No Me Veas

La Llamada

Cinco horas.

Eso era, según una cinta VHS encontrada bajo la lluvia, lo que le quedaba de existencia.

Luis se aferró a la única salida racional que su mente pudo construir: Michel. Ella le había prestado el reproductor. Ella conocía su nombre completo, su vida, sus rutinas. Tenía que ser ella. Una broma de mal gusto, cruel, pero al menos humana.

Se repitió la idea como quien reza sin creer, solo por el consuelo del ritual, y salió a la tormenta a buscar el teléfono público de la esquina.

La ciudad, afuera, se había vuelto extraña. Los colores parecían más pálidos. El sonido de la lluvia llegaba amortiguado, como si él caminara dentro de un cristal grueso.

Marcó el número con dedos que apenas obedecían.

—¿Hola?

—Muy buena, Michel —dijo él, con una risa que le salió demasiado aguda para sonar a broma—. De verdad. Casi consigues matarme del susto.

Silencio. Un silencio distinto al que Luis esperaba.

—Luis, es a penas horas de la tarde y suenas borracho. ¿Qué pasa?

—La cinta. La que fui a ver con el reproductor que me prestaste.

—¿Qué tiene?

—No me hagas esto. —La voz se le quebró—. Dime que fue una broma tuya. Dímelo y te juro que hasta me voy a reír.

—Yo no hago bromas con las cosas que te importan. Nunca lo he hecho. Sabes que no.

—¡Sabías mi nombre completo! ¡Sabías la hora exacta!

—¡Luis, escúchame! —La voz de Michel cambió de golpe, cortante, la de alguien acostumbrada a tomar el control cuando alguien más pierde el suyo—. No sé de qué cinta hablas. No sé de qué hora hablas. Cálmate y empieza de nuevo, despacio.

Él no se calmó. Ella tampoco insistió con dulzura: fue directa, como siempre.

—Viniste a mi casa. Me dijiste que habías encontrado una cinta vieja. Pediste el reproductor porque creías que valdría algo. Eso fue todo. No he vuelto a verla. Y si me estás preguntando si te miento, la respuesta es no.

—Júramelo —susurró él—. Por tu familia.

—Lo juro.

No hubo vacilación.

Las lágrimas empezaron a caer sin que él las hubiera invitado. No eran de tristeza. Eran del miedo más antiguo que existe: el de comprender, de golpe, que la explicación razonable se ha agotado.

—¿Luis? Contéstame. ¡Luis!

Él no pudo responder. Algo, dentro de aquella cabina diminuta, se había sentado a su lado. No lo veía. No lo oía respirar. Pero sabía —con la misma certeza con la que un cuerpo sabe que ha dejado de estar solo en una habitación a oscuras— que ya no era solo él quien escuchaba a Michel.

La llamada se cortó sin ruido. Sin interferencia.

Y durante un segundo, antes de que la línea muriera del todo, Luis creyó escuchar una respiración lenta y profunda al otro lado.

No era la de Michel.



#72 en Terror
#739 en Thriller
#249 en Suspenso

En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 18.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.