Sophie comenzó a guardar sus cosas apenas la videollamada terminó.
Todo había salido incluso mejor de lo esperado.
Los novios parecían encantados con sus propuestas y habían decidido dejar en sus manos los preparativos para su boda.
Cerró la computadora con satisfacción y la guardó junto con el cargador.
Cuando terminó, levantó la vista hacia la ventana.
Marcus todavía no había regresado.
Miró el reloj y frunció ligeramente el ceño.
Llevaba aproximadamente una hora fuera, no debía tardar demasiado.
Se debatió unos segundos entre marcharse o esperarlo.
Podría enviarle un mensaje, pero la idea desapareció tan rápido como llegó.
Había borrado su número hacía años.
Ni siquiera recordaba los últimos cuatro dígitos.
Resopló y caminó hacia la cocina con la taza de café vacía. Abrió el grifo y la lavó con tranquilidad, luego la dejó cuidadosamente sobre el escurridor.
Mientras se secaba las manos volvió a mirar la hora.
Quizá lo correcto fuera esperar un poco más.
Después de todo, Marcus le había abierto las puertas de su casa, había desaparecido para que pudiera trabajar tranquila y hasta le había preparado un café que, muy a su pesar, era espectacular.
Podía regalarle cinco minutos más.
Su mirada viajó hasta el frutero.
Había unas manzanas que tenían una pinta excelente.
Estuvo tentada de tomar una, pero justo en ese momento sonó el timbre.
Sophie arrugó el ceño.
¿Debía abrir? ¿Y si era Marcus?
Quizá había olvidado dónde había dejado las llaves.
No sería precisamente la primera vez.
Durante los años que habían estado juntos había olvidado llaves, billeteras, chaquetas y hasta una vez había olvidado dónde había estacionado el auto.
Caminó hasta la puerta y la abrió ya preparada para recibirlo con una reprimenda.
—Sigues siendo un...
Las palabras murieron en su garganta.
Frente a ella no estaba Marcus, sino Bianca.
Durante un segundo ambas permanecieron completamente inmóviles.
Como si ninguna esperara encontrarse con la otra.
—¿Sophie? —preguntó Bianca con una expresión que mezclaba sorpresa y horror.
Sophie elevó ligeramente el mentón.
—La misma.
Ahí estaba una de las pocas personas capaces de arruinarle el humor con sólo aparecer.
Bianca no era precisamente un personaje secundario en la historia de su vida.
De hecho, había sido uno de los motivos por los que Sophie había decidido ponerle fin a su relación con Marcus. Sus constantes comentarios pasivo-agresivos (que, en realidad, tenían muy poco de pasivos) eran agotadores, pero aún más lo era que su novio jamás hiciera nada por defenderla.
Y, por lo visto, seguían siendo amigos, algo que, desde la perspectiva de Sophie, no dejaba precisamente bien parado a Marcus.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Bianca con exactamente el mismo tono altanero que recordaba de hacía diez años.
Sophie respiró hondo, no pensaba discutir, así que se hizo ligeramente a un lado.
—Pasa. Seguro vienes a ver a Marcus.
Bianca no se movió.
—No respondiste mi pregunta.
Parecía incluso más alterada.
Sophie sonrió con toda la paciencia de la que fue capaz.
—Porque ya me iba.
Esperó a que Bianca entrara.
—Marcus salió hace un rato, pero no debería tardar.
Bianca cruzó la puerta sin dejar de observarla de arriba abajo con esa expresión crítica que Sophie conocía demasiado bien.
—No puedo creer que estés aquí después de lo mucho que hiciste sufrir a Marcus.
Sophie tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no responder de forma impulsiva.
¿Ella lo había lastimado?
No dudaba de que Marcus hubiese sufrido con la ruptura. Sería absurdo pensarlo. Pero también era cierto que había sido él quien había tomado las decisiones que terminaron por romper la relación.
—Por suerte me tenía a mí —añadió Bianca con una sonrisa cargada de suficiencia—. Me pasé noches enteras consolándolo.
Aquellas palabras le despertaron una vieja punzada en el pecho, una de esas que creía superadas hacía mucho tiempo. Sin embargo, la dejó pasar.
Ya no tenía veinte años y, por fortuna, había aprendido a elegir sus batallas.
Sin responder, cerró la puerta con tranquilidad, caminó hasta el comedor, tomó el bolso y volvió hacia la entrada.