No Somos Nada

12. SERAPHINE

De nuevo me duele el estómago pero esta vez no es por mi periodo, quien sabe por qué sea.

Cuando llego a la escuela me ajusto el sueter que escogi para hoy. Está nublado, hace frio y casi parece que va a llover en cualquier momento pero gracias a este suéter que me regalaron en navidad me siento más cálida.

Mi estómago vuelve a quejarse con un dolor al costaado y cierro los ojos. No sé qué me pasa últimamente, he ido al medico hace dos meses y todo estaba bien.

O al mens él dice “que estoy bien”

Camino al salón de clases pero desde el pasillo puedo ver que Dariane y sus amigas están hablando y bloqueando el paso. Odio cuando hacen eso, siempre eme hacen sentir rodeada y pequeña.

Tomo una larga respiración y me enfoco en mis pies para no tropezar, cuando llego a la puerta elevo tana solo un poco la voz. —Con permiso.

Dariane, sorpresivamente, dice: —Eh, Millie, dejala pasar.

Millie chasquea la lengua y se mueve.

Pensé que quizás Dariane tuvo un instante de no molestarme pero cuando paso a su lado, ella voltea la lata de jugo de naranja que estaba tomando y cae sobre la manga derecha de mi sueter.

—Ay perdón, Seraphine —dice con voz falsa.

Me separo la manga de la piel porque la sensación pegajosa es asquerosa y debato en qué hacer, ¿Me quedo o intento arreglarlo en el baño? Podría quitarme el suéter pero hace mucho frio.

No puedo creerlo, ahora esetá manchado de jugo y solo lo había usado hasta hoy.

No sé qué me molesta más, si la sensación pegajosa que empieza a enfriarse con el aire del pasillo o el hecho de que este suéter era lo único que realmente quería usar hoy.

Me quedo quieta un par de segundos porque moverme implica aceptar que esto pasó otra vez, implica decidir si voy al baño o si entro al salón fingiendo que estoy bien.

Levanto la manga y la veo hundirse un poco por el peso del jugo, la mancha naranja extendiéndose con rapidez. Dariane ya está dándoles la espalda a sus amigas, como si ni siquiera valiera la pena seguir mirándome, como si todo esto fuera tan fácil para ella que ya está aburrida.

Trago saliva y me digo que no voy a llorar por un suéter. No hoy. No otra vez.

Entro al salón intentando que mi respiración no suene temblorosa. Camino directo a mi lugar, ese que nadie quiere porque está al lado de la ventana rota que siempre deja entrar un poco de frío.

Apoyo mis cosas y trato de exprimir la tela con cuidado, aunque solo logro que mi mano termine tan pegajosa como la manga. Suelto un suspiro que espero que nadie más escuche.

Busco entre mis cosas y tomo la única servilleta de papel que tengo, lo presiono contra la tela para que absorba lo más que se pueda aunque esa mancha no se va a quitar.

Escucho murmureos otra vez y veo de reojo como Scott entra como siempre, con la capucha puesta y ese gesto que nunca sé si es aburrimiento, cansancio o simplemente su forma automática de existir.

Pasa a mi lado sin decir nada, pero su mirada se queda medio segundo más de lo normal en mi suéter. No dice nada, no pregunta, no ofrece ayuda, ni siquiera frunce el ceño… solo me mira.

Yo aparto la vista porque no sé sostenerla.

Durante toda la clase siento su mirada de reojo. No es constante, no es obvia, es más como si de vez en cuando verificara que sigo ahí, como si estuviera esperando algo que ni yo sé si puedo ofrecer.

Intento concentrarme en la clase, en copiar, en respirar, pero el frío del jugo secándose se siente cada vez más incómodo y la vergüenza vuelve cada vez que muevo el brazo y mi manga se pega a la piel.

Eso sin mencionar el olor de naranja artificial.

Cuando termina la clase, guardo mis cosas rápido y me levanto con la intención de salir antes que el resto, pero Scott se me adelanta, aunque no para irse sino para situarse justo en mí camino.

No me bloquea del todo, solo se mueve lo suficiente para que tenga que detenerme o chocar con él y como no quiero chocar con nadie nunca más en mi vida, me detengo.

Él se pasa una mano por el cabello con un gesto que parece más un hábito nervioso que un intento de verse bien. Después me mira directo, sin rodeos y yo bajo la vista un segundo antes de obligarme a subirla otra vez.

—¿Y por qué dejaste que te lo hicieran? —pregunta sin levantar la voz, como si fuera una pregunta normal.

— ¿De qué hablas?

Él inclina el rostro. —Seraphine, no creo que tu intención haya sido traer un suéter con una mancha fresca de jugo —mira hacia el escritorio vacío donde estaba Dariane—. Uno muy similar al que mi hermana estaba bebiendo.

Yo frunzo un poco el ceño. —No “dejé”. Solo pasó.

Scott suspira. —No, Seraphine. Pasó porque no dijiste nada.

Siento un pinchazo en el pecho, uno que me hace querer retroceder pero no lo hago porque hay demasiada gente pasando y si me muevo voy a estorbar.

Él está cerca pero no demasiado, como si entendiera de forma natural dónde termina mi espacio, aunque su voz sí atraviesa cualquier límite.

—No lo entenderías —digo porque es lo único que puedo decir ahora.

Él entrecierra los ojos como si no le gustara mi respuesta. —¿Qué cosa? ¿Que te traten como si no tuvieras derecho a existir? ¿O que la gente crea que puede hacer lo que quiera contigo?

No sé cómo lo hace, cómo llega ahí tan rápido, como si hubiera estado observando más de lo que debería.

Me encojo de hombros. —No es tan simple.

Scott se inclina apenas hacia mí, un gesto mínimo casi imperceptible, pero su voz se vuelve más baja. —Claro que es simple. No tienes por qué quedarte callada.

Quiero decirle que sí, que siempre me he quedado callada porque cada vez que abro la boca algo empeora, porque el pueblo nos ve como si hubiéramos hecho un espectáculo, porque incluso cuando nada es nuestra culpa, igual somos los culpables de todo.

Pero no puedo explicarle eso a alguien como él.

—Tú no lo entenderías —repito, aunque esta vez mi voz suena un poco más cansada.




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