No Me Olvides

Despertar

La luz me obligó a despertar, porque bien pudiera haber seguido durmiendo. Es una luz blanca, pulcra y dolorosa, que se me cuela entre los párpados, clavándose en mis ojos. Parpadeo par de veces, incómoda. El techo se extiende ante mí. Un techo de escayola, con una de esas lámparas alargadas. El olor a "inyecciones" confirma mi idea antes de que pueda procesarla: siento ese fondo metálico y frío que tienen todo hospital.
¿Qué estoy haciendo aquí?
Levantarme de la cama y salir corriendo es mi primer impulso, pero un dolor intenso me recorre la cabeza y el costado derecho y desisto completamente de huir. Me recuesto sobre la cama, demasiado dura para los dolores que tengo.
Miro hacia abajo. Mis manos. Son jóvenes, las uñas sin pintar, limpias. Son mis manos, pero no las reconozco del todo y me embarga una extraña sensación de impropiedad, como si llevara un traje que no me pertenece.
Traigo puesto mi uniforme escolar, muchísimo más sucio de lo que debería de estar. Una enfermera entra sin hacer ruido.
Ah, ya despertaste. ¿Cómo te sientes?
Me sonríe, una sonrisa profesional, de las que han ensayado muchas veces.
La miro. Mi voz suena como un susurro rasposo.
¿Dónde...?
— Tuviste un accidente. Ya estás fuera de peligro, pero hubo que remendarte en varias partes. — me explica en tono jocoso y logro entender a que se refiere. Tengo 3 puntos de sutura en una rodilla.
Accidente. La palabra flota en el aire. Intento agarrarla, buscarle sentido, pero no encuentro nada. Vacío. Solo vacío.
La observo y, de repente, miles de preguntas crecen dentro de mí, urgentes, desesperadas.
Entonces lo siento. Algo frío contra mi piel, justo en la base del cuello. Bajo la mano y encuentro una cadena fina. La sigo hasta el final. Un colgante. Pequeño, redondo, con una piedra azul celeste en el centro. Un azul precioso, como el cielo sin nubes.
— ¿De quién es esto?
Lo llevabas puesto cuando ingresaste. No tenías documentación. Solo esto.
Miro detenidamente el collar y siento como si me devolviera la mirada. Aunque lo traigo puesto siento que no es mío. Es lo único que me dice que antes de estar en este lugar, yo existía. ¿Lo peor de todo? También siento que alguien más lo está esperando.
Dos minutos más tarde, entran con su característica algarabía, como si llevara la vida entera esperando allá afuera. Mi mamá es la primera. Tiene el pelo castaño, como yo, y los ojos súper hinchados de llorar. Detrás de ella mi abuela, con un paquete en la mano.
Adriana dice mi madre, y su voz se rompe. Mi niña.
Me abrazan a la vez. Huelen a casa, algo que reconozco aunque no sepa ponerle nombre.
— ¿Qué pasó, mamá?
Las palabras me salen solas, como si hubieran estado esperando su momento.
Ella llora y mi abuela me acaricia la parte de la cabeza que no está llena de chichones.
— Dicen que te caíste de tu bicicleta porque un carro te chocó. - me responde. - El mismo chofer del carro te trajo hasta aquí.
Agradezco a Dios que ese hombre no me haya dejado tirada, sino no se qué sería de mí.
— Te acuerdas de mí, ¿verdad?
Me dice mi abuela con los ojos exactamente iguales que los de mi madre. La miro, algo se mueve dentro de mí.
— Claro, abuela.
Ella sonríe, y esa sonrisa me llega al alma. Me llega de verdad.
— Soy Esperanza, mija. Tu abuela.
La abrazo y, por un segundo, el mundo no parece tan vacío.
— ¿Dónde está mi hermano? ¿Y mi abuelo?
Le pregunto al notar sus ausencias.
— Están allá abajo esperándonos para saber de tú, porque a Kevin no lo han dejado pasar hasta aquí.
Tiene razón. Con 8 años no lo dejarían entrar.
Pasamos tiempo juntas. Me cuentan cosas de mi infancia: historias que de memoria me sé, pero que nunca esta demás recordar y más en estos momentos. Todo suena tan familiar, como una canción que, aunque olvide la letra, sé tararear. En cada historia, en cada foto... no aparece nadie más. Solo mi familia. Los de siempre.
No sé por qué, pero esperaba otra cosa.
El abuelo también viene a verme cuando mi madre baja a comprarnos algo para comer. Menos mal que me dijeron que, como no había necesidad de operarme ni nada, podía comer libremente, sino hubiera muerto, si no es de los golpes, sería del hambre.
Mi madre se queda hoy conmigo. Como estoy bastante mejor, les insisto a mis abuelos que vayan a casa a descansar y de paso me traigan comida mañana. Mi abuela me dice que me horneará galletas, a lo que yo respondo muy gustosa. No puedo perder la oportunidad de que me consientan.
Cuando se van, me quedo sola con el collar apretado en la mano. Y la misma pregunta ronda mi cabeza.
¿Por qué siento que falta alguien?




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