El apartamento de Luis quedó vacío. La lluvia seguía golpeando los cristales.
El televisor, apagado —o eso parecía—, se encendió solo. Sin estática. Sin interferencia. Directamente el estudio del noticiero, y el presentador sentado tras su escritorio, sin papeles, sin noticias, mirando fijamente la puerta por la que Luis y Michel acababan de escapar.
Sonrió con una lentitud insoportable.
Y habló, por primera vez, sin leer ningún documento. Una voz baja, casi íntima, dirigida a nadie y a todos.
—Gracias.
Una pausa larga. Demasiado larga para ser humana.
—Hace mucho que nadie llegaba tan lejos.
La pantalla volvió a quedar negra.
La historia, apenas, empezaba.
Editado: 18.08.2026