No Me Veas

El noticiero

La tarde cayó envuelta en un frío que no correspondía a la estación. Luis, sentado frente al televisor, apenas notó cómo el viento empezaba a colarse por las rendijas de las ventanas, haciendo vibrar el cristal con un zumbido bajo, casi orgánico.

Un minuto de estática. Después otro.

Se convenció de que la cinta estaba dañada. Se dejó caer sobre la cama, decidido a apagar el aparato.

Fue entonces cuando el ruido blanco murió.

No dio paso a la nada: dio paso a un negro absoluto, un vacío que parecía tragarse la poca luz que quedaba en la habitación, como si la pantalla se hubiera convertido, por un instante, en una boca.

Luis se incorporó despacio. Caminó hacia el televisor sin decidirlo del todo, como si algo tirara de él por el esternón.

Una figura apareció sin transición.

Un hombre de traje anticuado, sentado tras un escritorio de noticiero, ordenaba unas hojas con manos pálidas y precisas. La imagen tenía la textura envejecida de una transmisión de décadas atrás —el grano, el parpadeo, los colores lavados— salvo que ninguna transmisión antigua debería tener el brillo húmedo que tenían aquellos ojos.

El presentador levantó la cabeza.

Y miró a Luis. No a una cámara imaginaria. A él.

—Atención… —dijo, con una voz que no salía de las bocinas sino de cada esquina del apartamento a la vez, grave y metálica, como si viniera de un cable enterrado hacía mucho tiempo—. Atención.

Las paredes vibraron. El cristal de la ventana tembló. Incluso la tormenta, afuera, pareció contener la respiración.

—Interrumpimos nuestra programación para informar una noticia de última hora.

Bajó la mirada a sus papeles con una calma que a Luis se le clavó en el pecho más hondo que cualquier grito.

—Se informa que hoy, martes quince de noviembre, siendo exactamente las tres y veinte de la tarde…

Luis giró la cabeza hacia el reloj de la pared.

3:20 p. m. Ni un segundo de diferencia.

—…se confirma el fallecimiento del ciudadano Luis Rodchip Garay.

El aire abandonó sus pulmones de golpe.

—Su muerte ocurrirá hoy, a las nueve de la noche en punto.

Una pausa. El presentador levantó los ojos, y en ellos había algo parecido al placer.

—Sin importar lo que haga…

Sonrió, apenas.

—…morirá.

La transmisión terminó con la misma cortesía administrativa con la que había empezado —gracias por su atención— y la estática regresó como si nada hubiera ocurrido.

Luis no la escuchaba ya. Solo escuchaba, dentro del cráneo, aquella frase repitiéndose con la precisión de una aguja rayando un disco.

Nadie usaba su segundo apellido. Ni siquiera las pocas personas vivas que aún recordaban que existía.

Y sin embargo, la muerte lo sabía.



#79 en Terror
#600 en Thriller
#211 en Suspenso

En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 06.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.