No mires atrás

4. El pueblo vuelve a señalar

Sullivan’s seguía oliendo a café recién hecho y a cosas que nunca cambiaban.
Pero yo sí.

Lo supe en cuanto crucé la puerta.

Las conversaciones bajaron apenas de volumen. No se detuvieron; no hacía falta. En Valenwood la gente sabía observar sin hacer ruido, juzgar sin palabras. Rachel caminaba a mi lado con una naturalidad forzada, como si su sola presencia pudiera amortiguar el impacto de mi regreso.

Nos sentamos junto a la ventana. Desde allí se veía la calle principal, la misma por la que había caminado tantas veces creyendo que algún día sería suficiente para dejar todo atrás.

—¿Estás bien? —preguntó Rachel cuando el mesero se alejó.

Asentí, aunque no estaba segura de estar diciéndome la verdad.

—Anoche me lo encontré —dije en voz baja—. A Nicolás.

Rachel alzó la vista de inmediato.

—¿Dónde?

—Cerca del lago.

Su expresión se endureció.

—Eso no me gusta.

—A mí tampoco —admití—. Pero… no fue desagradable. Solo… extraño.

No encontré una palabra mejor.

—Me miraba como si supiera algo que yo no —añadí—. Y eso debería haberme incomodado más de lo que lo hizo.

Rachel me observó con atención, como si intentara leer entre líneas.

—Elena —dijo despacio—, aquí la gente evita lo que no entiende. Y a él no lo entiende nadie.

—Lo sé —respondí con una sonrisa leve—. Supongo que por eso me resulta tan familiar.

Rachel no respondió. Su mirada se desvió hacia la entrada.

—Hablando de cosas que no conviene mirar… —murmuró.

Me giré.

Nicolás acababa de entrar.

No buscó el fondo del local. Se detuvo apenas, como si evaluara el ambiente. Cuando nuestras miradas se encontraron, no hubo sorpresa. Solo reconocimiento.

Una sonrisa breve. Distante.

Mi estómago se contrajo.

—Te está mirando —susurró Rachel.

—Lo sé.

Avanzó entre las mesas con calma hasta sentarse al fondo. Había algo en él que me impedía apartar la vista, una quietud inquietante, como si perteneciera al lugar y al mismo tiempo no del todo.

—¿Te incomoda? —preguntó Rachel.

Negué con la cabeza.

Antes de poder decir algo más, una sombra se detuvo frente a nuestra mesa. Me obligó a apartar la mirada de Nicolás y levantar la vista.

Una mujer estaba de pie frente a nosotras.

Tenía los ojos enrojecidos, no de llanto reciente, sino de un cansancio antiguo, instalado allí desde hacía años. Sus manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por contención.

—Así que sí eres tú —dijo con la voz quebrada—. ¿Cómo te atreves a volver a este pueblo después de todo el dolor que causaste?

Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro.

—No he venido a causar problemas —respondí.

La mujer soltó una risa amarga.

—Ya es muy tarde para eso, ¿no crees?

Sus palabras se me clavaron como astillas.

—Creo que deberías tranquilizarte, Mary —intervino Rachel con cautela—. Este no es el lugar ni el momento.

—No sabes de lo que hablas —respondí, aunque mi voz tembló a pesar de mi esfuerzo.

—Lo sé perfectamente —replicó ella—. Todos lo sabemos. No hace falta decirlo en voz alta para recordarlo cada día.

Rachel apoyó una mano firme sobre la mesa.

—Esto no es justo —dijo—. Elena también…

No pudo terminar la frase.

—Ella es la culpable del dolor de este pueblo —la interrumpió la mujer—. Y si tuviera un poco de decencia, jamás se habría atrevido a volver.

Mis ojos se llenaron de lágrimas que me negué a dejar caer. Bajé la mirada. Una parte de mí sabía que, para ellos, esas palabras eran verdad. Nunca me perdonarían. Quizá nunca debí regresar.

Rachel intentó defenderme una vez más, pero la mujer ya se daba la vuelta. Salió del restaurante sin mirar atrás, dejando tras de sí susurros, miradas furtivas y una certeza incómoda: ahora todos sabían quién era yo. Y que no era bienvenida.

Mi respiración se volvió superficial.

—Elena… —susurró Rachel.

Negué con la cabeza, incapaz de hablar.

Ella apretó mi mano.

—No tenías que pasar por eso.

Pero ambas sabíamos la verdad. Ese era el motivo por el que nunca quise volver.

El murmullo del restaurante regresó despacio, pero no a la normalidad. Era un sonido tenso, incómodo, como si nadie supiera muy bien qué hacer ahora que lo que siempre evitaban había ocurrido a plena luz del día.

Yo seguía sin moverme.

Sentía el pecho apretado, la garganta cerrada, como si aquella escena hubiera arrancado algo que llevaba demasiado tiempo enterrado. No lloré. Pero el temblor en mis manos me delataba.

Entonces volví a sentirlo.

La presencia de Nicolás.

Algo en su postura había cambiado. Sus hombros estaban rígidos, la mandíbula tensa. Su expresión era oscura. Molesta. Como si la escena hubiera cruzado un límite invisible.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, no sonrió.

Nicolás se levantó despacio. No hizo ruido. Dejó un par de billetes sobre la mesa y se dirigió hacia la salida.

Pero antes de irse, pasó a mi lado.

Muy cerca.

Lo suficiente para que el aire a su alrededor me rozara la piel. Lo suficiente para que mi cuerpo reaccionara sin pedirme permiso.

No dijo nada.

Giró apenas la cabeza y me dedicó esa sonrisa suya. Una curva mínima en los labios, cargada de algo que no supe nombrar.

Era como si, de alguna forma inexplicable, supiera exactamente lo que esa escena había removido en mí.

El calor me subió al pecho.

Me sentí reconfortada de una forma absurda. Injustificada. Y al mismo tiempo, más confundida que antes.

Antes de que pudiera sostenerle la mirada un segundo más, siguió caminando. La campanilla de la puerta sonó suavemente al cerrarse detrás de él.

Y entonces su ausencia se sintió.

Más pesada que su presencia.

Rachel soltó el aire despacio y se inclinó hacia mí.

—Lo siento —dijo en voz baja—. No debería haber pasado así.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.