No me llames princesa (1)

Capítulo 74

PAMELA

Las personas creen que las conversaciones importantes empiezan cuando alguien decide hablar.

No.

Empiezan mucho antes.

Cuando alguien deja de ser relevante sin darse cuenta.

Reviso unos documentos sobre la mesa del despacho.

No los estoy leyendo.

Los estoy ordenando.

Es distinto.

Siempre es distinto.

La puerta está entreabierta.

Como siempre.

Sebastián no cree en cerrar puertas del todo. Le gusta la idea de poder salir sin pedir permiso.

O de que otros no sepan si pueden entrar.

Es una forma elegante de control.

O de paranoia.

A veces es difícil distinguirlo.

Me levanto.

Camino hasta la ventana.

La ciudad está igual que siempre.

Ruido. Movimiento. Vida fingida.

Todo sigue su curso incluso cuando alguien importante empieza a dejar de serlo.

El teléfono vibra.

No lo miro.

Ya sé quién es.

Sebastián no llama.

Sebastián interrumpe.

Contesto después de unos segundos.

-Sebastián.

Silencio breve.

-Pamela.

Su voz sigue siendo la misma.

Demasiado segura.

Demasiado estable.

Como si nada estuviera cambiando.

-Tenemos que hablar -digo.

Pausa.

-No.

Sonrío apenas.

No porque me haga gracia.

Porque era la respuesta esperada.

-Sí.

Otra pausa.

Más larga esta vez.

-No tengo tiempo -responde.

-Sí lo tienes.

El silencio que sigue es distinto.

No es duda.

Es cálculo.

Lo conozco bien.

Sebastián no rechaza conversaciones.

Las pospone cuando cree que aún controla el resultado.

-Mañana -dice al final.

-Hoy.

Otra pausa.

Esta vez más corta.

-Eres insistente.

-Y tú eres predecible cuando intentas evitar algo.

No responde.

Eso ya es respuesta.

-A las ocho -dice.

-En tu despacho.

-Como si hubiera otra opción.

Cuelga.

Guardo el móvil.

Y me quedo mirando la ciudad un momento más.

Las decisiones importantes no necesitan dramatismo.

Solo continuidad.

&&&

Llego antes.

Siempre llego antes.

No es ansiedad.

Es control del espacio.

El despacho de Sebastián no ha cambiado.

Nada aquí cambia nunca.

Eso también es una forma de miedo.

Me detengo frente a la puerta.

Toco una vez.

No espero respuesta.

Entro.

Sebastián está sentado.

Como siempre.

Traje oscuro.

Postura perfecta.

Cara de alguien que cree que todavía tiene el tablero completo.

Levanta la vista.

-Has venido.

-Te dije que vendría.

-Dijiste que querías hablar.

-Es lo mismo.

No sonríe.

Pero lo considera.

Eso ya es suficiente.

Me acerco sin prisa.

No me siento.

No todavía.

-¿Qué quieres, Pamela?

Directo.

Como siempre.

Apoyo una mano sobre el respaldo de una silla.

-Orden -respondo.

Sebastián entrelaza los dedos.

-Lo tenemos.

-No.

Pausa.

Lo observo.

Por primera vez en mucho tiempo, no está seguro de qué viene después.

Eso es interesante.

-Explícate -dice.

-Hay ruido -respondo.

-Siempre lo hay.

-Este es distinto.

Sebastián se recuesta.

-Estás siendo vaga.

-Estoy siendo precisa.

Silencio.

Me gusta el silencio cuando lo provoca otra persona.

Significa que está procesando.

-¿Dónde? -pregunta.

-Dentro.

Eso cambia algo en su expresión.

Muy poco.

Pero suficiente.

-¿Dentro de qué?

No respondo inmediatamente.

Dejo que lo entienda solo.

Y lo hace.

Por supuesto que lo hace.

-No -dice al final.

Una respuesta automática.

Defensiva.

-Sí -repito.

Sebastián me observa.

Ahora sí.

De verdad.

-¿Quién?

No contesto.

Porque esa no es la pregunta correcta.

La pregunta correcta sería otra.

Pero no está preparado para hacerla todavía.

-No estoy aquí para discutir sospechas -digo.

-Entonces para qué estás aquí.

Me acerco un poco más.

Ahora sí lo miro directamente.

-Para avisarte.

Silencio.

Más largo.

Más pesado.

Sebastián apoya las manos sobre el escritorio.

-Esto no es habitual en ti.

-Nada de esto lo es.

Eso lo detiene un segundo.

Bien.

-¿Qué estás insinuando? -pregunta.

No respondo de inmediato.

Porque ahora sí voy a medir las palabras.

No por él.

Por el resultado.

-Que hay gente cerca de ti que no es leal.

Sebastián sonríe apenas.

Muy poco.

Frío.

-Eso no es una novedad.

-No.

Pausa.

-La novedad es cuánta.

La sonrisa desaparece.

Eso sí le importa.

-Nombres -dice.

Niego.

-Todavía no.

-Pamela.

Su tono cambia ligeramente.

No amenaza.

Advertencia.

Me mantengo igual.

-No he venido a darte una lista.

-Entonces has venido a perder mi tiempo.

-He venido a evitar que pierdas el control.

Silencio.

Ahora el aire pesa distinto.

Sebastián se levanta.

Camina hacia la ventana.

Igual que yo antes.

Qué predecible.

-Siempre has tenido una forma curiosa de cuidar este lugar -dice.

-No lo cuido.

-Entonces qué haces.

Lo miro.

-Lo reorganizo.

Esa palabra le molesta.

Lo veo.

-Esto es mi organización -dice.

-Lo era.

Se gira.

Ahora sí hay algo en su mirada.

No sorpresa.

No rabia.

Algo más peligroso.

Comprensión lenta.

-Estás cruzando una línea -dice.

-La línea ya estaba cruzada.

Silencio.

Por primera vez, Sebastián no responde de inmediato.

Eso es raro.

Eso es importante.

Se acerca de nuevo al escritorio.



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En el texto hay: secuestro, mafia, humor

Editado: 24.08.2026

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