No mires atrás

3. La noche observa

La silla vacía me inquietó más que su presencia.

Me quedé mirando la mesa del fondo durante unos segundos de más, como si él fuera a materializarse otra vez entre las sombras si lo deseaba con suficiente fuerza. No ocurrió. Solo penumbra. Un vaso olvidado. Una ausencia demasiado precisa.

—¿Todo bien? —preguntó Rachel, siguiendo la dirección de mi mirada.

—Sí —respondí demasiado rápido—. Solo… cansancio.

Asintió sin insistir. Me rodeó con un abrazo breve antes de volver a la barra, y yo empujé la puerta del bar con una sensación extraña en el pecho, como si algo hubiera quedado inconcluso. Como si hubiera salido antes de tiempo.

Afuera, la noche era más fría de lo que recordaba.

Valenwood siempre había tenido esa forma de cerrarse sobre uno después del anochecer: los árboles altos, demasiado juntos; el silencio espeso; las farolas separadas por distancias incómodas, dejando tramos enteros sumidos en penumbra.

Caminé hasta el coche con las llaves apretadas entre los dedos.

Fue entonces cuando lo sentí otra vez.

No detrás de mí. No cerca. A un costado.

Me giré de golpe. Nada.

Solté el aire despacio, molesta conmigo misma. El bar, los murmullos, las miradas… todo se mezclaba, distorsionando la realidad.

Subí al coche y encendí el motor. Conduje sin prisa, siguiendo la carretera principal que bordeaba el bosque. Las luces recortaban troncos y sombras que parecían moverse, aunque supiera que no lo hacían.

Al pasar el desvío que llevaba a la casa de mi madre, bajé la velocidad sin querer.

El pecho se me apretó.

Un poco más adelante, cerca del acceso al lago, distinguí una figura junto al camino.

Un hombre.

Estaba apoyado contra la baranda de madera, con las manos en los bolsillos, como si no tuviera ninguna prisa. La luz del farol más cercano apenas lo alcanzaba, pero reconocí la postura al instante.

El pulso me golpeó con fuerza.

Pisé el freno.

El coche se detuvo con un leve chirrido. Durante un segundo pensé en seguir de largo. Fingir que no lo había visto. Fingir que no me importaba.

Pero él se giró antes de que pudiera decidir.

Esta vez sí vi su rostro.

Ojos oscuros, atentos. Demasiado tranquilos. Una mandíbula marcada, rasgos firmes. No era una belleza evidente, sino algo más peligroso: presencia.

Bajé la ventanilla solo un poco.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté.

Mi voz sonó firme. Me aseguré de ello.

—No —respondió—. Pero gracias.

Su voz era grave, baja, controlada. No había nerviosismo ni sorpresa. Como si este encuentro fuera… natural.

—Entonces no deberías quedarte aquí parado —añadí—. No es un buen sitio.

Una esquina de su boca se curvó apenas.

—Lo sé.

El silencio se instaló entre nosotros.

—Te fuiste del bar sin despedirte —dijo al cabo.

—No sabía que tuviera que hacerlo.

—No tenías que hacerlo —respondió—. Solo lo noté.

Fruncí el ceño.

—¿Siempre observas tanto a la gente?

—Solo cuando llaman mi atención.

—¿Y yo lo hice?

Me sostuvo la mirada durante un segundo largo. Demasiado largo.

No respondió.

En lugar de eso, sonrió.

No fue una sonrisa amable ni burlona. Fue mínima, lenta, como si supiera exactamente el efecto que tendría.

Sentí un vuelco en el estómago.

—Rachel me dijo tu nombre —dije, rompiendo el silencio—. Nicolás.

Asintió.

—Elena.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente al escuchar mi nombre en su voz.

—¿Siempre dices el nombre de la gente como si lo saborearas?

Su sonrisa se ensanchó apenas.

—Depende de la persona.

Me tensé.

—¿Qué haces en Valenwood, Nicolás?

Apoyó el peso en una pierna, relajado, como si la noche le perteneciera.

—Vivir.

—Eso no dice mucho.

—Suele ser suficiente.

—Para alguien tan callado, pareces saber bastante.

—Escuchar ayuda.

—¿Y observar?

—También.

Tragué saliva.

—No me gusta que me observen.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

Otra pausa. Otra sonrisa leve, controlada.

—Por la forma en que sostienes el volante —dijo—. Por cómo no apartas la mirada, aunque quieras hacerlo.

Un escalofrío me recorrió.

—No me conoces.

—No dije eso.

—Entonces ¿qué sabes de mí?

Sus ojos recorrieron mi rostro con lentitud. No fue descarado. Fue peor. Meticuloso.

—Sé que regresaste, aunque no querías —respondió—. Sé que este pueblo no te pertenece ya… y aun así te reclama.

Apreté los dedos alrededor del volante.

—Eso lo sabe cualquiera aquí.

—No —corrigió—. Aquí creen saberlo.

El silencio volvió a caer, espeso.

—Será mejor que siga —dije al fin—. Es tarde.

Asintió, dando un paso atrás.

—Sí. Lo es.

—Buenas noches, Nicolás.

—Buenas noches, Elena.

Subí la ventanilla y arranqué antes de poder arrepentirme. Conduje hasta el hotel sin mirar atrás.

El hotel de Valenwood era exactamente como lo recordaba.

Pequeño. Antiguo. Demasiado silencioso para resultar acogedor. La fachada de ladrillo oscuro apenas reflejaba la luz amarillenta del letrero; las ventanas parecían ojos apagados, indiferentes a quien entrara o saliera.

Aparqué frente a la entrada y apagué el motor. Permanecí allí unos segundos, con las manos aún sobre el volante, como si necesitara confirmar que había llegado a un lugar real.

Bajé del coche y arrastré la maleta hasta la recepción. Todo fue automático: una llave antigua, una sonrisa distraída, un “segunda planta” que apenas escuché.

Cuando cerré la puerta de la habitación detrás de mí, el sonido fue demasiado definitivo.

Me apoyé un momento contra la madera, respirando hondo.

La habitación olía a detergente barato y a algo viejo que no lograba identificar. Dejé la maleta junto a la cama y encendí la luz. Una colcha beige, un escritorio estrecho, una ventana que daba a la calle principal.




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