El sol de la tarde caía sobre las colinas de Bebek, el barrio más exclusivo de Estambul. En una de esas villas de piedra blanca y jardines infinitos, la vida de los Erçel transcurría bajo una calma envidiable. Allí, el aire huele a jazmín y a la salitre de un mar que siempre parece estar vigilando. En el centro de esa perfección vivía Aylin Erçel. A sus 23 años, la prensa la llamaba "La Princesa de Turquía", por esa mezcla de gracia innata y una bondad que no se puede fingir.
Desde pequeña, Aylin fue el orgullo de su familia. Mientras otros niños de la élite crecían entre niñeras, ella prefería los pasillos de los hoteles de su padre, saludando a los botones por su nombre. Su padre, Hakan Erçel, solo se suavizaba ante ella. Para él, Aylin era la prueba de que el linaje Erçel era impecable.
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Aylin
A veces me pregunto si la felicidad es real o si es simplemente la ausencia de problemas. Mi vida ha sido, hasta hoy, un camino tapizado de pétalos de rosa. Recuerdo cuando tenía ocho años; mi padre inauguraba el hotel en Antalya y yo me escapé a la cocina para saber si los camareros habían comido. Mi padre me encontró compartiendo un postre con el hijo del personal y le dijo a todos: "Esta es mi hija. Su corazón es más grande que todo el oro de la tierra".
Crecí creyendo que el mundo era así. Un lugar donde si dabas amor, recibías protección. Mis padres me adoraban. Me enseñaron que llevar el apellido Erçel significaba que cada paso mío sería observado, pero nunca me sentí utilizada. Y luego estaba Can, mi hermano mayor.
Él tiene 30 años y siempre ha sido mi muro. Si mi vida ha sido un jardín, Can ha sido el jardinero que cortaba las espinas antes de que yo pudiera pincharlas. Siempre recordaré su voz tras defenderme de un chico irrespetuoso en mi adolescencia: "Nadie toca a la princesa de esta casa, Aylin. Nadie".
Hoy, a mis 23 años, me miro al espejo. Llevo un vestido de seda azul profundo. Hoy es la gala de los "Líderes de la Industria", la noche en que las familias Karahan y Erçel se presentarán oficialmente. Mi padre está ansioso; dice que los Karahan son los dueños del oro de Turquía, y nosotros, los dueños del descanso de lujo. Es la unión perfecta.
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En una esquina reservada del Palacio de Çiragan, lejos del bullicio, dos hombres observaban la entrada de los Erçel con la precisión de dos cazadores analizando a su presa.
Emre Karahan, de 30 años, el heredero indiscutible del imperio minero, ajustaba los gemelos de su camisa con parsimonia. A su lado, su hermano menor, Demir, de 26 años, sostenía una copa de cristal con una actitud que rozaba la arrogancia. Demir no heredaría el mando total; ese peso recaía sobre Emre, pero Demir era la mano derecha, el encargado de la expansión hotelera y el rostro que la familia usaba para las relaciones públicas.
—Mírala, Demir —susurró Emre, señalando con la mirada a Aylin, que acababa de entrar al salón—. Es exactamente lo que necesitamos. Los hoteles Erçel no solo son propiedades; son prestigio puro. Si esa chica entra en nuestra familia, nuestras acciones en la minería de oro se dispararán. El público adora su cara de santa.
Demir bebió un sorbo de whisky, sus ojos oscuros recorriendo la figura de Aylin con un brillo de posesión.
—Es hermosa, no lo voy a negar —respondió Demir con voz ronca—. Pero parece... blanda. Una niña de papá que nunca ha salido de Bebek.
—Ese es precisamente el punto, hermano —replicó Emre con una sonrisa fría—. Yo ya estoy casado, mis manos están atadas. Tú eres el único que queda. Necesito que la enamores. Necesito que esa pureza suya se asocie al apellido Karahan. No me importa cuántas modelos tengas en tu cama de soltero; para el mundo, a partir de hoy, Aylin Erçel tiene que ser tu única obsesión.
Demir soltó una risa seca, dejando la copa sobre una mesa de mármol.
—No será difícil. A las mujeres como ella les encantan los hombres como yo. Solo tengo que bajar un poco el tono, fingir que soy el caballero que ella espera y la tendré comiendo de mi mano en un mes.
—Hazlo —ordenó Emre—. Por el imperio. Por el oro. No dejes que se nos escape.
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Aylin
Caminaba del brazo de mi padre cuando los vi. Los Karahan eran imponentes. Adnan, el patriarca, saludó a mi padre como si fueran viejos generales. Pero mi atención se centró en los hijos. Emre, el mayor, proyectaba una autoridad serena. Y luego estaba él. Demir.
Sentí que el aire cambiaba cuando sus ojos se cruzaron con los míos. Tenía una mirada que no cuadraba con su sonrisa perfecta. Era como si estuviera leyéndome, calculando algo.
—Aylin, querida —dijo Adnan Karahan con una calidez que me sorprendió—, es un honor conocerte al fin. Estambul no exagera cuando habla de tu belleza. Estos son mis hijos, Emre y Demir.
Demir dio un paso adelante. Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano y depositó un beso en el dorso, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo necesario.
—Es un placer absoluto, Aylin —dijo Demir. Su voz era como terciopelo rozando una herida—. He oído que tu trabajo en las fundaciones es admirable. Es raro encontrar belleza y conciencia en la misma persona.
Sentí un calor repentino en las mejillas. Nadie en los círculos sociales solía ser tan directo.
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A pocos metros, Can Erçel observaba la escena con la mandíbula tan apretada que le dolía. Él conocía a Demir Karahan. No por los negocios, sino por las noches de Estambul. Sabía de su reputación: el libertino que dejaba un rastro de corazones rotos y escándalos silenciados con dinero en los clubes de lujo.
Can dio un paso hacia adelante, interponiéndose sutilmente entre su hermana y Demir.
—Demir Karahan —dijo Can, su voz era un gruñido bajo disfrazado de cortesía—. No sabía que te interesaba la filantropía. La última vez que escuché tu nombre, estaba asociado a una fiesta bastante... ruidosa en el puerto.
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Editado: 03.05.2026