Me he repito mil veces antes de dormir que Seraphine y yo no somos amigos, no somos nada y no lo seremos porque es así como debe ser.
Pero los días pasan, los periodos libres y los recesos son siempre con ella, las tareas y proyectos son con ella y ya ha llegado a casa de mis abuelos varias veces a comer.
Ella no es mi amiga, no es mi… algo.
Somos nada.
Aunque para ser honestos, estoy a punto de golpearme la cabeza contra el muro pues la he invitado de nuevo al taller y esta vez es diferente. Mi abuela y mi abuelo se han ido a comer con uno de mis tíos y esta casa está sola.
El taller solo tiene un auto y no hay más clientes por ahora.
Y estamos solos.
He estado solo con ella en varias ocasiones pero nunca totalmente. Siempre era en la escuela o en pequeños momentos cuando nos apartábamos de mis abuelos pero nunca solos.
Eso causa algo en mi interior, algo no agradable. Hace más de un año estuve solo con una chica quien cambiaría el rumbo de mi vida y yo el de ella.
Pero esta vez es distinto, esta vez no estoy pensando como en aquella ocasión. Cuando estaba con ella no sentía nada más que necesidades físicas, pero con Seraphine es tan distinto. Es casi como si me diera miedo acercarme, porque en realidad, sí me da miedo.
No quiero seguir arruinando a nadie.
Ella se baja de su auto porque le prometí enseñarle a revisar lo básico del auto, como el aceite y esas cosas, pero no puedo controlar el manojo de nervios que estoy sintiendo.
Seraphine cierra la puerta de su auto con un movimiento suave, recoge su suéter del asiento del copiloto y se lo acomoda antes de mirarme. Esa mirada siempre hace que algo se tense dentro de mí, como si me estuvieran apretando el pecho desde adentro.
No sé si es nervios, miedo o una mezcla de todo lo que intento no sentir.
— ¿Entonces… empezamos? —pregunta, y su voz no tiembla aunque yo juraría que sí hay algo en sus ojos, algo que me dice que no soy el único que está fuera de lugar.
Asiento y camino hacia el taller, ella me sigue y, mientras lo hace, puedo escuchar el ritmo apurado de mis propios pensamientos luchando por no arruinar nada. El espacio está silencioso, sin las voces de mis abuelos, sin herramientas chocando, sin nadie que interrumpa. Es demasiado silencio para mi gusto.
Le señalo el auto que está dentro del taller. —Vamos a empezar con lo más fácil —digo, tratando de sonar normal—. Revisar el aceite.
Seraphine deja su bolso en una de las mesas y se acerca.
Se detiene cerca, demasiado cerca, pero no me muevo. No puedo. Ella huele a algo suave, como un jabón caro o uno que solo huele así porque es ella.
Trato de ignorarlo.
Levanto el cofre del auto y ella se inclina para observar. Su cabello se desliza sobre su hombro y por un segundo me quedo viendo cómo cae, como si eso fuera lo más interesante del mundo.
Ridículo.
—Mira —tomo la varilla del aceite y le muestro la punta—. Esta línea es el mínimo, está el máximo. Mientras esté entre esas dos, todo bien.
—Puedo intentarlo yo —dice, extendiendo la mano.
Se la paso, pero cuando lo hago, nuestros dedos se tocan y la sensación es tan simple, tan estúpida, pero igual me recorre un escalofrío por la espalda.
Ella lo siente. Lo sé porque inhala despacio.
—Está bien —respondo, pero se me seca la garganta.
La observo mientras limpia la varilla, la vuelve a meter y la saca otra vez, concentrada. Cuando vuelve a hablar, su voz es más suave. — ¿Así está bien?
Asiento. —Sí. Bien hecho.
Ella sonríe, una sonrisa pequeña, sincera, de esas que me hacen querer tomar un paso hacia atrás o hacia adelante, pero no quedarme justo donde estoy.
No sé cuál sería peor.
Me inclino para cerrar el cofre, pero cuando lo hago, ella también se inclina y terminamos a pocos centímetros. Siento el calor de su cuerpo, su respiración, su cercanía tan clara que me cuesta no apartarme rápido.
Me quedo quieto.
Ella también.
—Scott… —susurra, y solo escuchar mi nombre en su voz hace que me quede rígido—. Tú… ¿estás bien?
¿Cómo voy a estar bien?
Estoy solo con ella, en un lugar donde nadie puede interrumpir, donde mis miedos y mis ganas chocan tan fuerte que siento que podría partirme a la mitad.
Trago saliva. —Sí. Solo… —busco una razón, cualquiera—. No pensé que vendrías tan rápido.
Ella ríe por lo bajo. —Me dijiste que me ibas a enseñar. Cumplo mis promesas.
Regreso la mirada al cofre porque si la miro más tiempo voy a terminar diciendo algo que no debo. —Bien. Entonces… ahora te enseño a cambiar una llanta.
Cuando lo digo, ella sonríe como si le acabara de decir que vamos a hacer algo divertido y yo no entiendo cómo puede hacerme sentir esto.
Esta mezcla incómoda de querer huir y querer quedarme.
Le indico que se agache conmigo al lado de la llanta. Ella se arrodilla y su rodilla roza la mía.
—Este es el gato hidráulico —explico—. Sirve para levantar el auto. Y… —agarro la herramienta—. Tienes que ponerla justo aquí.
Ella asiente y acerca su mano a la mía para tomar la herramienta. La siento temblar un poco. O quizá soy yo el que está temblando. No lo sé.
— ¿Así? —pregunta, su mano todavía sobre la mía.
Me doy cuenta de que no he respirado.
Exhalo y asiento. —Sí. Justo así.
Pero no mueve la mano. Y yo tampoco. Quedamos así, con las manos juntas, agachados uno al lado del otro, el taller completamente en silencio.
Su voz es apenas un susurro. —Scott.
Levanto la cabeza y nuestras miradas se cruzan en ese ángulo incómodo donde uno sabe que está demasiado cerca pero igual se queda. Su rostro está a pocos centímetros, sus ojos brillan con algo que me cuesta descifrar, algo que parece una pregunta silenciosa.
Si me acerco, lo arruino.
Si me alejo, también.
—No sé qué estamos haciendo —murmuro, más para mí que para ella.
Ella tampoco se aleja. Lo sé porque la siento aún ahí, tan cerca que me cuesta pensar.
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Editado: 04.04.2026