Abro la puerta de la casa y siento ese olor a el café que mi abuela deja preparado desde temprano, aunque ya no tome tanto como antes, y por un segundo me pregunto qué estoy haciendo trayendo a Seraphine aquí.
—Pasa —le digo, moviéndome para que pueda entrar, y veo cómo mira alrededor sin moverse demasiado, como si temiera tocar algo por accidente o dejar huellas o quién sabe qué cosas piensa ella.
— ¿Hola? —se escucha la voz de mi abuela desde la cocina, seguida del golpecito suave de una olla contra otra.
Junto aire, intento sonar normal. —Abuela, traje a alguien.
Ella aparece limpiándose las manos con un trapo, con su delantal viejo y esas líneas alrededor de los ojos que se profundizan cuando sonríe. Al verme a mí primero hace esa expresión de “¿Ahora qué hiciste?” que tiene desde que era niño, pero cuando ve a Seraphine su expresión cambia por completo, como si se suavizara de golpe.
—Hola, cariño —le dice directo a ella, sin preguntar nada, porque mi abuela es así, ve a alguien y su instinto es ser amable.
Seraphine levanta una mano. —Hola.
— ¿Tienen hambre? —pregunta mi abuela.
Seraphine me mira, casi como si necesitara mi aprobación, y por alguna razón siento algo raro en el estómago, como si me hubiera tragado una piedra.
—Un poco —dice ella al final.
Mi abuela asiente y sonríe como si fuera la mejor noticia del día. —Siéntate, corazón, ya te preparo algo.
Muevo la cabeza hacia Seraphine. —Voy afuera. Tengo que empezar con el auto, ya regreso.
Aunque probablemente no regrese hasta que la comida esté lista, porque no quiero quedarme aquí parado sintiendo cómo mi abuela me mira como si ya supiera que estoy metido en algo que ni siquiera yo entiendo.
Ella asiente, se cuelga la bolsa del respaldo de la silla y se sienta despacio y yo me quedo un segundo viendo esa imagen extraña. A Seraphine sentada en mi mesa, en mi casa, con mi abuela hablándole como si la conociera desde hace años, y algo en mí se retuerce porque nada de esto debería estar pasando pero al mismo tiempo… parece que todo está cayendo en su lugar sin mi permiso.
Cuando salgo hacia el taller, el frío me golpea rápido, ese aire helado que atraviesa la ropa aunque no quieras y que siempre me ayuda a acomodar un poco los pensamientos, pero hoy no funciona.
Camino hacia el auto que tengo que entregar y me inclino para revisar el estado del motor, pero en realidad no veo nada, mis ojos están sobre las piezas pero mi cabeza está en la mesa de la cocina.
No debería haberla traído aquí.
Fue impulsivo.
Tonto.
Mi abuela se va a encariñar y eso complica todo porque mi abuela se encariña con cualquiera que la mire con ojos tristes y Seraphine los tiene todo el tiempo. Además está lo otro, lo inevitable, lo que todos saben menos ella.
Respiro profundo, tomo una herramienta y empiezo despacio, como si el ritmo me fuera a ayudar a ordenar lo que siento, pero no funciona.
Ningún orden es posible cuando la imagen de ella se me mete en la cabeza una y otra vez, esa manera en que sostiene la bolsa contra su cuerpo, como si esperara que en cualquier momento algo malo pudiera pasarle, y pienso en la escuela, en mi hermana, en los profesores mirándome como si fuera un caso perdido y todo se revuelve otra vez.
No debería importarme si ella come o no come, pero me importa.
No debería importarme si tiembla cuando alguien se le acerca demasiado, pero sí lo noto.
No debería importarme si me mira como si yo no fuera como los demás Corse, pero hay algo ahí, un algo que no quiero reconocer.
Aprieto la mandíbula y me obligo a concentrarme en el auto, en el metal frío bajo mis manos, en el ruido constante de las herramientas, en cualquier cosa que me saque de esa sensación de que el universo está jugando conmigo, juntándome con alguien con quien no debería cruzarme tanto.
Escucho pasos en la antes de verla. Son pasos suaves, como si ella caminara sobre alfileres, y me obligo a no enderezarme demasiado rápido, pero igual lo hago, porque algo en mí siempre está pendiente de lo que hace Seraphine incluso cuando no quiero admitirlo.
Y por algún motivo extraño, incontrolable, mi corazón pega un salto.
Y eso más que todo lo demás es lo que me asusta.
Ella aparece en la entrada del taller, abrazándose un poco por el frío, con sus dedos escondidos en las mangas del suéter y me mira con esa expresión que nunca sé leer bien, una mezcla entre nervios y curiosidad… y algo más que no debería buscar en su cara.
—Tu abuela dijo que… —mueve la cabeza hacia la casa— en diez minutos está la comida.
Asiento, limpiándome las manos con un trapo aunque no sea necesario. —Bien.
Pero no se va. Se queda allí, un poco más cerca de mí que la vez anterior, mirando el auto como si fuera un bicho raro.
— ¿Eso es difícil? —Señala el motor, la ceja ligeramente levantada—. Siempre he querido saber qué hacen los mecánicos. Cada vez que papá va al taller dice que se siente estafado aunque no sabe nada de eso.
Su comentario me saca una risa muy leve, involuntaria. —Podrías no decir eso aquí, este es un taller.
—Perdón —dice riéndose también—. Pero en serio, ¿Qué estás haciendo?
No sé por qué, pero me nace enseñarle. Quizás porque se ve interesada. Quizás porque no quiero que regrese a la casa todavía. Quizás porque cada vez que se queda un segundo más cerca de mí, algo sucede en mi interior que me asusta.
—Ven —le digo, moviéndome un poco hacia un lado.
Ella duda, como siempre, pero da dos pasos y se acerca. Queda tan cerca que puedo sentir el olor suave de su shampoo, algo floral. Me aclaro la garganta para no enfocarme demasiado en eso.
Levanto la mano y señalo una pieza. —Esto de aquí es el alternador. Mantiene cargada la batería mientras el motor está encendido. Si se daña, el auto muere en cualquier momento.
Ella asiente, pero no suelta un “ah” típico, se queda mirándolo con atención real, como si necesitara entenderlo todo.
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Editado: 16.03.2026