Sophie estaba plácidamente acomodada en su sofá, envuelta en una manta ligera, con una taza de té caliente entre las manos y a escasos segundos de comenzar una película que llevaba semanas posponiendo.
Había sido un día largo.
No un día terrible, pero sí de esos que convencen a cualquiera de que la humanidad es incapaz de tomar una decisión sencilla sin convertirla en una crisis.
Durante las últimas horas había respondido correos, solucionado un problema con un florista que había confundido rosas blancas con rosas marfil (una diferencia que para Sophie era evidente y para el resto del mundo parecía inexistente) y evitado que una novia cancelara su boda porque su futura suegra había sugerido cambiar el plato principal.
Era una victoria personal haber llegado viva al final de la jornada.
Por eso mismo estaba decidida a no hacer absolutamente nada durante el resto de la noche.
Le dio un sorbo a su té, tomó el control remoto y entonces sonó el teléfono.
Sophie suspiró.
La paz era un concepto bonito que rara vez aplicaba a su vida.
Tomó el teléfono de la mesa de centro y arrugó el ceño al ver el nombre que aparecía en pantalla.
Eliot.
Parpadeó y volvió a mirar pensando que quizá había leído mal.
Pero no, era Eliot.
Su ex cuñado.
Aunque técnicamente era más que un simple ex cuñado.
La situación familiar era tan ridículamente enredada que explicarla requería un árbol genealógico, varios marcadores de colores y posiblemente una presentación de diapositivas.
Eliot y Sophie compartían familia.
El tío de ella, Theodore, se había casado con la tía de él, Josephine, y ambas familias habían terminado mezclándose hasta el punto de que nadie estaba completamente seguro de quién era primo de quién.
Por desgracia, Sophie había cometido el error de enamorarse del hermano de Eliot.
Marcus.
Y aunque aquella relación había terminado hacía diez años, ella seguía evitándolo como si fuera una enfermedad altamente contagiosa.
¿Por qué?
No estaba completamente segura.
Tal vez porque Marcus seguía siendo insoportablemente atractivo.
Tal vez porque seguía teniendo esa sonrisa capaz de convencer a cualquiera de comprar un bote aunque viviera en medio del desierto.
O tal vez porque Sophie era una persona ligeramente rencorosa.
Después de unos segundos de duda, contestó.
—Hola.
La palabra salió más como una pregunta que como un saludo.
—Sophie, hola —respondió Eliot con su habitual simpatía—. ¿Puedes hablar?
—Sí, puedo.
—Qué bueno.
Escuchó un suspiro al otro lado de la línea.
No sonaba bien.
—¿Todo está bien? —preguntó de todas formas.
—Honestamente, no.
Sophie enderezó la espalda.
—¿Recuerdas que voy a casarme? —continuó Eliot.
—Sí, lo recuerdo.
—Y ya habrás notado que no recibiste la invitación.
Sophie soltó una pequeña risa.
—Sí, pero pensé que no estaba invitada.
—¿Cómo no vas a estar invitada, Sophie?
—Por Marcus.
—A Marcus no le molesta tu presencia y aunque le molestara me importaría una mierda.
Ella sonrió pese a sí misma.
—¿Y entonces qué pasa?
Hubo un silencio preocupante, luego Eliot habló.
—Nuestra organizadora nos estafó.
Sophie se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Los invitados no tienen invitaciones.
—Espera…
—No hay proveedores contratados.
—Ay Dios mío…
—No tenemos salón.
Sophie casi dejó caer la taza.
—¿Cómo que no tienen salón?
—La mujer desapareció con el dinero.
—¿Cómo que desapareció con el dinero?
—Lo hizo. Se llevó todo y dejó de responder mensajes.
Sophie se llevó una mano al pecho.
Aquello era una catástrofe.
Una auténtica catástrofe.
Una pesadilla.
—Estoy desesperado, Sophie —confesó Eliot—. Le prometí a Holly la mejor boda de su vida y no tenemos absolutamente nada.
Ella cerró los ojos.
—Faltan dos meses.
—Lo sé.