No mires atrás

2. Donde todos recuerdan

El bar de Valenwood seguía en el mismo lugar de siempre, al final de la calle principal, con el letrero de neón parpadeando como si dudara entre encenderse o rendirse del todo. The Hollow Oak.
Recordaba haberlo odiado incluso antes de irme.

Aparqué frente a él y apagué el motor. Durante un segundo, consideré volver a arrancar. Buscar cualquier otro sitio. Cualquier excusa para no entrar.

Pero ya estaba allí.

Empujé la puerta.

El sonido de las voces no murió de golpe. Fue peor.
Una pausa breve, apenas perceptible, como cuando alguien pronuncia un nombre que no debería decirse en voz alta. Luego, el murmullo regresó… distinto. Más bajo. Más atento.

Sentí las miradas antes de verlas.

Avancé un paso. Luego otro. El suelo pegajoso bajo mis botas, el olor a alcohol rancio y madera vieja envolviéndome como un recuerdo que se negaba a quedarse atrás. El bar estaba medio lleno. Hombres apoyados en mesas altas. Un par de mujeres cerca de la rockola. Rostros que reconocía, aunque fingieran no reconocerme a mí.

—Es ella…
—La chica del incendio…
—No pensé que volvería.

Los susurros me rozaban la piel. Nerviosos. Ásperos. No intentaban ocultarse del todo. Nunca lo hacían.

Caminé hacia la barra con la espalda recta, como si no escuchara nada. Como si no sintiera cómo cada palabra se me clavaba entre los hombros.

—Dicen que fue un accidente…
—Eso no fue un accidente.
—Su madre estaba dentro…

Tragué saliva.

No miré atrás. No aceleré el paso. No les di el espectáculo que parecían esperar. Aprendí hace años que Valenwood se alimenta de reacciones. De quiebres. De lágrimas.

Me senté en uno de los taburetes de la barra.

El murmullo no desapareció, pero bajó lo suficiente como para volverse ruido de fondo. Ese tipo de ruido que se instala en la cabeza y no se va.

—¿Elena?

Levanté la vista.

Rachel estaba frente a mí, secándose las manos con un trapo. Durante un segundo no dijo nada más, como si necesitara confirmar que era real. Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos, pero no había juicio en ellos. Solo cautela… y algo parecido al alivio.

—Hola, Rachel —dije. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Habían pasado años, pero la reconocí de inmediato. El mismo cabello oscuro recogido en una coleta descuidada. Las mismas pecas suaves en la nariz. Más cansada, quizá. Como todos los que se quedaron.

—No sabía que habías vuelto —añadió, bajando la voz—. Nadie sabía.

—No planeaba anunciarlo.

Asintió. No preguntó por qué. Siempre fue buena en eso. En no hacer las preguntas equivocadas.

—¿Qué te sirvo?

—Café. Por favor.

Alzó una ceja, sorprendida.

—Sigues siendo la única persona que entra aquí de noche a pedir café.

Una esquina de mi boca se levantó apenas.

—Algunas cosas no cambian.

Mientras lo preparaba, sentí otra vez esa presión incómoda. No venía del bar. Venía de más atrás. Como si alguien me observara desde un punto fijo, paciente.

Giré la cabeza.

Nada.

Solo reflejos en botellas, luces bajas, rostros que fingían no mirar. Volví al frente cuando Rachel dejó la taza frente a mí.

—Gracias.

Nuestros dedos se rozaron al tomarla. Fue un gesto mínimo, pero real. Humano. Me aferré a eso.

—Me alegra verte, Elena —dijo—. Aunque… no va a ser fácil.

—Nunca lo es.

Di un sorbo al café caliente, dejando que el amargor me anclara al presente. Afuera, Valenwood seguía esperando. Aquí dentro, el pasado susurraba demasiado cerca.

Y, aun así, por primera vez desde que volví, no me sentía completamente sola.

Rachel se inclinó sobre la barra, bajando la voz.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—Lo justo.

Frunció el ceño.

—Eso no es una respuesta.

Suspiré.

—Volví para… vender la casa de mi madre — dije intentado no mostrar el torbellino que se formaba en mi interior al pronunciar esas palabras.

Rachel se quedó inmóvil. No exageró la reacción. Simplemente se quedó quieta, como si la frase hubiera tardado un segundo más de lo normal en alcanzarla.

—¿Venderla? —repitió—. ¿La casa?

Asentí.

—Pensé que nunca volverías a pisarla, no después de…

—Yo tampoco, pero no puedo seguir pagándola.

Ella negó con la cabeza. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Compartido.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —preguntó—. Te fuiste sin decir adiós.

—En la ciudad, con la hermana de mi madre — extendí mi mano hacia las suyas — lamento haber ido sin explicaciones, pero debía salir de aquí, no podía quedarme sin sentirme asfixiada y culpable.

Rachel apretó mi mano con ternura, un gesto que me de cierta forma me reconforto y evito que los recuerdos de ese día volvieran.

—Cambié de trabajos más veces de las que puedo contar, y a pesar de que mi tía me amaba, nunca pude sentirme en casa.

—¿Y ahora?

Miré el reflejo distorsionado de mi rostro en el café.

—Ahora solo quiero cerrar esto y volver a mi vida fuera de Valenwood lo antes posible.

Rachel no pareció convencida.

—Valenwood no es bueno cerrando cosas. Aquí nada termina del todo.

Una risa breve se me escapó.

—Eso no ha cambiado.

—No —admitió—. Yo tampoco me fui.

—Siempre fuiste más valiente que yo.

—O más cobarde —respondió, con una sonrisa cansada—. Alguien tenía que quedarse.

Fue entonces cuando lo sentí nuevamente.

No como un pensamiento. Como una reacción física. Un escalofrío subiéndome por la espalda hasta detenerse en la nuca, como una mano invisible.

Alcé la vista.

El bar seguía igual… y, sin embargo, algo había cambiado.

Mis ojos recorrieron el lugar hasta detenerse en el fondo, donde la luz no llegaba del todo. Allí, entre sombras y humo viejo, distinguí una figura.

Un hombre.

Estaba solo. Apartado. Tenía un vaso frente a él, pero no bebía, solo estaba quieto mirando… mirándome




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