Stella despertó después de una siesta de tres horas.
El cuerpo se sentía pesado, pero la mente un poco más clara.
Se levantó despacio, se puso unas sandalias y bajó a la cocina.
El olor a comida calentandose llenaba el ambiente.
Su mamá estaba preparando algo ligero, moviéndose con calma, como si la charla de hace unas horas hubiera dejado todo en paz.
—Come algo, hija —dijo Amanda, sirviéndole un plato.
Stella se sentó y comió en silencio.
La casa estaba tranquila.
Lucy jugaba con muñecas en la sala.
El hermano mayor estaba en su cuarto, seguramente viendo videos.
Todo parecía normal.
Cuando terminó, su mamá se acercó con una lista escrita a mano.
—Stella, ¿puedes ir a la tienda por unas cosas para la comida de mañana? —pidió con voz suave
—No es mucho, solo lo de aquí.
Stella tomó la lista.
—Sí, mamá.
Se puso la sudadera, tomó su celular y salió de la casa.
Stella caminaba por la acera, no pensada en nada en particular.
Solo quería comprar lo que su mamá necesitaba y regresar.
Pero cuando llegó a la parte del vecindario donde estaba la casa número 10, se detuvo sin querer.
La casa ya no estaba sola.
Había personas trabajando.
Tres hombres y una mujer.
Todos con ropa de trabajo, guantes, herramientas.
Uno cortaba el pasto, que antes estaba tan alto que parecía una selva.
Otro estaba raspando la pintura vieja de las paredes.
Otro limpiaba las ventanas con una escoba larga.
La mujer estaba sacando bolsas negras llenas de basura.
Stella parpadeó.
La casa que llevaba diez años abandonada…
la casa que anoche estaba iluminada…
la casa donde vio al chico misterioso…
Ahora estaba llena de gente.
Como si de repente alguien hubiera decidido revivirla.
Stella se quedó quieta unos segundos, observando.
El pasto caía en montones verdes.
La pintura vieja se desprendía en pedazos grandes.
Stella siguió caminando hacia la tienda, pero su mirada se quedó pegada a las ventanas recién limpiadas.
Antes estaban cubiertas de polvo, opacas, muertas.
Ahora brillaban un poco, como si la casa hubiera despertado después de años dormida.No logró ver a nadie más dentro.
Solo los trabajadores afuera: cortando el pasto, raspando pintura, limpiando, moviendo cosas.
Ninguna señal del chico que vio aquella noche.
Ninguna luz encendida.
Solo trabajo.
Solo ruido.
Mientras avanzaba por la acera, Stella sintió cómo su mente empezaba a tener recuerdos .
Stella frunció el ceño.
Hace algunos años, esa casa había sido especial para ella.
El vecino amable.
El que siempre la trataba como ella pensaba que eran los abuelos.
El que le decía que algún día la vida sería más bonita.
El que desapareció sin decir nada.
Un día estaba ahí.
Al siguiente, la casa quedó vacía.
Sin explicación.
Sin despedida.Y Stella nunca supo por qué se fue.
Nunca supo a dónde.
Nunca supo qué pasó.
Ahora, mientras caminaba hacia la tienda, sintió que ese misterio volvía a abrirse.
El chico que vio aquella noche.
¿Sería un conocido del señor mayor?
¿Un familiar?
¿Un hijo?
¿Un sobrino?
¿Un amigo?
La pregunta más grande era otra:¿Por qué el señor se fue sin decir nada?
¿Por qué la había dejado a ella?
¿Por qué nunca volvió?
Stella apretó la lista de compras entre sus dedos.
Stella apretó la lista de compras entre sus dedos.
Sentía un pequeño nudo en el estómago.
No de miedo…
sino de curiosidad.
Ella quería descubrir el misterio.
Quería saber quién estaba detrás de esa casa.
Quería entender por qué, después de tantos años, alguien había decidido volver.
Después de que Stella compró las cosas de la lista que su mamá le pidió, recorrió el camino de regreso a casa.
El cielo estaba empezando a oscurecer, y las luces de las casas se encendían una por una.
Al llegar, entregó las bolsas a su mamá.
—Gracias, hija —dijo Amanda con una sonrisa cansada—. ¿Me ayudas con la limpieza?
Stella asintió.
Se puso a barrer, a limpiar mesas, a acomodar cosas.
Lucy corría por la sala con su muñeca favorita, y el hermano mayor estaba encerrado en su cuarto, como siempre.
Cuando terminaron, Stella subió a su habitación.
Se puso ropa cómoda, se recostó en la cama y puso una película.
Después hizo las tareas pendientes, aunque su mente estaba en otra parte.
Ya en la noche, cuando todo estaba en silencio, Stella se quedó mirando el techo.
Stella apretó las sábanas entre sus dedos.
Sentía una mezcla de nostalgia y curiosidad que no podía ignorar.
Y entonces tomó una decisión.
No era para salir de fiesta.
No era para escaparse como la noche anterior.
Era para observar.
Para descubrir.
Para entender.
Se levantó de la cama.
Se puso una sudadera.
Tomó su celular.
Abrió la ventana con cuidado.
El aire nocturno entró frío, como si la ciudad estuviera conteniendo la respiración.
Stella salió por la ventana, bajó con cuidado por el techo y cayó en el patio trasero sin hacer ruido.
Iba a escaparse otra vez.
Pero esta vez…
solo para ver si esa persona estaba ahí.Para ver si la casa seguía viva.
Para ver si el misterio tenía una respuesta.
Y sin mirar atrás, comenzó a caminar hacia la casa número 10.
Ahí volvió a ver ese carro azul oscuro, casi negro.
El mismo que había visto la noche anterior.
El mismo que la había inquietado sin razón aparente.
Pero ahora, con el pasto cortado y la entrada despejada, el carro se veía más claro.
Ya no había nada que bloqueara la vista.
Ni hierba alta.
Ni rocas.
Ni basura.
La reja otra vez estaba abierta.