No se vuelve con un ex, ¿verdad?

~4~

Sophie abrió los ojos cuando el despertador sonó a las siete de la mañana.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, tratando de recordar dónde estaba.

No era su departamento ni la habitación de un hotel.

Era aquel encantador Bed & Breakfast que, según las fotografías de internet, prometía una "experiencia acogedora junto al mar".

La palabra acogedora claramente tenía interpretaciones muy amplias.

Se incorporó despacio y estiró los brazos mientras observaba la habitación.

La cama no era la más cómoda, pero había una pequeña ventana desde la que se alcanzaba a ver un pedacito del cielo gris de Brighton. Y el canto de las gaviotas confirmaba que el mar no estaba demasiado lejos.

Así que no todo podía ser malo.

Con ese pensamiento optimista tomó la ropa que había dejado preparada la noche anterior y entró al baño.

Presionó el interruptor.

La luz parpadeó una, dos, tres veces y terminó quedándose encendida... a medias.

Frunció el ceño, volvió a apagarla y la encendió otra vez.

La bombilla comenzó un espectáculo digno de una película de terror, parpadeando con un ritmo completamente impredecible.

—No... —murmuró.

Lo intentó una tercera vez, pero obtuvo exactamente el mismo resultado.

Resignada, salió de la habitación y bajó a recepción.

La dueña del establecimiento, una mujer de unos sesenta años con una sonrisa amplia y un delantal floreado, la recibió con entusiasmo.

—¡Buenos días, querida! ¿Dormiste bien?

—Muy bien, gracias. Solo quería comentar que la luz del baño parece estar fallando.

La mujer hizo un gesto despreocupado con la mano.

—Ah, sí. A veces hace eso.

—¿Y...?

—Dale un par de golpecitos a la bombilla y vuelve a funcionar.

Sophie abrió ligeramente los ojos.

—¿Cómo dice?

—No muy fuertes, claro. Dos golpecitos suelen bastar.

Sophie observó a la mujer durante unos segundos, esperando una explicación diferente, pero no llegó.

—¿No sería mejor cambiar la bombilla?

La mujer negó con absoluta tranquilidad.

—Si todavía enciende, sería una pena desperdiciarla.

Sophie sonrió por educación, agradeció la información y regresó a su habitación preguntándose en qué momento golpear instalaciones eléctricas se había convertido en un procedimiento técnico aceptado.

Naturalmente, no pensaba acercar un dedo a aquella bombilla.

Tenía demasiadas ganas de seguir con vida.

Entró nuevamente al baño, dónde la luz continuaba parpadeando.

Suspiró y abrió la ducha.

Esperó el agua caliente unos segundos, metió la mano bajo el chorro y seguía fría.

Más bien helada.

Quizá glacial.

Retiró la mano inmediatamente.

—No puede ser...

Movió la llave hacia un lado, luego hacia el otro, pero nada cambió.

Sophie adoraba ducharse con agua caliente, ni siquiera tibia, caliente.

Lo suficientemente caliente como para salir del baño convertida en una nube de vapor.

Aquello era exactamente lo contrario.

Después de reunir todo el valor que fue capaz, entró bajo el agua.

El primer contacto la hizo contener un grito.

—¡Madre mía!

Cinco minutos después salió temblando, convencida de que acababa de batir algún récord mundial de velocidad para ducharse.

Terminó de arreglarse, tomó la computadora y bajó al comedor.

Al menos el desayuno compensaba bastante.

Había tostadas recién hechas, fruta, yogur, mermeladas caseras, huevos revueltos y unos bollos que olían maravillosamente.

Sonrió.

Quizá el alojamiento todavía tenía salvación.

Mientras desayunaba abrió la computadora.

Necesitaba enviar unos correos antes de reunirse con Elliot y Holly.

La página tardó en cargar, así que esperó.

Y siguió esperando.

Hasta que apareció un mensaje aterrador.

Sin conexión a internet.

Volvió a intentarlo, pero nada. Y, nuevamente, se acercó a recepción.

—Disculpe, creo que el wifi no está funcionando.

La misma mujer de delantal floreado levantó la vista con total tranquilidad.

—¿Hay alguien más usándolo?

Sophie miró alrededor.




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