Los siguientes días no cambian.
Ayudo a mi abuelo con el taller, voy a la escuela y me mantengo aislado de todos, recibo miradas de los profesores que conocen mi pasado y mi hermana sigue ignorándome.
Hablando de mí hermana, ella sigue molestando a esa chica, Seraphine. Es algo que no entiendo, no sé cual es la verdadera razón para que la trate así.
Ella y yo no hemos hablado, solo el segundo día cuando temprano me dejó el sudadero doblado sobre el escritorio y con un olor a detergente. Pero fuera de esa interacción, ni siquiera nos miramos.
No es que me decepcione de ello pero por las noches por unos segundos, pienso en ese primer día. En la biblioteca pasándonos las notas, en su rostro con ojos llorosos y cuando estaba fuera de la puerta de la clase.
Y sí, a veces, volteo hacia donde ella se sienta pero intento no hacerlo tan obvio.
Y ahora, es otro nuevo día. Es viernes, un aburrido y simple viernes. En mi otra vida los viernes significaban salir de fiesta con mis amigos, mi novia y dejar la escuela a un lado.
Estoy sentado en mi escritorio esperando a que la clase comience, pero faltan como diez minutos. Una chica, una de las que se junta con mi hermana, entra mientras tararea una canción. Deja su bolsa en uno de los escritorios del frente y yo miro hacia mis dedos, notando una pequeña cortada en mi mano.
Luego, pasos.
—Hola —dice.
Es ella, es esa chica, amiga de mi hermana. Solo levanto el mentón, no quiero hablar con nadie.
Sonríe de lado. Su cabello es marron claro, ojos azules, lleva una blusa blanca tejida con unas pequeñas flores en el cuello. —Hola, ¿Eres hermano de Dari, verdad?
Me remuevo en el asiento. —Sí.
Toma una punta de su cabello y la tuerce entre sus dedos. —Ah sí, se parecen tanto —no es cierto—. Entonces, ¿te llamas Scott, verdad?
Asiento.
Se acerca más, recuesta la mano en el escritorio del frente. —Yo creo que te recuerdo, osea, no te vi bien porque los de último estaban al otro lado, aquí donde ahora estamos.
Aprieto la mandibula. No sé qué quiere de mí, pero yo quiero que deje de hablar. —Tengo que ir al baño —me levanto.
Ella abre la boca y no importa lo que sea que tenga que decirme. Me muevo entre los escritorios y esquivo a un chico que estaba entrando.
No sé qué les ha dicho mi hermana a sus amigas pero preferiría que no lo hiciera. Tenía un poco de esperanza en que ninguno de ellos supiera que yo no debería estar aquí, que debí graduarme hace meses y que sí, reprobé un año porque yo tomé mis cosas y me fui.
Ahora soy el perdedor que ha regresado.
Voy al baño, me lavo la cara con agua y me veo en el espejo. Mantengo el contacto conmigo por unos segundos hasta que me separo, tomo una hoja de papel y me seco el rostro.
No sé qué me pasa pero siento como si los dedos, las piernas y todo mi cuerpo se empezara a secar, como si fuera cemento y estoy rigido. Pero como siempre, lo ignoro.
Es la manera en que los Corse lidian con las cosas, lo barren debajo de la alfombra hasta que tropiezas con ella y culpas a todos por lo que ha pasado.
Al regresar no solo hay más personas sino que también, está Seraphine. Ella levanta la mirada y hacemos contacto visual.
Aprieto los puños.
Sigo con mi camino pero sigo tambien pensando en que hoy trae un suéter lila con líneas blancas y el cabello medio recogido.
Me siento en el escritorio, no está lejos de mí. está a dos escritorios al frente. Puedo ver su cabello, como se ondula y como algunos cabellos parecen dorados por la luz que entra por la ventana.
Pero dejo de hacerlo.
Alguien dijo que ella es la más fea del salón y a mí parecer, en esta clase no hay feas. Todas tienen algo que las hace atractivas pero sin duda Seraphine no es de las menos atractivas.
Y ruedo los ojos dentro de mí.
No debería tener mis estúpidos pensamientos. Sin duda hay alguien en quien no puede confiar y ese es, yo.
Cuando me siento veo que el chico que está a su lado coloca los pies en el asiento de ella y se aparta, para evitar que la ensucie con las suelas.
Rasco mi mentón mientras miro todo eso. Estoy seguro que ella lo nota peo no hace nada y es frustrante. Al menos debería hablar, pedirle que se quite. Ella solo baja la mirada y se sigue apartando.
Ahora rasco mi cuello sabiendo que dejaré marcas si sigo haciéndolo así de fuerte. Mis ojos dejan a Seraphine y van con el chico. Cabello claro, gafas sin marco que lo hacen parecer un poco pretensioso.
Pero así como ella, yo tampoco hago nada.
Esta clase es Geografía y la profesora empieza a hablar de países que ya no existen pues por guerras y conflictos se seprararon o disolvieron. Ella escribe en la pizarra algunos de esos nombres.
—Ahora quiero que preparen una presentación para el siguiente viernes, no este, el otro —dice, su flequillo está despeinado—. Pero vamos a formar parejas y es elección libre, así que, tienen cinco minutos.
Todos se voltean con alguien, algunos dudan y los grupos de tres o cuatro debaten quien debería ir con quien.
Yo no me muevo. No sé cuántas personas hay en la clase pero espero que sea un numero impar así me dejan hacer esta aburrida tarea solo. No estoy en contra de aprender sobre países que se dividieron o juntaron pero luego de vivir algunas situaciones, este tipo de información no es relevante.
A veces quiero culpar a los adultos en mi vida por no haberme dicho algo de manera más abierta, por dejarse de vueltas y explicar las cosas tal y como son. Otras veces me recuerdo que el desastre me ocurrió a los diecisiete y ya no era un ignorante en ciertos temas.
Una chica de cabello rizado y corto se acerca a mí. —Hola, ¿Tienes pareja?
Nigo, manteniendo la expresión seria.
Sonríe. —¿Puedo unirme contigo? —veo que unos escritorios detrás de ella hay dos chicas mirando hacia aquí.
Las voces de todos los demás siguen resonando sin parar. Risas, alboroto, algunos gritos alegres y emocionados. —No —digo, manteniendo el contacto visual.
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Editado: 24.02.2026