Crac. Más cerca. Luis iluminó las vigas con la linterna. No vio nada. Pero el olor a madera ardiendo seguía creciendo.
Una brasa cayó del techo, girando, y se apagó sobre el suelo. Después otra. Y una tercera.
Era imposible. Llovía sin descanso. No había forma humana de que el techo ardiera.
Y sin embargo una lengua de fuego apareció entre las vigas, pequeña, y creció demasiado rápido, como si la madera hubiera esperado siglos ese instante exacto para arder.
—¡Michel!
Las llamas no subían: se deslizaban, lentas, silenciosas, como si buscaran un camino concreto —como si leyeran la estructura de la casa antes de recorrerla.
Y entonces, contra toda lógica, empezaron a bajar por las paredes. Raíces de fuego, descendiendo hacia ellos.
—Esto no es normal —susurró Michel.
Corrieron hacia la puerta principal. El fuego llegó primero. La madera del marco ardía despacio, sin violencia, como una ceremonia, como si alguien hubiera decidido cerrar aquella salida con toda calma del mundo.
—¡No podemos ir por ahí!
Cada vez que Luis buscaba con la mirada otra salida, las llamas parecían anticiparse, avanzando hacia el punto exacto que él acababa de considerar. Una viga cedió con un gemido profundo. El incendio dejó de ser silencioso: empezó, de algún modo imposible, a respirar.
—No quiero morir aquí —dijo Michel, y ya no era un grito. Era una confesión.
Algo en Luis, por primera vez esa noche, se endureció en lugar de quebrarse.
—No vamos a morir aquí.
Recordó la ventana del fondo. La que su padre había sellado. La que nunca mencionaban.
—¡Por aquí!
Editado: 18.08.2026