No Me Veas

Una voz en la Oscuridad

El reloj marcaba las 7:12. Apenas minutos desde su llegada, y sin embargo ambos sentían el peso de horas enteras encima.

Michel fue la primera en notarlo: faltaba un sonido. No había grillos. Ni ranas. Ni el canto lejano de un ave nocturna. El bosque entero estaba mudo, como si toda forma de vida lo hubiera abandonado antes de que ellos llegaran.

Luis se dejó caer en una silla de cuero cuarteada. Intentó una broma sobre dormir de niño en aquella casa. La risa de Michel murió antes de nacer del todo.

Abrió la mochila apenas unos centímetros, solo para comprobar que la cinta seguía ahí. La etiqueta asomó entre las mantas.

NO ME VEAS.

Volvió a cerrarla de inmediato.

Entonces se oyó un golpe.

Toc.

Ambos levantaron la cabeza. El sonido venía del dormitorio.

Quizá una gotera. Quizá una tabla cediendo por la humedad. Luis quiso creerlo.

Toc.

Más fuerte. Más claro. Algo había caído al suelo.

Después, un crujido lento, sostenido —el peso de un cuerpo sobre tablas viejas. Un paso. Otro. Como si alguien caminara descalzo, arrastrando ligeramente los pies, cada vez más cerca de la puerta entreabierta.

—¿Lo oyes? —susurró Michel.

—¿Qué cosa?

Ella sintió que la sangre se le helaba. Los pasos seguían. Uno, otro, otro más. Pero Luis la miraba sin comprender, como si en toda la casa solo existiera el sonido de la lluvia.

Los pasos se detuvieron.

Y una voz empezó a hablar desde la oscuridad del dormitorio. Una voz tan baja que no llegaba por los oídos, sino desde algún lugar dentro de la propia cabeza de Michel, como si alguien hubiera encontrado, sin permiso, la puerta trasera de su mente.

—Qué frágiles —dijo, áspera, resquebrajada, como una garganta llena de tierra que no ha hablado en siglos—. Corren. Se esconden. Y siguen creyendo que existe un lugar donde la muerte no pueda entrar.

Michel negó con la cabeza. No quería seguir oyendo. La voz no se detuvo.

—Pobres criaturas. Todavía creen que están huyendo.

Un olor invadió el ambiente: no humo, no humedad, sino el hedor dulzón de algo muerto hace demasiado tiempo. Michel se cubrió la nariz. Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera contenerlas.

—Tú sí sabes lo que es esperar a que alguien mire —dijo la voz, y algo en su tono cambió, se hizo casi íntimo, como quien conoce a alguien desde antes de conocerla—. Toda tu vida resolviendo lo que otros rompen. Y nadie, ni una sola vez, se detiene a preguntarte cómo estás tú.

Michel dejó de negar con la cabeza.

—Yo sí voy a mirarte —continuó la voz—. Completa. Como nadie más se ha molestado en hacerlo.

—Mírame —repitió, con un tono casi compasivo, invirtiendo sus propias palabras como una burla.

—No.

—Mírame.

—¡No!

—Solo una vez.

La voz calló. Michel, temblando, creyó que había terminado. Respiró. Abrió los ojos.

Y cometió el peor error de la noche: miró hacia la puerta del dormitorio.

No vio un cuerpo completo. Solo una mano apoyada en el marco. Larga —demasiado larga—, los dedos finos como ramas secas, la piel de un gris agrietado, como corteza muerta. Las uñas negras, curvas, exageradas.

Inmóvil. Esperando a que ella diera el siguiente paso.

Michel gritó. Un aliento helado le rozó el oído, tan cerca que sintió el vello de la nuca erizarse entero.

—Ahora mírame completo.

Gritó de nuevo, tropezó con la silla y cayó.

Luis corrió hacia ella. Iluminó el dormitorio con la linterna.

No había nadie. Solo una cama cubierta de polvo, una cómoda rota, una ventana golpeada por la lluvia.

Pero Luis, por primera vez desde que llegaron, sintió algo que no era sonido ni sombra.

Era una certeza. La certeza de que, en aquella habitación vacía, alguien seguía devolviéndole la mirada.



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En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 18.08.2026

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