No Me Olvides

¿Quién eres, Álex?

Me despierto sobresaltada, con imágenes que no sé si son recuerdos o sueños: risas, manos, una voz que dice mi nombre de una forma especial, tan bonita.
Ni siquiera me di cuenta cuando me dormí. ¿Será que tendré que vivir toda la vida con estos sueños que no me dejan dormir en paz?
Mi madre llega, y ya no puedo resistir más.
– Mami – digo. – ¿Conoces a Álex?
Ella deja las cosas que estaba organizando. Me mira con curiosidad.
– ¿Álex? No. ¿Quién es?
– Vino a verme. Me dijo que es mi mejor amigo.
Mi madre frunce el ceño con extrañeza.
– Adriana, yo conozco a todos tus amigos. Desde pequeña. No hay ningún Álex.
– Pero él me conoce. Sabe cosas. Dice que vamos juntos a la escuela, que me siento detrás de él
Mi madre niega con la cabeza.
– En tu clase no hay ningún Álex. — Sigue acomodando nuestras cosas. En cuanto el médico de guardia lo indique, ya podemos irnos a casa.— Yo voy a las reuniones, conozco a los padres Te digo que no.
Se me hiela la sangre.
Si mi madre no lo conoce si nadie de mi familia lo conoce ¿quién es Álex? ¿Por qué dice ser mi mejor amigo?
Mamá se sienta y me acaricia.
– Los golpes en la cabeza juegan feo. Puede que ese chico exista, y lo tienes grabado en la memoria, pero no como tú crees. O puede que sea un compañero que no llegué a conocer. No te preocupes, ya lo recordarás.
No me convence en lo absoluto.
Porque cuando pienso en él, no siento miedo. Siento desconfianza.
Siento algo que no sé explicar. Como si mi cuerpo lo conociera y mi mente dijera "no tienes idea de quién es".
Cojo mi celular, que me ha dado mi madre, y busco su nombre en mis contactos. No aparece. Luego lo busco en las redes. No sé por qué apellido, pero escribo "Álex" y empiezo a mirar.
No hay caras conocidas. Ningún perfil que me haga sentir algo.
Pero entonces, se me ocurre buscar en las fotos antiguas de mi propio móvil. Y encuentro algo.
Una foto borrosa, de hace meses. Estoy yo, riendo, con alguien a mi lado. No se le ve la cara, solo un hombro y una mano. Pero reconozco esa mano. La he visto hoy, temblando, y metida en un bolsillo.
Y al fondo de la foto, casi invisible, mi bici apoyada contra una pared.
El corazón me da un vuelco.
¿Quién eres, Álex? ¿Y por qué, si nadie te conoce, estás en mis fotos?
Pasa el doctor de guardia, me da el visto bueno y por fin me dan el alta. Mis abuelos vienen a buscarme. Mi abuelo nos espera abajo en el carro, dice mi abuela. Kevin hoy no ha ido a la escuela.
– Ya verás qué contento se va a poner tu hermano – dice mi madre mientras firma el último papel. – Todas las noches pregunta por ti.
Sonrío. Mi hermano es lo más maravilloso que tengo. Ocho años, la cara redonda y una manía de preguntarlo todo que a veces agota.
Salgo del hospital y el sol me da en la cara. Duele un poco, pero es un dolor bueno. El de estar viva.
Llegamos a casa. Es pequeña, de esas de barrio, con un patio que mi abuela llena de macetas. En la puerta, antes de que puedan meter la llave, escucho unos pies pequeños que corren.
– ¡Adriana!
Kevin se lanza a mis piernas, cuidando no tocarme la herida de la rodilla. Yo también lo abrazo. Él se queda un rato ahí, apretando fuerte.
– ¿Ya estás bien? ¿Te dieron muchas inyecciones?
– Demasiadas–río.– Pero ya pasó.
Él me mira serio.
– No puede pasarte otra vez.
Lo abrazo más fuerte.
– No te preocupes.
Mi abuelo aparece detrás, con las manos en los bolsillos.
– Bienvenida a casa, campeona.
Entro a mi habitación. Todo está igual. La cama, el escritorio. Abro el armario y la ropa está colgada justo donde la dejé. Pero hay algo que no encaja. Algo que no veo pero siento.
Me siento en la cama.
– ¿Qué pasa? – Kevin está en la puerta, mirándome.
Nada.
– Si pasa. Tienes cara rara.
– Siempre pongo cara rara.
Él se ríe. Luego se sienta a mi lado.
– Nunca que me contaste lo de Álex.
El aire se me corta.
– ¿A qué te refieres?
– No debes acordarte, pero, antes de que te pasara lo de la bici, me dijiste que tenías un amigo que se llamaba Álex y que me contarías un secreto sobre él.
Bueno, por lo menos ahora no está completamente en duda lo que me dijo en el hospital.
— ¿En serio? Pues no me acuerdo de eso en absoluto, ni de él tampoco.
Le respondo. Kevin pone cara alargada y me dice.
— Pues qué lástima. A veces hablabas por teléfono y decías su nombre. Y te reías mucho.
El corazón me da un vuelco.
– ¿Y qué más decía?
Kevin se encoge de hombros.
– No sé. Si tú no sabes, yo sé menos. Pero siempre pensé que era tu novio. O que te gustaba.
Me quedo helada.
Kevin salta de la cama.
– ¿Vamos a ver dibujos?
Asiento sin mirarle. Él sale corriendo. Y yo me quedo allí pensando.
«Que te gustaba». ¿Me gustaba Álex?




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