BRAD
Hay documentos que deberían arder.
No por qué sean importantes. Por qué son molestos.
Tengo tres carpetas abiertas sobre la mesa y ninguna me gusta.
Rutas. Horarios. Entradas. Salidas. Posiciones.
La operación "Matar al rey".
Nombre ridículo.
Trabajo complicado.
Pamela la bautizó así hace años. Cuando todavía fingíamos que los nombres absurdos hacían las cosas menos peligrosas.
No funcionó.
Repaso el plano por cuarta vez.
La quinta ya sería obsesión.
O la sexta.
Da igual.
Sebastián tiene demasiadas costumbres y muy pocas manías. Eso lo hace incómodo. La gente predecible es sencilla. Sebastián no.
Marco dos puntos del mapa.
Luego tres.
Después cierro una carpeta y abro otra.
Y entonces llaman a la puerta.
No levanto la vista.
-Adelante.
La puerta se abre despacio.
Clarissa asoma la cabeza.
Solo la cabeza.
Como una criatura sospechosa.
-Parpadea dos veces si interrumpo algo ilegal.
-No.
-¿Eso significa que sí o que no?
-Sí.
-Bueno, técnicamente las dos respuestas son preocupantes.
La miro.
Está sujetando a Ernesto.
Claro.
Porque aparentemente la planta también participa en las conversaciones importantes.
-¿Qué haces aquí?
-En defensa de Ernesto, ha sido idea suya.
-No.
-Sí.
-No.
-Sí.
Entra.
Más despacio de lo habitual.
Eso llama la atención.
Clarissa no suele entrar despacio a ninguna parte.
Se acerca al escritorio.
Lleva a Ernesto abrazado.
No voy a analizar eso.
-¿Qué pasa? -pregunto.
-Nada.
-Mentira.
-Un poco.
-Deja de rodear las cosas.
Me observa unos segundos.
-Malena.
Levanto una ceja.
-¿Qué pasa con ella?
-Nada malo.
Pausa.
-Es que...
Se acomoda mejor a Ernesto.
-Yo solo...
Vale.
Eso sí es nuevo.
Clarissa incómoda.
Más raro que una sonrisa mía.
-Habla.
-Mira, no me juzgues.
-Te juzgo constantemente.
-Gracias por el apoyo.
-Continúa.
Se rasca la mejilla.
-Ya ha empezado otra semana y...
Hace una pausa.
-Y quería saber si podía verla.
La observo.
-Yo sé que dijimos dos veces y todo eso y tampoco quiero parecer una acosadora con dependencia afectiva porque sería humillante y-
-Clarissa.
-Qué.
-Respira.
-Se me había olvidado.
La miro.
Ella baja un poco la vista.
-La echo de menos.
Y lo dice tan sencillo que ni siquiera parece darse cuenta.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Como si no tuviera nada de malo querer ver a alguien.
-Podríamos ir mañana o pasado o no sé, tampoco es una emergencia nacional...
-Sí.
Parpadea.
-¿Sí?
-Sí.
Sus ojos se abren un poco.
-¿Sin discutir?
-No.
-¿Sin poner cara de funeral premium?
-No prometo milagros.
Y entonces sonríe.
Pequeño error por mi parte.
Porque ya sé que esa sonrisa hace cosas raras con mi paciencia.
-¿De verdad?
-Sí.
-¿Y Damon?
-El acuerdo era entre los dos.
-Sí, pero...
Se queda quieta.
-Gracias.
No responde como suele hacerlo.
No hay bromas.
Solo eso.
Gracias.
Extraño.
Muy extraño.
Y por alguna razón no me molesta.
Al contrario.
Clarissa se acerca un poco más al escritorio.
-Debes estar cansado.
-No.
-Mientes fatal.
-No.
-Sí.
-No.
-Sí.
Se inclina ligeramente para mirar los documentos.
-¿Sigues con tus cosas misteriosas?
-Sí.
-¿Y duermes?
-Sí.
-Más mentiras.
-No.
-Sí.
Levanto la vista.
Y descubro que está demasiado cerca.
Mucho.
Ella también parece darse cuenta.
Porque deja de hablar.
Milagro estadístico.
Sus ojos bajan un momento.
Luego vuelven a mí.
Y ninguno se mueve.
Qué situación tan innecesaria.
-Yo...
Empieza ella.
Pero el móvil vibra.
Mierda.
Damon.
Contesto inmediatamente.
-Qué.
Al otro lado no responde enseguida.
Eso ya no me gusta.
-Bradley.
Su voz es distinta.
-Qué ha pasado.
Pausa.
-Sebastián sabe quién es.
Enderezo la espalda.
-¿Quién?
-Lena.
Mierda.
La palabra aparece sola.
-¿Qué?
-Ha investigado.
Ya no miro los documentos.
Ya no veo el despacho.
Ni siquiera recuerdo que Clarissa está delante.
-Damon.
-Él sabe quién es.
-¿Qué te ha dicho?
-Que ha encontrado una distracción.
Aprieto la mandíbula.
-Yo le he dicho que no se metiera.
-Mierda.
-Eso mismo pensé.
Cierro los ojos un segundo.
Mal.
Muy mal.
-¿Dónde estás?
-En la universidad.
-Quédate con ella.
-¿Qué?
-No la dejes sola.
-Bradley...
-Hazme caso.
Silencio al otro lado.
-Vale.
Cuelgo.
Y levanto la vista.
Clarissa sigue ahí.
Ya no sonríe.
Porque es Clarissa.
Y porque es lista.
Demasiado.
-¿Ha pasado algo?
La miro.
Y por un instante pienso en mentir.
Pero ella me conoce demasiado para eso.
-Sí.
-¿Algo malo?
-Sí.
-¿Muy malo?
-Sí.
Asiente despacio.
-No me lo vas a contar.
-No.
-Vale.
Y ahí está.
No insiste.
No pregunta.
No se enfada.
Solo se queda ahí.
Y entonces, sin decir nada, se acerca.
Y me abraza.
Así.
Sin avisar.
Sin permiso.
Como si fuera lo más lógico del mundo.
Me quedo quieto.
Porque Clarissa abrazando personas tampoco entra dentro de las leyes naturales.
-¿Qué haces? -pregunto.
Editado: 24.08.2026