No Somos Nada

23. SCOTT

Yo tenía una novia.

Las palabras quedan flotando en el aire, Seraphine parpadea de manera lenta, como si lo que acabo de decir necesitara tiempo para asentarse. No sé por qué lo dije. No planeaba decirlo hoy. Ni aquí. Ni así. Pero ella me mira con esos ojos que parecen ver más allá de lo que yo intento esconder y de pronto esconderlo ya no es suficiente.

— ¿Tenías? —pregunta, en apenas un susurro.

Asiento, tragando con dificultad. —Hace más de un año.

Seraphine baja la mirada a sus manos, como si las estuviera revisando por primera vez. Está nerviosa e incómoda.

O quizá ya está haciendo exactamente lo que le dije que hiciera, está pensando en cómo alejarse. — ¿Hace más de un año? —repite.

Me río, sin humor. —Sí y no salió bien.

—No necesitas decirme nada si no quieres —susurra.

Pero sí quiero, o quizá no quiero pero lo necesito. Es como si la verdad fuera un motor oxidado que se ha quedado atorado demasiado tiempo y finalmente hoy, hubiera decidido rugir.

—Ella… —respiro por la nariz, mirando el piso del taller—. Ella me quería y yo… yo creía que también la quería. —Es tan extraño hablar de esto después de tanto tiempo—. Pero era distinto, yo tenía la cabeza en otro lado, en cosas que no debí, en problemas que ni entendía bien.

Y ella… ella se metió en mi vida cuando yo estaba hecho un desastre.

—Scott… —Seraphine da un paso hacia mí.

Retrocedo un poco, no mucho pero sí lo suficiente para recordar que su cercanía es peligrosa de maneras que no sé manejar.

—Yo la arruiné —digo, sin rodeos.

—No creo que…

—No sabes nada —la corto, pero no con dureza, sino con cansancio. Mi voz sale baja—. No sabes lo que hice, ni por qué repito el año, ni por qué mi familia está como está. No sabes nada de lo que pasó con ella. Y cada vez que tú… —me paso una mano por el cabello— cada vez que tú me miras como si… como si yo no fuera un desastre me pregunto cuánto tardaré en arruinar todo otra vez.

Seraphine levanta el rostro y hay tormenta en sus ojos.

No miedo, no rechazo.

Algo peor: comprensión.

Ella no debería estar viéndome de esa manera, ella debería comprender que hay razones por las que mi familia actúa como si yo no existiera y que la mirada de cualquier que me conoció antes habla más fuerte de lo que parece.

—No quiero que pienses que tú puedes arreglarme —suelto, de manera brusca.

—No estoy tratando de salvarte, Scott —dice con una voz suave pero firme al mismo tiempo—. Solo quiero conocerte, eso es todo.

Quisiera creerle. Quisiera tomar esas palabras como si fueran un cable a tierra. Pero el recuerdo de mi ex golpeando la puerta de mi casa, llorando y gritando que era mi culpa… todavía está ahí.

Todo está ahí.

—No deberías —susurro.

— ¿Por qué no?

La miro. Dios. Qué pregunta tan simple. Qué imposible.

—Porque cuando lo arruiné con mi ex, lo hice por ignorante. Por idiota. Si lo arruino contigo, sería consciente, sería peor.

Mucho peor.

Ella traga saliva. Su respiración tiembla un poco, o quizá soy yo imaginando cosas porque estoy demasiado cerca del colapso.

—No somos nada, ¿recuerdas? —dice ella, intentando sonar ligera, pero su voz carga ese tono que suele sonar como broma.

—Lo sé —respondo—. Y aun así, siento como si lo que sea que estemos haciendo… fuera peligroso.

Seraphine baja la mirada. No dice nada. El silencio cae sobre nosotros como una manta pesada, llena de cosas que ninguno sabe nombrar.

Quiero decirle que ya no siga preguntando. Que ya no se acerque. Que deje de hacerme querer hablar. Pero cuando abre la boca, cuando respira hondo como si estuviera tomando aire para bucear en algo más profundo, mi corazón reacciona de maneras distintas.

—Scott… —empieza—, ¿ella te hizo daño?

Y ahí está.

La pregunta que nunca nadie ha hecho. La que nadie quiso ver. La que me hace sentir algo malo y vulnerable y malditamente real.

Me quedo callado con la mandíbula tensa porque la respuesta, sea cual sea, cambia todo. Porque si se lo digo, algo entre Seraphine y yo va a cambiar o quizás, va a encenderse.

Y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.

Mi voz sale ronca, apenas audible: —No fue tan simple.

Seraphine me mira como si acabara de decirle la mitad de un secreto que no puede descifrar.

—Éramos una de esas relaciones raras, terminábamos y volvíamos, una y otra vez. Ella y yo… no sé, no sé porque hacíamos eso —confieso.

Asiente.

—Luego nada, cosas pasaron —bajo la mirada.

No sé mucho de la vida de Seraphine pero por el tiempo que he pasado con ella puedo asumir algunas cosas, sé por ejemplo, que ella cree en cosas en las que yo no.

Y me pregunto si esas creencias la harán juzgarme.

—La razón por la que yo solo me fui de la escuela el año pasado es porque… —aclaro la garganta—. Beatrice quedó embarazada.

Listo, lo he dicho.

Este es un momento en donde se puede percibir igual que una granada a punto de caer, ese instante donde no puedes huir ni esconderte porque no te dará tiempo pero lo ves, lo sientes y ya lo has hecho.

Beatrice quedó embarazada.

Las palabras se quedan suspendidas en el aire, casi tangibles, como si hubieran caído entre nosotros y ahora estuviéramos obligados a mirarlas. Seraphine no dice nada de inmediato y por un segundo pienso que tal vez va a retroceder, que va a buscar la puerta o que va a evitarme, pero no lo hace.

Solo espera y eso de alguna manera, me obliga a seguir hablando porque ya abrí esta puerta y no puedo fingir que no le he confesado tal cosa.

—O eso dijo —agrego, frotándome la nuca—. Me lo dijo llorando, diciendo que necesitaba ayuda y yo… —me río sin humor— yo solo pensé que tenía que ser responsable, que tenía que hacer lo correcto, así que dejé la escuela y me fui a trabajar. Mi tío necesitaba gente en el taller en otra ciudad y yo no pensé mucho, solo me fui.




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