No puedes olvidarme

No puedes olvidarme

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La mujer apareció entre los árboles de oyamel, interrumpiendo la melodía alegre que tocaba con su violín un joven frente a una fogata. No era una ilusión provocada por las oscilantes sombras que proyectaban las ramas de los árboles; aquella figura que se acercaba era de carne y hueso.

—¡Qué atardecer tan hermoso! ¿No lo crees? —La delgada mujer tomó asiento sobre una roca del nicho de la cueva, cerró sus ojos y dio un leve suspiro.

—No has venido a verme solo para hablar de eso —replicó él—. ¿Hasta cuándo dejarás de seguirme? Creí que lo único que necesitabas era que quemara la mariposa y a las flores de aretillo y lis.

La mujer llevaba puesto un sucio vestido azul grisáceo, su rostro aún conservaba la juventud, y su cabello era del color de la hojarasca seca de otoño. Abrió los ojos y acercó su mano a la de él para tomarla. La delgada palma le produjo al joven la sensación de tocar agua fría de arroyo, y su nariz percibió que aquel ser despedía un aroma dulzón a perones deshaciéndose sobre la tierra.

—Eres cruel conmigo —respondió su acompañante con una leve sonrisa—, deberías componer más tonadas alegres. Además, veo que aún sigues con ese uniforme desgastado. Los bosques no son para ti, mucho menos si no los conoces. Eso lo noté desde que entraste a mi cabaña sin ninguna invitación. Te ayudé a ocultarte de aquella fría noche. Y cuando tu mano atravesó mi pecho, entendiste que yo había sido olvidada por el tiempo.

—No quiero que me sigas, eres libre ahora.

—Dudo que ahora vayas a olvidarme fácilmente. Así que opté por acompañarte hasta que regreses a tu hogar.

El joven intentó sacar la bayoneta sujeta a su cinturón, pero no la halló.

—¿Buscabas esto? —le reveló la dama, sujetando la reluciente hoja de acero y pasando la punta contra su propio pecho—. Te lo he dicho ya. No puedes olvidarme. ¿Acaso aquella mariposa podía olvidar a sus flores?

De la espalda de la mujer brotaron un par de alas de ángel. Eran negras como los cuernos de venado que comenzaban a surgirle de las sienes, y sus ojos tenían el mismo tono lila del cielo. El joven soltó su violín y dio un brinco tratando de alejarse de ella, pero la dama lo sujetó del brazo; él vio que la piel era pálida, casi translúcida, pues podía ver los huesos de la mano femenina.

El eco del viento retumbaba entre los árboles, y de las hierbas salían revoloteando algunas polillas grises que se posaban en los hombros del joven. Los labios de la dama se acercaron a la temblorosa boca, y se fundieron en un doloroso y punzante beso. El joven sintió el gélido acero atravesar su pecho. Ella dejó clavada la bayoneta y comenzó a desintegrarse lentamente, de pies a cabeza, en forma de cenizas, y estas entraban en un suspiro dentro de su boca.

Los ojos del joven se cerraron. Cuando despertó, la fogata se había extinguido. En medio de la penumbra silenciosa, sintió en su pecho la frescura del agua de un arroyo, esbozó una sonrisa rota al ver que, de la herida, donde aún estaba clavada la bayoneta, nacían una flor de lis y un aretillo.

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