Volvió al apartamento sin recordar el camino. Subió las escaleras como quien carga un cuerpo, no el propio.
Antes de girar la llave, tres golpes sacudieron la puerta.
—¡Luis! ¡Abre! ¡Por favor!
Era Michel. Empapada, sin aliento, con el rostro descompuesto por algo que no era solo preocupación.
No hizo falta que él dijera nada. Bastó con mirarlo para comprender que algo terrible había ocurrido. Tenía los ojos de un hombre que ha visto una cosa que no debería tener nombre.
Ella preparó café en silencio, esperando a que la respiración de Luis se estabilizara antes de preguntar. Cuando por fin habló, su voz fue apenas un hilo.
—Cuéntame qué viste.
Luis fue hasta el cajón de la mesa de noche y sacó la cinta.
Michel la observó. La etiqueta, bajo la luz débil del apartamento, parecía más roja de lo que debería.
NO ME VEAS.
Sintió un escalofrío que no supo justificar. Era solo plástico. Solo una advertencia escrita por alguien.
Y sin embargo no pudo apartar la vista.
—¿Todo empezó por esto?
Luis asintió.
Ella decidió comprobarlo con sus propios ojos. Conectó el reproductor. Introdujo la cinta.
—¡No! —La voz de Luis salió cargada de un pánico que Michel no le conocía—. No la pongas. No sabemos qué es esa cosa.
—Si quiero entender lo que te pasa, tengo que verla.
El mecanismo la tragó con un chasquido seco. Las luces parpadearon tres veces y volvieron a estabilizarse.
La estática llenó la pantalla.
Y la temperatura del apartamento empezó a caer.
Editado: 18.08.2026