Scott termina de enseñarme y mi corazón se siente como si hubiera corrido una maratón.
Esto da miedo, por muchas razones.
Una de ellas es su apellido, Dariane me ha hecho la vida imposible y su padre arruinó la vida de mi familia. No sé qué pensar ni que hacer pero no puedo negar que cada día pienso más en él.
Cada día quiero verlo.
Que la manera en que ríe es satisfactoria y que sin duda, es muy atractivo.
Pero Scott tiene secretos y si él no empieza a hablar más, yo no puedo dejar que mi estúpido corazón caiga sin paracaídas.
¿Era esto lo que Gabriela sentía por Santiago?
No, el caso de mi hermana es distinto, tan distinto.
—Scott —digo, cuando termina de ordenar algunas herramientas.
Él me mira con la expresión seria de siempre. — ¿Qué?
Respiro profundo. —Um, oye… tú…
Entorna los ojos y se recuesta en la pared, cruzando los brazos y levantando una pierna para reposar el pie en el muro. — ¿Qué pasa?
Aclaro la garganta. — ¿Por qué estas repitiendo el último año?
Desvía la mirada. — ¿Por qué es necesario que te lo diga?
Dudando, doy unos pasos hacia él. —Porque… no somos amigos, eso ya lo sé pero… sé que no odias pasar el tiempo conmigo y yo no odio pasar el tiempo contigo. Mira, yo… solo quiero saber más de ti.
Ahora sí me mira a los ojos de una manera muy fría. — ¿Para confirmar lo que todos dicen de mí?
— ¿Qué? —junto las cejas.
— ¿Para descubrir si deberías alejarte? —Se empuja de la pared—. Quizás sí, Seraphine. Quizás no deberías estar cerca de alguien como yo.
Sus palabras caen como un golpe seco, uno de esos que no ves venir pero igual te deja sin aire. Me quedo ahí frente a él, con ese olor a aceite y metal alrededor, con el viento entrando por la puerta entreabierta del taller, y siento cómo una parte de mí quiere retroceder… pero otra quiere dar un paso más.
—No estoy diciendo eso —susurro, porque mi voz no da para más y porque él está mirándome como si yo fuera otra persona, una que viene a juzgarlo.
—Pero lo piensas —insiste, sin levantar la voz, pero con un filo que duele más que si gritara—. Todos lo piensan. Hasta mis abuelos intentan no decirlo en voz alta.
—Scott… —mi corazón late tan rápido que me siento torpe, casi temblorosa—. No estoy aquí para eso.
Él aprieta la mandíbula, un gesto casi imperceptible. Baja la mirada, la fija en el piso como si ahí estuviera la respuesta a todo.
—No tienes idea de quién soy —murmura—. No sabes nada.
—Por eso te estoy preguntando —digo, tratando de mantenerme firme—. Porque quiero entenderte. Porque… —y aquí mi voz me traiciona—, porque me importas, aunque no quiera admitirlo.
Él alza la mirada tan rápido que me toma por sorpresa. Sus ojos se sienten demasiado cerca, demasiado atentos, como si mis palabras hubieran empujado una puerta que él mantenía cerrada a la fuerza.
—No deberías decir eso —su voz tiene un borde áspero que no había escuchado antes.
Me acerco un poco, un paso, lo suficiente para que él lo note. No me toca, no se mueve, pero su respiración cambia y eso lo dice todo.
— ¿Por qué no? —pregunto, sin apartar la mirada.
—Porque no quieres estar en mi vida —dice como si se lo estuviera confesando a sí mismo—. Créeme. Yo… no soy alguien con quien deberías involucrarte.
—Eso no lo decides tú —respondo, aprieto las aprieto contra mis costados—. Si algo me afecta, si quiero o no acercarme, es asunto mío.
Él niega, muy despacio. —No sabes lo que pasó.
—Entonces dímelo —digo, dando un paso más y ahora estamos lo suficientemente cerca como para sentir el leve calor del otro—. Hazme entender.
Scott se queda en silencio, respirando profundo, como si estuviera luchando contra algo invisible. Sus ojos bajan a mi boca por un segundo, tan rápido que casi podría pensar que lo imaginé.
Pero no lo imaginé, estoy segura.
—Seraphine… —su voz se vuelve casi un ruego—. No.
—Tú eres tan complicado —respondo y me sorprendo de lo tranquila que suena mi voz cuando por dentro estoy hecha un lío—. Me dices que me aleje sin decirme por qué. Me dices que no te importa pero te importa. Me dices que no somos nada… pero no actúas como si no fuéramos nada.
Sus labios se tensan, su mirada se vuelve más intensa y por un segundo creo que va a decirlo todo, ahí mismo.
Pero no lo hace.
En cambio da un paso hacia mí.
Uno pequeño.
Uno que me obliga a levantar el rostro para verlo.
— ¿Por qué quieres saberlo tanto? —Pregunta—. ¿Por qué te importa mi pasado cuando sabes lo que piensa todo el mundo?
Trago saliva, sintiendo el peso de su pregunta como un nudo en la garganta.
—Porque no creo en lo que dice todo el mundo —murmuro—. Porque te estoy conociendo yo, no lo que cuentan los demás. Y… porque tampoco creo en lo que dicen de mí, así que supongo que espero que tú tampoco lo hagas.
Hay un silencio denso, uno que se siente en la piel. Scott baja la mirada por un instante, como si estuviera procesando. Luego vuelve a levantar la vista y la intensidad en sus ojos me deja clavada al suelo.
—No eres lo que dicen —afirma, casi en un susurro.
—Tú tampoco —respondo.
Y ahí está. Ese momento. Ese hilo invisible que nos hala hacia adelante. Ese casi que flota entre nosotros.
Scott respira hondo, muy hondo, como si intentara apagar algo dentro de él, pero sus ojos no mienten.
No son fríos esta vez.
No son duros.
Son vulnerables.
Y ver eso en él es más íntimo que cualquier toque.
Luego habla. —Seraphine, si te cuento todo… no sé si vas a seguir aquí.
Mi corazón pega un salto y no me muevo. —Entonces pruébame —digo, muy suave—. Pruébame, Scott.
— ¿Y si te lastimo? —pregunta.
—No vine aquí para huir —respondo—. Vine aquí porque quiero quedarme.
Él cierra los ojos un segundo y cuando los abre, su mirada ya no es fría.
Ya no es distante.
#65 en Joven Adulto
#2434 en Novela romántica
amor secretos familia, romace amistad primer amor, opuestos se atraen
Editado: 04.04.2026