No Me Veas

Diez en Punto.

22. Diez en punto

El camión arrastró el cuerpo casi quince metros antes de detenerse. Michel no recordaba haber corrido hacia él. Solo recordaba estar de rodillas, con las manos hundidas en algo que ya no reconocía como su amigo, gritando un nombre que ya no tenía a quién llamar.

Las luces azules y rojas llegaron después, reflejadas en los charcos como si el mundo entero se hubiera vuelto líquido.

—Fue un empujón —insistía un testigo—. Yo lo vi. Algo lo empujó.

—Ahí no había nadie más, señor.

Michel quiso hablar. Quiso decir que sí, que era cierto, que ella también lo había visto: una forma entre las sombras de la lluvia, con demasiados brazos y ninguno humano. Pero de su garganta solo salió un sonido roto que ni ella reconoció como suyo.

—Está en shock. Hay que llevarla.

El reloj de una farmacia cerrada marcaba las 9:07 p. m.

Cincuenta y tres minutos.

*

La comisaría olía a café viejo. La sentaron frente a un escritorio metálico, envuelta en una manta que alguien le puso encima sin preguntar.

—Necesito que me cuente qué pasó, señorita Martín Fuentes.

¿Por dónde empezaba? ¿Por la cinta? ¿Por el presentador, por el reloj detenido, por la mano gris asomando de una puerta que no debía tener nada detrás?

—Fue un accidente —dijo, y su propia voz le sonó ajena.

—El testigo dice que vio algo empujarlo.

—No sé qué vio ese hombre.

El oficial anotó algo que ella no pudo leer.

—Vamos a necesitar que espere aquí. Alguien vendrá a tomarle declaración.

Y la dejó sola.

O eso creyó.

*

9:15. El reloj de la pared avanzaba con una lentitud cruel. Todo alrededor era terriblemente normal —oficiales cruzando la sala, un hombre esposado discutiendo, un tubo fluorescente parpadeando— y esa normalidad, después de lo vivido, resultaba casi obscena.

9:31. Una detective de mirada cansada se sentó frente a ella.

—Soy la detective Ortega. ¿Usted vio algo empujar a su amigo?

Contar la verdad significaba decir cinta, noticiero, profecía. Significaba ver, en los ojos de aquella mujer, la misma lástima disfrazada de paciencia que se ofrece a quien ha perdido la razón.

—Estaba oscuro. Llovía mucho. No estoy segura de lo que vi.

La detective anotó algo y se alejó.

9:40. Un escalofrío distinto recorrió la nuca de Michel. No el miedo común. El otro. El que ya conocía: el mismo que precedió a la mano gris en la puerta entreabierta de la cabaña.

Estaba ahí. En algún lugar de esa sala llena de gente, de luces, de radios.

Y nadie más podía sentirlo.

*

Necesitaba aire, aunque fuera el aire viciado de una comisaría. Un oficial le señaló un pasillo al fondo, junto a las máquinas expendedoras.

9:44. El pasillo estaba vacío. Demasiado vacío. El ruido de la sala principal se apagó a su espalda con cada paso, como si alguien bajara el volumen de un televisor lejano.

Entró al baño. Silencio absoluto. Dos cubículos, un espejo largo y manchado, una luz fluorescente zumbando débilmente.

Abrió el grifo. El agua fría le mojó las manos y, por un instante, sintió algo parecido al alivio.

Levantó la vista al espejo.

Y se quedó inmóvil.

*

Su reflejo la miraba con un segundo de retraso.

Al principio fue solo una sensación —como una película que ha perdido la sincronía entre imagen y sonido. Parpadeó. El reflejo parpadeó después.

Se quedó quieta. El reflejo también, con un retraso que ya no podía negar.

—No puede ser —susurró.

Su boca, en el espejo, formó la misma frase un segundo más tarde, en silencio.

Retrocedió hasta chocar con un cubículo. El fluorescente parpadeó, y el zumbido se volvió más grave, más lento, como si la corriente misma perdiera fuerza.

9:49. Las manecillas de su reloj temblaban, atascadas entre dos segundos, incapaces de decidir si avanzar.

El reflejo dejó de imitarla. Se quedó quieto, los brazos caídos, mirándola con una calma que no le pertenecía a Michel, una paciencia que Michel jamás había sentido en su propio cuerpo.

Entonces sonrió.

Michel no.

—Hola, Michel.

La voz no salía del espejo. Salía de los azulejos, del grifo goteando, de las tuberías detrás de la pared, de su propio pecho. La misma voz de la cabaña. Áspera. Antigua.

—Has tardado en volver a mirarme.

—Vete. Por favor… vete.

—Luis se fue rápido. Un segundo de sorpresa. Después, nada.



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En el texto hay: miedo, nostalgia, terror

Editado: 28.08.2026

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