La estática regresó. Las agujas del reloj volvieron a moverse. El apartamento pareció despertar de una pesadilla ajena.
Michel retrocedió, negando con la cabeza.
—¡Fuiste tú! —Lo señaló con un dedo tembloroso—. ¡Tú preparaste todo esto!
—Michel…
—¡No juegues conmigo con algo así!
Luis comprendía la acusación —él había pensado lo mismo horas antes—, pero ya había cruzado la línea que separa la duda de la certeza.
—Si de verdad crees que fui yo —dijo, con una voz extrañamente serena—, vuelve a poner la cinta. Si es una grabación, dirá exactamente lo mismo.
El argumento abrió una grieta en la lógica de Michel. Era cierto. Si todo estaba preparado, el contenido no debería cambiar.
Presionó play.
El frío regresó, más rápido esta vez. Las luces parpadearon. La estática se disolvió en negro, y el estudio volvió a aparecer.
Idéntico. Salvo por el reloj.
Ya no marcaba las cuatro y once.
4:36 de la tarde.
Michel giró hacia el reloj del apartamento. La misma hora. Exacta.
El presentador levantó la cabeza y sonrió un poco más que antes.
—Atención… atención… noticia de última hora.
Un grito desgarrador escapó de la garganta de Michel. No necesitó escuchar el resto. Ya había entendido lo único que importaba: aquello no era una grabación.
Se actualizaba en tiempo real. Sabía exactamente cuándo alguien decidía volver a mirarla.
Se desplomó. Su cabeza golpeó el suelo con un ruido seco.
—¡Michel!
Nada.
Luis corrió al televisor. Presionó expulsar. El aparato emitió un chasquido metálico, pero la cinta no salía. Golpeó el reproductor, una vez, otra, hasta que el mecanismo cedió y el casete salió despedido.
Lo envolvió en una manta, lo hundió en el cajón, y solo entonces sintió que el aire recuperaba algo de calor.
Michel despertó con un grito. Buscó el televisor con los ojos antes de comprobar que solo mostraba su propio reflejo, oscuro, y rompió a llorar.
—Actualizó la hora —susurró—. La maldita cinta cambió la hora…
—Lo sé.
—¿Vamos a morir?
Luis no respondió de inmediato. Miró el reloj de la pared, indiferente, cruel, avanzando sin pausa hacia las nueve.
—Tenemos que llamar a la policía —dijo ella.
—¿Y decirles qué?
Ninguno tenía respuesta. Contar la verdad era invitar a un desconocido más a mirar la cinta. Y si el noticiero condenaba a quien lo veía, llamar a la policía significaba firmar una sentencia ajena.
—No podemos dejar que nadie más la vea —susurró Michel.
Editado: 18.08.2026