—¿Y si la destruimos?
Luis tomó un cuchillo de cocina, respiró hondo, y descargó todo su peso sobre el casete.
El acero rebotó como si hubiera golpeado una plancha blindada. La hoja salió despedida y cayó lejos.
La cinta no tenía un solo rasguño.
Probó con una sartén de hierro. Con un martillo. Nada. Ni una marca, ni un rastro de que algo la hubiera tocado siquiera.
Michel sintió que las piernas volvían a fallarle.
—No podemos destruirla…
Luis dejó caer el martillo. El eco resonó en la cocina como una confesión.
Aquel objeto no era solo un mensajero de la muerte.
Era parte de algo mucho más antiguo. Algo que no tenía la menor intención de dejarse romper.
Y quizá, tampoco de dejarlos ir.
Editado: 18.08.2026