No Somos Nada

19. SCOTT

A la hora del almuerzo camino hacia la biblioteca casi sin pensarlo, como si mis pies ya supieran que ahí es donde voy a terminar y aunque trato de convencerme de que podría ir a otra parte, de que no necesito volver al mismo sitio, termino empujando la puerta con la misma sensación de siempre.

Cuando la veo sentada en la misma mesa del fondo, con su libro frente a ella y el cabello cayéndole sobre los hombros, solo respiro hondo y camino hacia allá sin decidir realmente si quiero que me vea llegar o si prefiero pasar desapercibido como antes.

—Hola —le digo cuando estoy cerca y ella sube la mirada de inmediato, como si hubiera estado esperándome.

Me hace ese gesto pequeño con la mano, como invitándome a sentarme, y yo lo hago, aunque mi pecho ya vaya acelerado desde antes.

Abrimos los libros como si de verdad tuviéramos ganas de leer, aunque en realidad no hacemos nada más que pasar páginas sin ver realmente qué dicen.

Hay algo en su presencia que me hace sentir demasiado… despierto. Atento. Consciente de cada movimiento mío y de los de ella.

— ¿Tuviste un mejor día? —pregunto finalmente, aunque sé que no fue así, porque vi lo que pasó en la mañana y todavía tengo la imagen clavada en la cabeza, esa donde ella está en el escritorio y Dariane dice cosas que no debería decirle a nadie.

Seraphine se encoge un poco de hombros. —Digamos que… sobreviví.

Asiento, aunque no me gusta la idea de que tenga que “sobrevivir” nada en esta escuela.

Debería ser más fácil, debería sentirse segura, debería tener un entorno más calmado, algo que no la haga encogerse cada vez que ve a alguien acercarse.

Pero de nuevo, no sé cómo decirle eso sin sonar como alguien que cree que puede arreglarlo todo, cuando yo soy el primero que no puede arreglar lo suyo.

—Lo del salón… —empiezo, pero no sé hasta dónde puedo tocar ese tema porque no es mi asunto y al mismo tiempo sí lo es, porque la vi temblar—. Tú no hiciste nada malo, ¿sabes?

Ella baja la mirada hacia las páginas y respira profundo. —Ojalá lo sintiera así. Pero supongo que ya estoy acostumbrada.

Y esa palabra, “acostumbrada”, me deja un nudo en la garganta que no logro tragar.

No digo nada durante un rato, porque sé que si hablo con esa mezcla de enojo y frustración en la voz voy a sonar como si lo estuviera haciendo sobre mí y no sobre ella. Así que dejo que pasen unos segundos, hasta que ella se atreve a levantar la vista otra vez.

—Creo que Dariane está actuando así contigo por algo que pasó el año pasado —dice, en voz baja, como si temiera que alguien pudiera escucharla aunque estemos solos.

— ¿Lo que pasó contigo? —pregunto sin pensarlo demasiado, y apenas lo digo siento un tirón extraño en el pecho, porque sé que no tengo derecho a saberlo, pero quiero saberlo de todos modos.

Ella abre la boca como para intentar explicarlo pero se detiene, y en lugar de hacerlo baja los ojos hacia sus manos, que están entrelazadas sobre la mesa.

Yo veo el movimiento y me sorprendo a mí mismo queriendo colocar mi mano sobre la suya, solo para que deje de apretarse tanto los dedos, pero me quedo quieto porque no sé si eso es algo que debería hacer.

—No es una historia agradable —dice finalmente.

—Yo no necesito que lo sea —respondo, y me arrepiento de inmediato, no porque no sea verdad sino porque sonó demasiado… directo. Demasiado como si me importara más de lo que debería.

Seraphine me mira como si mis palabras la hubieran tomado por sorpresa.

—Y tú tampoco estabas aquí el año pasado —dice, cambiando de tema con suavidad pero sin soltarlo del todo—. Y la gente habla de eso también.

Me quedo quieto. Siento que me mira con cuidado, no como quien quiere chismosear sino como quien quiere entender. Y eso me desarma más de lo que me gustaría admitir.

—No es una historia agradable tampoco —le digo, repitiendo sus palabras porque ahora parecen la única forma de explicarme sin tener que decir cosas que todavía no sé cómo hacerlo.

Ella asiente, como si predecir esa respuesta le diera un poco de consuelo, como si el hecho de que ambos carguemos cosas feas fuera un terreno común donde no tenemos que explicarlo todo.

En un momento, ella estira la mano para tomar un marcador que está a medio centímetro de mi cuaderno, y cuando lo hace, su dedo roza mi muñeca.

Es un toque mínimo, casi inexistente, pero el impacto que me da es ridículo, como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de mí.

Ella también se queda quieta por un segundo, como si lo hubiera sentido igual.

No lo hablamos.

No lo mencionamos.

—Oye —dice ella con la voz un poco más baja—. Gracias por lo de hoy. Y por las notas.

—De nada —contesto.

Aunque lo que quiero decir es que no sé qué hacer contigo, ni con lo que siento, ni con cómo te acercas sin darte cuenta de que estás rompiendo cosas dentro de mí que pensé que ya estaban muertas.

Ella sonríe, una de esas sonrisas pequeñas, apenas visibles, pero tan honestas que hacen que todo en mí se mueva un poco hacia un lugar donde no pensé que fuera a moverme otra vez.

Y entonces la puerta de la biblioteca se abre y la bibliotecaria entra con una caja de libros, y los dos nos separamos muy sutilmente, como si estuviéramos haciendo algo inapropiado.

Pero no lo estábamos.

O tal vez sí.

O tal vez no sé qué es lo que estamos haciendo.

Lo único que sé es que quiero volver aquí mañana y que eso ya es un problema.

Sigo hojeando el mismo párrafo desde hace como diez minutos, y aunque trato de aparentar que estoy concentrado, en realidad lo único que estoy haciendo es escuchar cómo Seraphine pasa las páginas a mi lado.

Me afecta más de lo que debería. No sé qué me pasa, no sé por qué últimamente me siento como un cable pelado cuando estoy cerca de ella. Es como si mis pensamientos se tropezaran entre sí, y eso me da rabia porque se suponía que yo ya había aprendido a no necesitar a nadie cerca.




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