No Somos Nada

20. SERAPHINE

Cuando bajamos del auto de Scott, el aire frío me llega directo a la cara y hace que inhale más fuerte de lo normal.

No sé si es el clima o los nervios, pero siento un cosquilleo incómodo en el estómago.

El taller del abuelo de Scott está justo al lado de la casa. Tiene un letrero viejo, medio oxidado, y un olor a aceite y metal que me recuerda a cuando de niña caminaba detrás de mi papá cuando revisaba el carro… antes de que todo cambiara.

Antes del escándalo.

Antes de que el pueblo nos mirara como si fuéramos una especie de chiste.

Scott abre la puerta metálica y el sonido rechina. Suelta un “oye, perdón por el ruido” sin verme, como si necesitara advertirme que nada aquí es perfecto.

Pero sé que lo hace por costumbre.

Por ese intento suyo de no molestar a nadie.

—Es… lindo —digo, aunque no sé si “lindo” es la palabra para un taller lleno de herramientas y grasa. Pero me gusta. Es real. Es tranquilo.

Y sobre todo huele a vida normal.

Scott suelta una risita suave. —Nunca había escuchado que alguien describiera esto como “lindo”.

Y ahí está otra vez. Esa risa suya, tan rara, que aparece como si la sacara con pinzas.

—Bueno… —me encojo de hombros—. Me gusta cómo se siente.

— ¿Cómo se siente? —pregunta.

Me encojo de hombros. —Sí, es como… no sé. Normal. Es difícil de explicar porque en mi casa todo siempre está en orden y limpio pero aquí las cosas están como deberían porque todo este lugar es lo que ayuda a reparar lo que está mal.

Resopla. —Tú lees muchos libros, ¿no? Hablas como si estuvieras leyendo poesía.

Creo que su intención era molestarme pero esa frase “hablas como si estuvieras leyendo poesía” me hizo sentir algo en mi corazón. —Pues hablo como quiero.

Vuelve a reír. —Ahí está, la Seraphine que conozco.

Ruedo los ojos pero estoy sonriendo. — ¿Y cómo soy, según tú?

Él me mira por un segundo y niega. —Una molestia —pero Scott sonríe de nuevo y rayos, su sonrisa es realmente atractiva.

Scott se queda quieto por un momento, después agarra una llanta y la coloca frente a mí. —Ven —dice, y me hace una seña con la mano para que me acerque.

No debería causarme nada. Es solo una seña. Pero me acerco despacio, sintiendo cómo el piso retumba bajo mis pasos, como si cada uno me llevara más profundo a un lugar donde no sé si deberíamos estar los dos.

Este es el hermano de Dariane Corse.

Él es un Corse.

—Bien —Scott dice, poniéndose a mi lado, muy cerca—. Lo primero es esto.

Se agacha para mostrarme las herramientas y cuando yo también me inclino nuestros hombros se rozan un poco, pero lo suficiente para que se me corte la respiración.

—Este es el gato del carro —continúa—. Sirve para elevarlo y poder quitar la llanta dañada. Pero antes… —me mira por encima del hombro y su voz baja un poco más—, tienes que soltar los birlos.

Asiento, aunque no estoy segura de haber entendido algo. Me cuesta concentrarme. Él es demasiado… él. Y yo estoy demasiado consciente de cada movimiento.

—A ver, intenta tú —dice, ofreciéndome la llave.

La tomo, pero es pesada y mis manos no están acostumbradas. Scott se acerca más, casi pegando su brazo al mío.

—Ponlo así —dice, y me guía la mano.

Sus dedos tocan los míos y aunque debería soltarlo, no puedo, él tampoco lo hace. Siento su mano sobre la mía, su cuerpo pegado al costado del mío y de la nada puedo percibir un olor a jabón.

Su jabón.

— ¿Así? —pregunto, sintiendo cómo mi voz se vuelve más pequeña.

Aclara la garganta. —Sí. Pero… necesitas más fuerza.

Lo intento, de verdad lo intento, pero la llave apenas se mueve.

—No puedo —murmuro, frustrada.

—Sí puedes —susurra él, tan cerca que puedo sentir el calor de su respiración en mi mejilla—. Te ayudo.

Y entonces pasa.

Scott coloca su mano sobre la mía y se acerca más a mí, su palma cubre mis dedos por completo, firme pero suave. Eleva un poco mi brazo, guía la presión, y juntos logramos que el birlo gire con un crujido seco.

Mi corazón pega un salto antes de acelerarse.

— ¿Ves? —murmura, sin apartarse—. Si podías, Seraphine. Yo sabía que podías.

No respondo. No puedo hacerlo, he dejado de prestarle atención a la llanta y solo siento su cuerpo cerca del mío.

Debería sentir repulsión por estar tan cerca de un Corse, debería alejarlo porque es un chico pero sé que él no está haciendo esto con dobles intenciones, realmente quiere enseñarme.

Él tampoco se mueve.

Sus dedos siguen sobre mis dedos y aunque podría haber soltado hace rato, no lo hace. Giro mi rostro tan solo un poco para verlo, nuestros ojos se encuentran. No es una posición cómoda, mis piernas que están sintiendo el peso de mi cuerpo pero si él no se mueve, yo tampoco lo haré.

Un momento, ¿Qué?

Por supuesto que tengo que moverme, tengo que borrar las ideas en mi cabeza. Cuando finalmente retiro la mano, lo hago despacio.

Scott se endereza primero, limpiándose las manos en su pantalón, no me mira o intenta no hacerlo. Yo hago lo mismo, observo cualquier cosa menos sus ojos. Las herramientas, el piso, un tornillo perdido, el borde de mi suéter.

—Eres buena en esto —dice él de pronto, como para romper la tensión.

—Solo hice lo que me dijiste —respondo, y siento un calor extraño subirme por el cuello.

Scott se pasa una mano por el cabello, nervioso. —Igual lo hiciste bien.

Nadie me dice eso. Nadie nota nada que yo haga. Y escucharlo de él… no sé. Se siente diferente.

Como si importara.

Me atrevo a mirarlo.

Él también me mira.

Y ahí está.

Ese algo.

Ese algo que no debería estar, o no tan pronto, pero que ya empezó a crecer. Él lo siente y yo lo siento, se nota que él lo está sintiendo también pero los dos lo esquivamos.

— ¿Quieres… seguir practicando? —pregunta Scott, intentando sonar neutral.

—Sí —respondo demasiado rápido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.