No Me Veas

La tormenta buscaba

Luis Rodchip Garay llevaba treinta y un años equivocándose de vida.

Se había hecho escritor por la misma razón que otros se hacen sacerdotes o soldados: porque de niño encontró en los libros el único lugar donde el miedo tenía forma y, por lo tanto, límite. Leía a Poe como quien reza. Creía que el terror bien escrito era una forma de domesticarlo. Se equivocaba, pero no lo sabría hasta esa noche.

Sus novelas no se vendían. Las editoriales las devolvían con la misma cortesía indiferente con la que se despide a un mendigo. El apartamento donde vivía —herencia de unos padres que llevaban años bajo tierra— era lo único que lo separaba de la calle, y algunos meses, por poco.

Tenía tres manuscritos guardados en un cajón, y los tres se detenían exactamente en el mismo lugar: el capítulo donde el protagonista debía tomar una decisión de la que no hubiera vuelta atrás. Luis podía describir el miedo con una precisión quirúrgica. Lo que nunca había aprendido a describir era el compromiso. Prefería imaginar que algún día —una herencia, un golpe de suerte, una carta inesperada— alguien más terminaría de decidir por él. Llevaba toda su vida esperando esa carta.

Comía una vez al día. Dormía mal. Hablaba menos. La soledad, con el tiempo, había dejado de sentirse vacía. Empezaba a sentirse habitada, aunque Luis todavía no tenía palabras para esa diferencia.

Aquella mañana despertó con el hambre mordiéndole el estómago y la alacena vacía. Contó las monedas de un pantalón viejo —apenas alcanzaban para pan— y se asomó a la ventana antes de salir.

Lo que vio afuera no era una tormenta cualquiera.

La lluvia caía con una decisión que la lluvia no tiene. Los relámpagos no iluminaban el cielo: lo rasgaban, con una luz blanca y enferma que dejaba manchas flotando en la vista mucho después de apagarse. No parecían descargas eléctricas. Parecían anuncios. Como si algo, ahí arriba, estuviera golpeando una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Luis salió de todos modos. El hambre siempre gana esa clase de discusiones.

Compró lo poco que pudo y emprendió el regreso con la cabeza gacha, la chaqueta empapada pegada a la piel. Fue entonces, a pocos metros de su portal, cuando algo lo detuvo en seco.

Un resplandor plateado, junto a un poste de luz, desafiando el aguacero.

No reflejaba la lluvia. La repelía. Ni una sola gota parecía tocar aquel brillo, como si existiera medio paso fuera del mundo donde caía la tormenta.

Algo valioso, pensó, y el pensamiento fue suyo con la misma facilidad con que un anzuelo es del pez que muerde. Ni siquiera se preguntó de quién sería.

Cambió de rumbo. Un frío nuevo —no el de la lluvia, sino otro, más íntimo, como si alguien acabara de posar dos dedos helados en la base de su nuca— le recorrió la espalda. El cielo, al mismo tiempo, pareció enfurecerse: los relámpagos empezaron a caer alrededor de la calle, uno tras otro, cada vez más cerca, como advertencias que se vuelven amenazas cuando nadie las escucha.

Luis no retrocedió. La curiosidad de un hombre con hambre no conoce prudencia.

Cuando llegó, encontró una elegante bolsa de regalo plateada, brillando bajo el diluvio con una luz que no tenía origen. La abrió con la decepción ya preparada en el rostro —esperaba una joya, encontró una cinta VHS, negra, gastada, con una frase escrita en tinta roja e irregular, como trazada por una mano que temblaba de urgencia, no de miedo:

NO ME VEAS.

En el instante en que sus dedos se cerraron sobre el asa, un rayo cayó tan cerca que el suelo tembló bajo sus pies y el aire olió, por un segundo, a metal quemado.

Luis sonrió. Pensó en coleccionistas, en dinero, en una cena caliente.

No pensó, ni por un momento, en preguntarse por qué un objeto tan pequeño merecía que el cielo entero intentara impedir que lo tocara.

Guardó la cinta bajo la chaqueta y corrió a casa, perseguido por los truenos.

No lo sabía todavía. Pero desde ese instante, algo había empezado a mirarlo.

Y ya no dejaría de hacerlo.



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En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 06.08.2026

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