Poco a poco, como si alguien hubiera abierto la puerta de un congelador inmenso. El vaho empezó a salir de sus bocas.
—¿Sientes eso? —preguntó Michel.
Luis no respondió. Ya conocía ese frío. Era el mismo que sintió bajo la lluvia, cuando tomó la cinta por primera vez.
La pantalla se apagó a negro. Un negro que no pertenecía al televisor, ni al apartamento, ni —Michel empezaba a sospechar— al mundo.
Cuando la imagen regresó, el estudio era idéntico. El mismo escritorio, las mismas paredes de madera envejecida.
Pero el reloj detrás del presentador avanzaba.
No era una grabación. El tiempo seguía corriendo ahí dentro.
El hombre levantó la cabeza y encontró los ojos de Michel con la misma precisión quirúrgica con la que había encontrado los de Luis horas antes.
—Ahora ya me crees —susurró él.
Ella no pudo responder. El presentador sonrió —una curva mínima, apenas perceptible, y por eso mismo más obscena que cualquier mueca exagerada— y habló, y su voz no salió del televisor: salió de las paredes, del techo, del suelo, como si el edificio entero repitiera sus palabras.
—Atención… atención… noticia de última hora.
El reloj del apartamento se detuvo. La lluvia, afuera, cesó por completo. Todo quedó inmóvil, excepto aquella voz.
—Se informa que hoy, martes quince de noviembre, siendo exactamente las cuatro y once de la tarde… se confirma que el ciudadano Luis Rodchip Garay fallecerá hoy, a las nueve de la noche en punto.
Volvió una página.
—Asimismo, se informa que la ciudadana Michel Martín Fuentes fallecerá hoy, a las diez de la noche en punto.
Michel dejó escapar una risa quebrada, involuntaria, la risa de un cerebro que rechaza una verdad que ya ha aceptado.
—Sin importar lo que hagan —dijo el presentador, y cada palabra cayó como una losa—. Ambos morirán.
Y entonces, sin mover los labios, pareció lamberse los labios, como quien saborea.
Ninguno de los dos supo jamás si aquello ocurrió de verdad, o si el terror ya había empezado a reescribir lo que sus ojos creían ver.
Editado: 18.08.2026