Desperté antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba. Solo veía el techo blanco de la habitación del hotel y escuchaba el zumbido distante de la lluvia golpeando la ventana.
Después volvió todo.
Valenwood.
La casa.
Mary.
Nicolás.
Sobre todo Nicolás.
Cerré los ojos con fuerza, molesta conmigo misma. Era absurdo la facilidad con la que se había instalado en mi cabeza después de apenas dos encuentros. Pero no era solo él. Era la forma en que aparecía justo cuando mi mente empezaba a quebrarse. Como si entendiera demasiado sin necesidad de preguntar nada.
Me levanté antes de seguir pensando.
El cielo estaba gris cuando conduje hasta la casa de mi madre. La lluvia fina había convertido la carretera en una línea húmeda y brillante entre los árboles. El bosque parecía más oscuro bajo la neblina de la mañana.
La casa me esperaba igual que siempre.
Quieta.
Silenciosa.
Como si supiera que tarde o temprano volvería.
Apreté la llave entre los dedos antes de entrar.
El olor a humedad seguía ahí, mezclado con ese rastro tenue de quemado que nunca desaparecía del todo. Dejé el bolso sobre la mesa del salón y me obligué a respirar con normalidad.
“Solo vas a limpiar un poco. Nada más.”
Mentira.
Había vuelto porque necesitaba entender por qué aquella casa seguía haciéndome sentir observada incluso vacía.
Subí las escaleras lentamente.
El segundo escalón crujió bajo mi peso.
Mi cuerpo todavía reaccionaba a cada sonido de esa casa como si esperara encontrar algo al otro lado de cada puerta.
Entré en la habitación de mi madre por primera vez desde que regresé.
El aire ahí dentro era distinto. Más frío. Más quieto.
Las cortinas seguían cerradas. La cama estaba perfectamente tendida, cubierta por una fina capa de polvo. Sobre la cómoda permanecían algunas de sus cosas: un cepillo de cabello, un frasco vacío de perfume, una fotografía boca abajo.
Me acerqué despacio.
La fotografía mostraba una versión de nosotras que ya no parecía real.
Yo debía tener unos diez años. Mi madre sonreía mientras me abrazaba desde atrás. El lago se extendía detrás de nosotras, brillante bajo el sol.
No recordaba la última vez que la vi sonreír así.
Dejé la fotografía en su lugar.
Fue entonces cuando noté algo extraño.
El cajón inferior de la cómoda estaba ligeramente abierto.
Fruncí el ceño.
No recordaba haberlo visto así.
Me arrodillé lentamente y tiré del cajón.
Dentro había ropa vieja, papeles amarillentos y una caja metálica pequeña.
La reconocí al instante.
Mi madre guardaba ahí las cosas “importantes”. Así las llamaba siempre.
El corazón empezó a golpearme más fuerte.
Abrí la caja.
Dentro había fotografías.
Muchas estaban dañadas.
Quemadas en los bordes.
Tomé la primera con cuidado.
Era una imagen borrosa de una reunión en el pueblo. Varias personas aparecían frente al bosque, sonriendo hacia la cámara.
Mi madre estaba ahí.
Y junto a ella…
Me detuve.
Había un hombre parcialmente cubierto por la quemadura de la fotografía. Solo podía distinguir parte de su perfil y una mano apoyada sobre el hombro de mi madre.
No lo reconocí.
Revisé otra fotografía.
Y otra.
En varias aparecía el mismo hombre.
Siempre cerca de ella.
Siempre parcialmente dañado por el fuego.
Un malestar lento empezó a instalarse en mi pecho.
Debajo de las fotografías encontré un cuaderno viejo de tapas oscuras.
Un diario.
Las manos me temblaron apenas al abrirlo.
Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones normales:
compras,
fechas,
recordatorios.
Después cambiaba.
Las letras se volvían más apresuradas.
Más nerviosas.
“Hay cosas que Elena no debe saber todavía.”
Mi respiración se detuvo un segundo.
Pasé la página rápidamente.
“Si descubren lo que ocurrió realmente esa noche…”
La siguiente página estaba arrancada.
Y la siguiente también.
Tragué saliva.
Volví a leer la frase una vez más.
“Lo que ocurrió realmente esa noche.”
El incendio.
Mi cabeza empezó a llenarse de imágenes fragmentadas.
Humo.
Cristales rompiéndose.
Mi madre gritándome que corriera.
Y luego… nada.
Nada claro.
Nada completo.
Toda mi vida había creído conocer la historia.
Un accidente.
Una tragedia.
Un error imposible de cambiar.
Pero esas palabras…
Esas malditas palabras parecían abrir algo que llevaba años enterrado.
Pasé más páginas del diario.
Muchas estaban arrancadas.
Otras tenían frases incompletas.
“Él dijo que…”
“No puedo dejar que Elena…”
“Si alguien descubre…”
Golpeé el cuaderno contra la cama, frustrada.
—Mierda…
El sonido de mi voz dentro de aquella habitación me hizo sentir aún más sola.
Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro.
No tenía sentido.
¿Por qué mi madre ocultaría algo relacionado con el incendio?
¿Y quién era el hombre de las fotografías?
Volví a mirar una de las imágenes quemadas.
La sensación incómoda regresó.
Como si algo hubiera estado frente a mí todo este tiempo y apenas comenzara a verlo.
Entonces escuché un ruido abajo.
Me congelé.
Un golpe suave.
Muy leve.
Como madera chocando contra algo.
El corazón empezó a latirme con fuerza.
La casa quedó en silencio otra vez.
Esperé.
Nada.
Respira.
Bajé lentamente las escaleras.
Cada paso parecía demasiado fuerte.
Cuando llegué al salón, lo noté de inmediato.
La ventana de la cocina estaba abierta.
El aire frío entraba desde afuera, moviendo apenas las cortinas.
Estoy segura de no haberla dejado así.