No mires atrás

Capítulo 7. Donde empieza el peligro

La lluvia comenzó poco después del anochecer.

No una tormenta violenta. Peor.

Una lluvia constante, fría, silenciosa. De esas que parecen envolver el mundo entero hasta volverlo más pequeño.

Llevaba casi una hora intentando ordenar las cajas del estudio de mi madre cuando se fue la luz.

El apagón cayó de golpe.

Un chasquido seco.

Después oscuridad.

Solté un suspiro cansado y dejé la linterna sobre la mesa. La casa entera crujió suavemente, como si hubiera despertado al quedarse sin electricidad.

—Perfecto… —murmuré.

La lluvia golpeaba las ventanas con insistencia. Afuera, el bosque era apenas una masa negra moviéndose detrás del cristal.

Intenté no pensar en las huellas.

En el cigarro.

En la sensación de que alguien seguía entrando a esa casa.

Bajé las escaleras lentamente, iluminando el pasillo con la linterna del teléfono. El silencio parecía más espeso sin electricidad.

Demasiado vivo.

Necesitaba aire.

Tomé las llaves del coche y el abrigo antes de salir.

La lluvia fría me golpeó el rostro apenas crucé el porche. Corrí hasta el auto y encendí el motor.

Nada.

Lo intenté otra vez.

El motor respondió con un ruido ahogado antes de morir nuevamente.

—No… no, no me hagas esto ahora.

Giré la llave una tercera vez.

Nada.

El corazón empezó a acelerárseme.

Miré hacia la casa oscura detrás de mí. Luego hacia la carretera vacía.

El bosque parecía más cerca bajo la lluvia.

Maldije por lo bajo y salí del coche.

Tal vez solo necesitaba revisar el capó.

Aunque no tenía idea de qué estaba haciendo.

La lluvia ya había empapado mis mangas cuando abrí el cofre. El vapor tibio escapó hacia el aire frío.

—Problemas?

La voz surgió detrás de mí.

Di un respingo tan brusco que me golpeé la mano contra el metal.

—¡Mierda!

Me giré de golpe.

Nicolás estaba de pie a unos pasos del coche, bajo la lluvia, como si hubiera salido directamente de la oscuridad del bosque.

El pulso me golpeó con fuerza.

—¿Siempre apareces así? —espeté, llevando una mano al pecho—. ¿O solo disfrutas asustando gente?

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Solo a la gente que se distrae demasiado.

El agua oscurecía su cabello y el cuello de su chaqueta negra. Bajo la luz débil de mi teléfono, sus ojos parecían aún más oscuros.

Más peligrosos.

Tragué saliva.

—Mi coche no arranca.

Nicolás se acercó sin apresurarse.

Demasiado cerca.

Sentí el olor a lluvia y humo apenas se inclinó junto al motor.

—Déjame ver.

Retrocedí apenas para darle espacio.

O eso intenté.

Porque incluso así seguía sintiéndolo demasiado cerca.

Sus brazos rozaron los míos accidentalmente mientras revisaba algo bajo el capó.

Mi respiración se tensó de inmediato.

Ridículo.

Era solo contacto.

Pero mi cuerpo reaccionó como si fuera algo más.

Nicolás levantó la vista apenas.

Y supo que lo sentí.

Lo vi en la forma mínima en que su expresión cambió.

No dijo nada.

Eso lo hacía peor.

—La batería está bien —murmuró—. Parece el encendido.

La lluvia empezó a caer más fuerte.

Un trueno sonó a lo lejos.

—Genial —dije, abrazándome los brazos—. Justo lo que necesitaba.

Él cerró el capó lentamente.

—No deberías quedarte afuera.

—No quiero volver a entrar ahí sola esta noche.

Las palabras escaparon antes de poder detenerlas.

Nicolás me observó unos segundos.

Con demasiada atención.

—¿Pasó algo? —preguntó al fin.

Dudé.

No sabía por qué quería responderle.

Tal vez porque él no hablaba como la gente del pueblo. No parecía esperar una versión cómoda de mí.

—Creo que alguien entró a la casa.

Su mirada se endureció apenas.

—¿Por qué lo crees?

—Porque dejaron cosas movidas. Había huellas. Una ventana abierta.

El silencio cayó entre nosotros.

La lluvia golpeaba el techo del coche.

Nicolás apartó la mirada hacia la casa.

—¿Y aun así sigues aquí?

—No tengo demasiadas opciones.

Una sonrisa breve apareció en su boca.

—Siempre hay opciones.

Mi estómago dio un vuelco extraño.

No sabía si quería acercarme más a él… o alejarme inmediatamente.

Quizá ambas.

—¿Vas a quedarte mirándome o vas a ayudarme? —pregunté para romper la tensión.

La sonrisa regresó.

Más leve esta vez.

—Eso depende.

—¿De qué?

Se acercó un paso.

Ahora sí demasiado cerca.

Sentí mi espalda rozar el costado del coche.

El aire pareció espesarse entre nosotros.

—De si realmente quieres ayuda, Elena.

Mi nombre en su voz me desarmó más de lo que debería.

Sostuve su mirada intentando ignorar el calor que empezaba a subir por mi pecho.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Pero sonó exactamente a lo contrario.

El trueno volvió a escucharse, más cercano esta vez.

La lluvia seguía cayendo alrededor de nosotros, aislándonos del resto del mundo.

Nicolás volvió a acercarse al coche.

—Intenta arrancarlo ahora.

Entré rápidamente solo para escapar un poco de su proximidad.

Giré la llave.

El motor encendió de inmediato.

Lo miré por la ventana, sorprendida.

—¿Qué hiciste?

Se encogió apenas de hombros.

—Nada complicado.

Apagué el motor otra vez y bajé.

—Gracias.

Nicolás asintió, pero no se movió.

La lluvia resbalaba lentamente por su mandíbula.

Mi mirada se quedó allí más tiempo del que debía.

Cuando levanté los ojos, él ya me estaba observando.

Otra vez esa sensación.

Como si viera demasiado.

—Deberías irte al hotel esta noche —dijo.

—¿Y dejar la casa sola?

—No parece que esté muy sola cuando estás dentro.




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