No Me Olvides

Algo me oculta

El tiempo en el hospital tiene su propio ritmo. Las horas se han ido en médicos, análisis y caras de lástima cada vez que digo "no, de eso tampoco me acuerdo". Me han dejado ingresada dos días en observación por los dos golpes horribles que tengo en la cabeza. Piensan que pueden tener alguna repercusión, así que me han inyectado y escaneado el cerebro más veces de las que puedo contar. Mi madre y mi abuela se alternan para cuidarme, así que casi todo el tiempo estoy conversando con ellas. El señor que provocó el accidente también me ha visitado y está realmente avergonzado de lo que sucedió. Se disculpó tantas veces conmigo que hasta vergüenza me dio.
Mi abuela entra con un paquete de galletas caseras en la mano y con un abrigo que puedo jurar que es de mi abuelo, porque le queda inmenso.
– Para que no te olvides de mi sabor – dice, y me guiña un ojo.
La quiero. Muchísimo. No necesito tener recuerdos para saberlo.
Pero entre consultas y visitas, en los instantes que me quedo sola, el vacío vuelve. Se instala como un inquilino silencioso en mi pecho. Toco a veces el collar y me esfuerzo, tratando de pescar algún recuerdo. Cualquier cosa. En la oscuridad de mi mente.
Absolutamente nada.
Bueno, tampoco así. Hay veces que, cuando estoy quedándome dormida, veo imágenes borrosas y mudas. Manos, cuerpos, lugares que no identifico. Pero se van antes de que pueda ver con claridad qué son.
Una enfermera entra a verme, como siempre. Me pregunta si no ha venido nadie, además de mi familia, a verme.
— Extraño, ¿no?— le digo— Nadie más me busca.
Ella sonríe, profesional.
— No te preocupes. A veces la gente no se entera, o no se atreve.
Dudo que no haya corrido el chisme de que me caí de la bici y comí pavimento, pero bueno.
Aún con sus palabras, no me tranquilizo. Porque cada día que transcurre, la sensación de que falta alguien aumenta.
Esa noche, sueño que voy montada en mi bicicleta. Con el viento azotándome la cara. Con mucha prisa. Con necesidad de llegar a alguna parte. Y alguien me espera. No recuerdo el nombre. Pero sé que existe.
Me despierto con el corazón desbocado.
Ahora sí estoy segura. No me estoy volviendo loca.
Amanece y ya falta poco para irme para mi casa. La puerta se abre y no es mi familia o los doctores.
Es un muchacho.
Blanco, delgado, con los ojos hinchados y enrojecidos. Lleva la ropa arrugada y muy mala cara, como si hubiera dormido en una terminal de autobuses. No debe ser mucho mayor que yo.
Se queda quieto en el umbral. Mirándome como si viera un fantasma.
Por un segundo me entraron deseos de pellizcarme para ver si seguía aquí. Si, todavía soy de carne y hueso. Y de magulladuras también. Ya forman parte de mí.
Él todavía me mira y yo me impaciento.
– ¿Perdón? – digo. – ¿Quién eres?
Él da un paso, luego otro. Las manos le tiemblan. Traga saliva.
— Soy Álex— dice con la voz quebrada.— Tu... tu mejor amigo.
Le miro. Le miro bien. Ojos verdes, espejuelos negros... No me suena de nada.
Sin embargo... Mi corazón hace algo raro. Se acelera. Se me calientan las mejillas. Siento que me arde la cara.
Ay, Adriana, contrólate. No te puedes poner nerviosa cada vez que un hombre te hable.
— Lo siento, no te recuerdo.
Él asiente, como si lo esperara. Como si alguien le hubiera avisado. Sus ojos se llenan de lágrimas igualmente.
— No te preocupes por eso, es normal. Me dijeron que tienes amnesia.
No me gusta la forma es que lo dice.
— Pero hay cosas que si recuerdo. Mi familia, mi infancia, todo... - Hago una pausa— A ti no.
Baja la mirada.
— ¿Cuánto tiempo llevamos siendo amigos? — pregunto.
Él vuelve a levantar la vista. Intenta sonreír, pero solo le sale un amago de mueca.
— Desde hace unos meses. Vamos a la misma escuela. Te sientas detrás de mí. Nos hicimos amigos porque te prestaba mis libretas... —Algo me viene a la cabeza. Hay imágenes borrosas. Una mano y libretas.— Las clases, los trabajos en equipo, las tardes en mi casa, las películas... Tú y yo contra el mundo, decías.
Su voz se rompe.
No tengo ni idea de lo que habla.
— Perdona, es que verte así, con cara de no saber quién soy.
No quiero ser insensible, pero siento que esto es una estafa.
— ¿Y el accidente? ¿Estabas allí?
Él niega con la cabeza.
— No, no estaba allí pero...
No termina la frase. En sus ojos veo más que lágrimas. Podría jurar que es miedo.
— Debo irme— Dice y se da la vuelta. — Cuando recuerdes... o si nunca recuerdas... necesito que sepas que lo siento. De verdad.
Camina firme hacia la puerta.
— ¡Espera! — grito.
Se detiene y me mira.
—Todo esto es mi culpa. Volveré mañana. Todos los días. Tenemos todo el tiempo del mundo... y me odiarás cuando lo recuerdes. Pero hoy no, por favor. Hoy...no puedo.
La puerta se cierra.
Me quedo mirando al vacío con una certeza creciente.
Si está mintiendo o no, no lo sé. Pero algo me oculta.
Y yo, aunque a él no lo recuerde, quiero saberlo.




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