Capítulo 1
Elena
El pueblo no había cambiado.
Valenwood seguía oliendo a madera húmeda y a tierra vieja, a lluvia retenida en el suelo durante demasiado tiempo. El cartel oxidado apareció después de la última curva, inclinado hacia la derecha, como si estuviera cansado de sostener su propio nombre.
Bienvenidos a Valenwood.
La pintura blanca se había vuelto gris, y la V estaba atravesada por una grieta vertical. Siempre pensé que parecía una cicatriz.
Ahora parecía una advertencia.
Reduje la velocidad sin darme cuenta. Mis manos sudaban sobre el volante. No era miedo exactamente. Era algo más denso. Una sensación de ser reconocida incluso antes de detenerme. Como si el pueblo supiera quién era yo. Como si nunca me hubiera ido del todo.
Apagué el motor frente a la casa de mi madre, y el silencio cayó de golpe. Pesado. Artificial. Ese tipo de silencio que no se siente vacío, sino lleno de algo que espera.
La casa seguía allí.
Más pequeña. Más vencida.
La pintura blanca estaba descascarada, dejando ver la madera oscura debajo, como huesos asomando a través de la piel. Las ventanas parecían ojos cansados, opacos por el polvo. El porche crujió cuando subí el primer escalón, y ese sonido me atravesó como un recuerdo que no había pedido.
Me quedé inmóvil un momento, observando.
Conté mentalmente las tablas del suelo, las macetas vacías, la baranda floja. Todo estaba donde debía estar. Y aun así, nada se sentía mío.
Algo me recorrió la nuca. Esa sensación inequívoca de no estar sola.
Miré a mi alrededor, pero lo único que me devolvió la mirada fue la negrura creciente de la tarde y los sonidos del bosque. Hojas moviéndose. Ramas crujiendo. Demasiado atentos.
Saqué la llave del bolso con dedos torpes. El metal estaba frío, más de lo que debería. La había guardado envuelta en un pañuelo viejo, uno que ya no conservaba el olor de mi madre; solo un rastro apagado de detergente barato y tiempo.
La cerradura se resistió.
Giré una vez.
Dos.
Hasta que cedió con un clic seco que resonó demasiado fuerte en el silencio.
La puerta se abrió despacio, como si no quisiera dejarme entrar.
El aire interior me golpeó el rostro. Estancado. Denso. Polvo, madera vieja, humedad… y algo más. Un olor que no supe identificar de inmediato, pero que mi cuerpo reconoció antes que mi mente.
Quemado.
Tragué saliva.
Entré y cerré la puerta detrás de mí. El sonido fue definitivo, como un punto final. Me apoyé un segundo contra la madera, con los ojos cerrados, respirando hondo, recordándome por qué estaba allí.
Solo unos días. Nada más.
Abrí las ventanas una por una, dejando que la luz gris de la tarde se filtrara con timidez. Las cortinas se movieron apenas, como si despertaran de un sueño largo y desagradable. El polvo danzó en el aire, y tuve la absurda sensación de estar interrumpiendo algo.
Recorrí la casa despacio.
El salón seguía dispuesto igual: el sofá cubierto con una sábana blanca, la mesa baja con una esquina rota, la estantería medio vacía. Mis pasos sonaban demasiado fuertes. Cada crujido del suelo me tensaba los hombros.
El reloj del pasillo seguía colgado en la pared.
Las agujas marcaban las 2:17.
No me acerqué. No quería tocarlo. No quería comprobar si aún funcionaba. Algunas cosas era mejor dejarlas congeladas en el momento exacto en que dejaron de tener sentido.
La cocina estaba intacta, como si mi madre fuera a volver en cualquier momento. Un plato astillado en el escurridor. Una taza con una grieta en el borde. Pasé el dedo por la encimera y se me quedó cubierto de polvo.
—Así que esto es lo que queda —murmuré.
Subí las escaleras con cuidado. El segundo escalón seguía crujiendo más que los demás. Recordé cómo mi madre siempre lo evitaba. Cómo yo lo pisaba a propósito cuando estaba enfadada. El recuerdo me apretó el pecho.
Mi habitación estaba al fondo del pasillo.
Abrí la puerta despacio.
Nada había cambiado y, al mismo tiempo, todo estaba mal.
Las paredes conservaban marcas irregulares donde antes hubo pósters. El armario seguía con la puerta ligeramente caída. La cama, desnuda, parecía demasiado grande para el espacio.
Dejé la maleta sobre el colchón y me acerqué al espejo. El vidrio estaba manchado, pero reflejaba lo suficiente.
Me miré.
Seguía siendo yo.
Solo que más dura. Más afilada.
Los mismos ojos oscuros, ahora cansados. La boca tensa, como si siempre estuviera a punto de decir algo que no debía. Valenwood no merecía verme frágil. No después de lo que se llevó.
Me di la vuelta antes de que el espejo pudiera devolverme algo más.
Cuando bajé de nuevo, el sol empezaba a esconderse detrás de los árboles. La luz entraba inclinada, creando sombras largas que parecían moverse cuando no las miraba directamente.
Ahí fue cuando lo sentí de nuevo.
No dentro de la casa.
Afuera.
Me acerqué a la ventana del salón y separé un poco la cortina. El jardín estaba cubierto de maleza, el columpio oxidado balanceándose apenas con el viento. Más allá, la carretera vacía.
Y, aun así, sabía que alguien estaba allí.
No vi a nadie. Pero la sensación no desapareció.
Solté la cortina y retrocedí un paso, con el pulso acelerado.
Estás cansada, me dije. Es solo el regreso. Los recuerdos.
Cogí las llaves del coche. Necesitaba salir. Comer algo. Café. Cualquier cosa que me recordara que el mundo no terminaba en esa casa.
Cuando cerré la puerta, me aseguré de hacerlo con cuidado. Dos vueltas de llave. Probé el picaporte.
Mientras caminaba hacia el coche, tuve la extraña certeza de que la casa me observaba igual que el pueblo.
Como si supiera que había vuelto.
Como si estuviera esperando que todo se repitiera.