No Somos Nada

15. SCOTT

El motor de mi camioneta todavía vibra un poco cuando salgo del estacionamiento, pero la cabeza… la cabeza me zumba peor que eso.

No por el auto de Seraphine, ni por el trueno, ni por la rabia con Dariane que aún me late detrás de los ojos. Es por ella.

Por cómo me miró.

Por cómo yo la miré.

No debería sentir nada, ni una cosa, ni un centímetro de nada. Pero ahí está, esa espina bajo la piel que se clava más profundo cada vez que la escucho decir “estoy bien” cuando claramente no lo está, o cada vez que alguien la toca como si tuviera derecho. Y lo peor es que me importa. Mucho más de lo que sería inteligente admitir.

Manejo un par de cuadras antes de detenerme en un semáforo. Golpeo suavemente el volante con los dedos mientras la lluvia empieza a amenazar, esas primeras gotas que caen como advertencia.

Respiro hondo y sigo manejando.

Giro hacia la calle principal y la veo de nuevo en mi cabeza, apoyada en la ventana de su auto, totalmente sola mientras todos los demás ya se habían ido. Y la forma en que me preguntó “¿qué haces tú aquí?” como si fuera raro que alguien la notara. Como si ella no esperara que nadie apareciera para ayudarla.

Es complicado.

Apenas me doy cuenta y ya estoy sonriendo un poco. No mucho, solo esa cosa involuntaria que aparece cuando recuerdas algo que no deberías recordar tanto. Como ella diciendo “no me regañes” y frunciendo la nariz como si tuviera cinco años y alguien le hubiera quitado un dulce.

O como cuando gritó por el trueno.

Eso sí me hizo reír. No voy a mentir.

Doblo hacia mi calle y reduzco la velocidad, pensando en algo que ella dijo al final susurrando, creo que ni siquiera se dio cuenta que lo dijo.

¿Dónde te he visto antes, Scott Corse?

Yo también podría hacerle esa pregunta. Porque esa sensación de familiaridad no es solo suya. Es mía también. Es como si la hubiera visto en otro tiempo, en otro lugar, más pequeña, más… libre, quizá. Pero no logro ubicarlo. Se me escapa como humo entre los dedos cada vez que intento enfocarlo.

Aparco frente a mi casa, apago la camioneta y me quedo sentado ahí unos segundos, mirando las gotas empezar a resbalar por el parabrisas.

Seraphine.

No amiga.

No nada.

Algo que no sé nombrar, pero que se está metiendo en mis pensamientos mucho más rápido de lo que quiero admitir.

Y mientras salgo bajo la lluvia débil, con la sensación pegajosa del día entero encima, solo puedo pensar en una cosa: Si ella cree que está sola en ese pueblo, está equivocada.

No pienso decirlo en voz alta, porque sería… demasiado. Pero aunque no quiera ser su amigo, aunque siga repitiéndolo, aunque me ponga mil límites mentales…

La verdad es otra. No me gusta verla sola. No me gusta verla temblar.

Y no me gusta, para nada, que alguien más piense que puede tocarla como quiera.

No sé qué nombre tenga esto. No sé si quiero saberlo. Pero sé que no se va a ir y yo tampoco.

~

Aquí estoy, caminando por el pasillo con el ejemplar de Historia del Mundo Contemporáneo pegado al pecho.

Lo terminé anoche. Bueno… lo terminé a las dos de la mañana porque no podía dormir y porque Seraphine me lo prestó, y por alguna razón eso hizo que la lectura se sintiera más… importante. Como si ella hubiera subrayado cada capítulo solo con existir.

Y ahora vengo todos los días con este libro en la mochila y cero valentía para devolverlo.

Sé que estará en la biblioteca en lugar de la cafetería y bueno, si no está ahí, pues ya veré como dárselo. Llego al lugar y entro, casi esperando que no esté ahí porque sé que debería mantenerme lejos.

Pero la veo igual que siempre: sentada en la mesa de la ventana.

Tiene esa forma tan seria de sostener las cosas, como si cada objeto en sus manos mereciera respeto. Me pregunto si sostiene a las personas así también. Bueno, no literalmente. Sería raro. Pero entiendes el punto.

Me detengo a tres metros. Dudo. Retrocedo medio paso.

Tengo que hacerlo ahora, en mi periodo libre, porque si sigo procrastinando voy a terminar adoptando el libro y dándole su propio cumpleaños.

Respiro. Me acerco.

—Hola —digo, y mi voz sale un poquito más aguda de lo que tenía pensado. Maravilloso.

Seraphine levanta la vista. Parpadea una vez. No sonríe, pero sus ojos se suavizan, lo cual en el idioma Seraphine es básicamente un abrazo. —Hola, Scott.

Extiendo el libro hacia ella como si fuera una ofrenda y no un manual de historia lleno de fechas trágicas. —Ya… ya lo terminé. El libro, digo. El que me prestaste. —Trago saliva—. Fue muy bueno. Mejor de lo que esperaba, la verdad.

Ella arquea apenas las cejas, como si hubiera subestimado mi capacidad de leer algo con más de cien páginas y sin dibujos. No la culpo.

— ¿Sí? —Pregunta—. ¿Qué te pareció?

—Pues… —Me siento en la silla de enfrente antes de que mi cuerpo cambie de opinión—. No pensé que me fuera a interesar tanto la parte de las revoluciones sociales. Es decir, sabía que eran importantes, pero el libro lo explica de una manera muy… humana. Como si de verdad pudieras imaginarte ahí, ¿sabes? En medio del cambio. Y eso me atrapó. Creo que nunca había leído historia así.

Seraphine entrecierra los ojos un instante, como analizándome. No como un examen donde busca errores, sino más como un microscopio curioso viendo un fenómeno extraño.

—Me alegra —dice al fin—. Es uno de mis libros favoritos porque no trata a la gente como estadísticas. Muestra por qué la historia importa.

—Exacto. —Me inclino un poco hacia adelante sin querer—. Eso. Eso mismo pensé. Bueno, no con esas palabras tan elegantes, pero sí.

Ella sonríe.

— ¿Dormiste? —Pregunta, y juro que hay un toque de humor escondido en su tono—. Porque si lo terminaste anoche…

—Dormí —miento con la convicción de un vendedor de seguros—. O bueno, dormí lo suficiente para no desmayarme aquí mismo. ¿Eso cuenta?




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