Cuando pude regresar mi cabeza a la realidad, pero sin controlar mis lágrimas, volví a escuchar a mi padre, quien gritó:─¡Al carajo!, ¡ningún maldito centro de rehabilitación contesta!
Entonces, percibí ese claro y único sonido que hace alguien al colgar de golpe el teléfono. Sin embargo, unos segundos después de aquél ruido, se volvió a escuchar otro; ahora alguien estaba llamando a la casa.
«¿Será el centro de rehabilitación?, ¿me van a llevar?, ¿me van a encerrar?, ¿es que enserio no le importo aunque sea un poco?», pensé mientras mis lágrimas caían en mayor cantidad sobre mis mejillas.
Salí ligeramente de la cocina, y pude ver que mis padres estaban de espaldas; pendientes a ese teléfono que seguía sonando. Fue papá quien contestó, pero mi madre preguntó:─¿Quién es, Yaser?
─Calla ─dijo papá en un tono grotesco─. ¿Quién habla?
«Por favor, no, no quiero ir», pensé mientras me imaginaba las tantas cosas que podría vivir encerrada en un lugar donde abundan los verdaderos dementes; donde debería estar ese malnacido del jardín, no yo. «¿Cómo podría hacer que él termine allí?, ¿y si voy para acusar al demente del jardín?».
─¡¿Ehnalo?!
«¡Mi amigo de la escuela!», cavilé al escuchar el exalto de mi padre.
─¡Oh, que alegría! ─exclamó mi madre después de tomar el teléfono por la fuerza─, pero por supuesto que puedes visitarnos. Nos encantaría volver a verte; tienes mucho tiempo sin venir, Aluvi seguramente se alegrará.
«¿Por qué quiere venir?», dudé.
─Ah, sí. Estos días Aluvi ha tenido algunos problemas de salud, por eso no ha podido ir a clases.
Mis ojos fueron fieles testigos de la furia que el rostro de mi padre emanaba; ahora era él quien parecía todo un demente...un frenético. Fue él quien giró directamente hacia mí, clavándome esa mirada que daba una sensación de "se acabaron tus días". Pero nada se comparó con la forma tan brusca con la que iba destruyendo los muebles de la casa mientras me correteaba y perseguía. Yo no quise parar de correr, huir era todo lo que me quedaba con tal de salvarme.
Corrí y corrí cuanto pude, pero los tantos muebles destruidos empezaron a ser un limitante; fue cuestión de tiempo el no poder recuperar la movilidad entre tanto desorden. Tuve que recurrir a un inimaginable recurso: ocultarme en mi habitación.
Tomé todo el impulso que tenía y logré cerrar la puerta de mi cuarto, antes de que mi padre entrara. Para mi suerte, esa puerta había sido perfectamente reforzada por papá; justamente para que yo me protegiera por si algún día corría peligro.
─¡Vas a salir quieras o no! ─gritó papá.
Mi voz estaba tan quebrantada y temblorosa que no pude pronunciar palabra alguna. No habría podido enunciar ninguna frase de manera firme; mi corazón se estaba destrozando pedazo a pedazo mientras veía en lo que mi padre se había convertido. Aquella faceta me dio tanto miedo; el mismo miedo que me dio al ver al maldito demente del jardín. Fue un deja vu tan fresco, que sentía que podría desmayarme sin más. Pero no, yo quería ser fuerte, no podía descuidarme; de lo contrario sería llevada a la fuerza a donde no quiero.
«Prefiero encerrarme en mi cuarto con un solo demente cerca, que ir a un centro de rehabilitación donde habrá más de mil dementes sueltos» , pensé al secarme las lágrimas con mis propios brazos. «Papá y el demente quedarían perfectos en ese centro de rehabilitación. Me da igual si tengo que denunciarlos a ambos; si es lo que debo hacer, lo haré».
─Yaser ─resopló mi madre, incómoda por los estruendos que papá hacía mientras trataba de rasgar y empujar la puerta con todas sus fuerzas─, déjala tranquila. ¿No te das cuenta del enorme daño psicológico que le estás haciendo? ¡Sólo tiene dieciocho!
─¡Cállate, mujer!
Tras aquel grito, escuché un golpe: una cachetada. Según las siluetas que podía ver por debajo de la puerta, el agresor era mi padre.
─¡Si ella no quiere ir a rehabilitarse, entonces haré que los malditos psicólogos vengan aquí mismo a la casa!, ¡pero de que se la llevan, se la llevan!
Así pasé las horas, los días: encerrada sin ninguna salida que tomar; junto a Keyla, mi Husky. Pero los gritos entre mi familia continuaban, aunque esta vez eran más por lo desesperante que a mi padre le resultaba la idea de tener que esperar más tiempo para verme fuera de casa; los psicólogos aceptaban las citas, pero les agendaban de aquí a unos cinco años más adelante.
El ambiente se calmó cuando Ehnalo llegó a casa; finalmente para visitarme. Mis padres tuvieron que guardar la compostura, pues evidentemente no podían mostrar sus defectos y problemas familiares ante nadie; su reputación junto con la del jardín debía ser intachable.
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Editado: 22.12.2019