—Ya no está —murmuró Michel entre sollozos—. Ya no está…
Luis la ayudó a sentarse, la cubrió con una manta.
—Respira. Solo respira. Estoy aquí.
—Me habló —susurró ella—. No sé quién era. Pero estaba ahí. Podía sentirlo.
Luis no dudó de ella. Conocía a Michel desde hacía años: era una mujer práctica, sensata, incapaz de inventar un horror semejante. Y jamás, en todo ese tiempo, la había visto llorar así.
Miró su reloj de pulsera. 7:35. Una hora y veinticinco minutos.
Solo tenían que resistir.
El estómago de Michel eligió ese instante para protestar en voz baja. Ella bajó la mirada, avergonzada. Luis sonrió —la primera sonrisa sincera en muchas horas.
—Sigues teniendo hambre.
—Supongo que el miedo no puede con todo.
Editado: 18.08.2026