No Me Veas

El bosque que dejó de respirar

Dos horas de carretera bajo una tormenta que no parecía tener intención de terminar.

Michel conducía con los nudillos blancos sobre el volante, los ojos fijos en un asfalto que en realidad no veía. Luis, a su lado, abrazaba la mochila contra el pecho como quien contiene algo que podría escapar si se descuidaba un segundo.

Cuarenta minutos de silencio bastaron para que Luis necesitara romperlo, aunque fuera con algo estúpido.

—Siempre eres tú la que aparece —dijo, casi para sí—. El reproductor, el auto, la comida, ahora esto. Nunca al revés.

—No es momento para culpas, Luis.

—No es una culpa. Es una pregunta. ¿Quién te resuelve las cosas a ti?

Michel no apartó la vista de la carretera. Tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz tenía un filo que Luis no le conocía, viejo, gastado de usarlo demasiadas veces en silencio.

—Nadie me pregunta eso nunca. Ni siquiera tú, hasta hoy, con la mitad del bosque encima y una sentencia de muerte de por medio.

—Michel…

—Conduzco. —Cortó ella, seca, sin dejarle terreno para disculparse—. Es lo único que sé hacer bien cuando algo se está cayendo. Concéntrate en no morirte antes de las nueve, que ya bastante tengo con eso.

No fue amable. Tampoco pretendía serlo.

Luis guardó silencio el resto del trayecto.

A las siete en punto, Luis se permitió mirar la hora.

Dos horas de vida. Bajó la vista de inmediato. No quiso volver a mirar.

El paisaje urbano había desaparecido hacía rato. Ahora solo existía un bosque tan denso que sus ramas formaban un techo sobre la carretera, un muro que apenas dejaba pasar la lluvia, como si protegiera algo que vivía debajo de él.

El motor tosió. Perdió fuerza. Las luces parpadearon.

—¿Qué ocurre? —preguntó Michel.

Durante un segundo, entre los árboles, Luis creyó ver una silueta. Alta. Demasiado delgada. Desapareció en cuanto los faros recobraron intensidad.

No dijo nada. Prefirió creer que había sido una sombra.

—Debe ser la humedad —murmuró Michel, sin creer sus propias palabras.

El camino de tierra apareció donde debía. Las ramas golpeaban el techo del auto con un ritmo que no era el del viento: parecían dedos, largos e insistentes, tanteando el metal como quien busca una puerta.

Y entonces la vieron.

La casa se alzaba entre los árboles, iluminada solo por los relámpagos. Peor de lo que Luis recordaba: la madera casi negra de humedad, el tejado hundido en un costado, las ventanas selladas con tablas que las enredaderas habían reclamado como suyas. El bosque la rodeaba tan de cerca que parecía tragársela, despacio, con la paciencia de quien no tiene prisa.

Un relámpago cruzó el cielo, y por una fracción de segundo las grietas de la fachada dibujaron, con una precisión que no podía ser casual, la forma de un rostro. Una boca demasiado ancha. Dos cuencas hundidas en sombra.

El trueno llegó después, y sacudió el auto entero.

—Dime que de verdad viviste aquí —pidió Michel.

—No. Mis padres nunca me dejaron entrar. Solo veníamos a comprobar que la casa siguiera en pie. Nunca pasábamos de la puerta.

—¿Por qué?

Luis buscó en su memoria la frase de su padre. La sintió cerca, en la punta de la lengua, y sin embargo esquiva, como una palabra en un idioma que se ha dejado de hablar.

No la encontró.

Bajó del auto. Y sin decidirlo, sin saber por qué, evitó mirar por el espejo retrovisor.

Como si una parte olvidada de él todavía recordara una regla que ya no comprendía.



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En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 18.08.2026

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