.
La mayoría de la gente tiene la mala costumbre de hacer preguntas cuando ya sabe que no le va a gustar la respuesta.
-¿Crees que es alguien de dentro?
Sonrío un poco. Muy poco.
-Siempre es alguien de dentro.
Porque así funciona todo.
Las guerras. Las empresas. Las familias. Las organizaciones. Los imperios no caen desde fuera. Caen desde dentro. Siempre.
Nicolás observa los documentos.
-¿Tienes sospechosos?
-Sí.
-¿Quién?
Cierro la carpeta.
-Todavía no lo sé.
La respuesta parece confundirlo.
Normal.
La gente cree que sospechar y saber son lo mismo.
No lo son.
Tengo sospechas.
Y las sospechas son más útiles cuando permanecen en silencio.
-Quiero vigilancia sobre todos.
-¿Todos?
-Todos.
Asiente.
-Entendido.
Se marcha unos minutos después.
Y vuelvo a quedarme solo.
Prefiero estar solo.
La mayoría de las personas mejoran mucho cuando abandonan una habitación.
Miro por la ventana.
La ciudad sigue moviéndose. Pequeña. Predecible. Llena de gente convencida de que controla algo.
Me hace gracia.
Porque nadie controla nada.
Solo administramos el caos durante un tiempo.
El móvil vibra. Un mensaje. Lo leo.
Y me quedo quieto. Solo un segundo. Después sonrío. Esta vez de verdad.
Porque al fin aparece algo interesante. Un informe. Una fotografía. Una imagen tomada hace apenas dos días.
La observo despacio. Muy despacio. Luego una segunda vez. Y una tercera.
Conozco esa expresión.
Conozco esa postura.
Conozco esa mirada.
La he visto antes.
Hace años.
En otra persona.
La fotografía muestra a Damon.
Y junto a él está la chica.
Malena.
No hacen nada especial.
Solo caminan.
Hablan.
Se ríen.
Pero no es eso lo importante.
Lo importante es Damon.
Porque conozco a mi hijo.
Y esa expresión no debería estar ahí.
Me apoyo contra la silla.
Interesante. Muy interesante.
Dejo la fotografía sobre la mesa. Porque ahora ya no solo tengo un posible traidor. Ahora también tengo una debilidad. Y las debilidades son mucho más fáciles de encontrar que los traidores. Muchísimo más.
Vuelvo a mirar la imagen.
Luego tomo el teléfono.
Marco un número.
Tardan tres tonos en responder.
-¿Sí?
-Necesito información.
-¿Sobre quién?
Miro la fotografía una vez más.
-Sobre una universitaria llamada Malena.
Silencio.
-¿Algo más?
Sí. Muchas cosas. Pero no las digo. Todavía no. Porque algunas piezas se mueven mejor cuando nadie sabe que están siendo observadas.
Cuelgo.
Y vuelvo a mirar la ciudad.
La sonrisa sigue ahí. Pequeña. Fría.
Porque, por primera vez en semanas...creo que acabo de encontrar exactamente dónde golpear.
Editado: 24.08.2026