No Me Veas

Ardia sin Razon

—Voy a preparar algo. Trajimos comida para esto. Necesitamos fuerzas.

Antes de entrar a la cocina, Luis volvió a mirar la puerta del dormitorio. Entreabierta. Oscura. Silenciosa. Estuvo a punto de cerrarla, pero desistió: no quería darle importancia. No quería alimentar el miedo.

Encendió el fogón. Lavo y dejo reutilizable los utensilios luego El sonido del cuchillo sobre la tabla —tac, tac, tac— fue, por unos minutos, el único ruido normal de la noche.

Fue en ese ritmo mecánico, casi hipnótico, cuando lo sintió: una página en blanco, tendida sobre la tabla de cortar, exactamente donde un segundo antes solo había cebolla. No estaba allí. No podía estar allí. Y sin embargo, escrita en el centro, con una letra que no era la suya pero que reconoció de inmediato —era la letra que usaba en sus manuscritos, la de sus finales que nunca llegaban—, había una sola frase.

«¿Otra vez vas a dejarlo a medias?»

Luis parpadeó. La hoja ya no estaba. Solo la tabla, la cebolla, el cuchillo temblando en su propia mano.

No se lo contó a Michel. Se dijo que había sido el cansancio, el miedo, cualquier cosa menos lo obvio: que algo, en algún lugar de esa casa, sabía exactamente qué palabras usar para hacerle daño a él, igual que sabía qué palabras usar para hacérselo a ella.

Michel, en la sala, cerró los ojos, contó hasta diez. Cuando volvió a abrirlos, la oscuridad del dormitorio le pareció más profunda que antes. Más honda. Como si la habitación se hubiera vuelto, sin permiso, un poco más grande de lo que su tamaño permitía.

Parpadeó. Cuando volvió a mirar, todo estaba igual.

Lo estoy imaginando, se dijo. Tenía que ser eso.

En la cocina, el aroma humilde de la cebolla y el agua hirviendo llenó la casa con algo parecido a la paz. Durante unos minutos, aquello pudo haber sido cualquier noche: dos amigos refugiados de una tormenta.

Entonces el olor cambió.

Algo se mezclaba con la comida. Algo seco, amargo, inconfundible.

Madera quemándose.

—¿Hueles eso? —preguntó Michel.

Luis apagó el fogón. Escuchó.

Un crujido, arriba. Crac.

Ambos levantaron la vista al mismo tiempo.



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En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 18.08.2026

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