El calor crecía con cada paso. Las paredes parecían derretirse sin perder la forma. Detrás de ellos, el fuego ya no seguía ninguna regla: se movía con intención.
Michel lo vio entonces. Entre las llamas, una silueta fragmentada, no humana, demasiado alta, demasiado quieta. Observándolos sin moverse.
—¡Ahí está otra vez!
—¡Corre!
Llegaron al estante que bloqueaba la ventana sellada. Luis lo golpeó con el hombro, una vez, dos, hasta que cedió con un estruendo. Detrás, tablas cruzadas. Tomó una silla y la estrelló contra la madera. Una tabla se fracturó. Después otra.
El fuego, detrás de ellos, dejó de ser un rugido para convertirse en algo más grave, más consciente.
—¡Luis, no puedo respirar!
Un tercer golpe abrió un hueco hacia la lluvia, hacia la oscuridad, hacia la libertad. Demasiado pequeño.
Luis siguió golpeando los bordes, sin pensar, sin detenerse, mientras el fuego los rodeaba con la paciencia de quien sabe que no hay prisa: sabe que no van a ninguna parte.
Esto no es un incendio, pensó Michel, y rechazó el pensamiento antes de que terminara de formarse.
La ventana cedió. Un viento helado entró de golpe, y el contraste con el calor fue como un puñetazo.
—¡Sal primero!
—¡No!
—¡Michel, sal!
No había tiempo para discutir. Ella se impulsó, se subió al borde. Sus manos temblaban. Se detuvo un instante y miró atrás.
Luis, debajo de ella. Y detrás de él, el fuego —no solo fuego. La silueta, otra vez, esta vez sin ambigüedad. Y esta vez no estaba quieta.
Se acercaba.
—¡Está ahí…!
—¡Michel, ahora no!
—¡No estoy imaginando esto!
Saltó. Cayó al barro, rodando, y el aire frío la golpeó como una bofetada de vida.
Editado: 18.08.2026