Antes de Luis, antes de la cinta, antes de que la ciudad supiera lo que caía junto con la lluvia aquel martes, hubo otro nombre.
Nadie lo recuerda ya. Los periódicos de la época no lo publicaron —no existe registro de que existieran esos periódicos—, pero durante trece minutos, en algún televisor de algún apartamento que ya no está en pie, un hombre sentado tras un escritorio de noticias leyó una fecha, una hora, y una sentencia.
Sin importar lo que haga… morirá.
La persona que lo escuchó aquella vez intentó destruir la cinta. Intentó enterrarla. Intentó, según cuentan, tragarse la etiqueta con la esperanza absurda de que las palabras dejaran de existir si nadie podía volver a leerlas.
No sirvió de nada.
Lo único que se sabe con certeza es que la cinta terminó, como termina siempre, envuelta en una bolsa de regalo plateada, bajo una tormenta, esperando a que alguien —cualquiera— sintiera curiosidad por un brillo que no debería estar ahí.
Esta vez le tocó a Luis.
Editado: 06.08.2026