No Somos Nada

25. SCOTT

El profesor de ciencias está frente al pizarrón hablando sobre órbitas, cometas y no sé qué más, mientras escribe “Lluvia de meteoros - sábado” en letras gigantes, como si fuera lo más emocionante del mes.

Todos murmuran. A la mayoría le emociona porque significará salir de la ciudad, comer basura y pretender que entienden el cielo. Yo… no sé. O sea, me gustan los meteoros, supongo, pero siempre que algo suena “romántico”, prefiero mantenerme lejos.

No necesito problemas nuevos.

—Van a necesitar firmar el permiso —dice el profesor—. Salimos a las cinco. No llegar tarde.

A mi derecha, Seraphine escribe algo en su cuaderno con esa letra pequeña. No debería estar viéndola pero lo estoy haciendo. Otra vez. Y peor aún, me doy cuenta.

Carraspeo y miro hacia adelante.

No me gusta esto. Esa sensación rara en el pecho, como cuando subes escaleras muy rápido y luego finges que no estás cansado. Es eso con ella.

Me niego.

Cuando el profesor sigue explicando las fases de la lluvia de meteoros, me giro un poco hacia Seraphine.

— ¿Vas a ir? —pregunto, como si no me importara la respuesta. Como si mi mano no estuviera nerviosa moviendo la parte de abajo de mi cuaderno.

Ella levanta la vista, esos ojos enormes que siempre parecen sorprendidos de algo.
—Creo que sí… nunca he visto una. —susurra.

Asiento, tragando.

Eso me pasa por preguntar.

—Dice que hay que llevar linterna —comenta ella después de un segundo, señalando la diapositiva.

—Sí, claro. Linterna —repito, porque aparentemente soy un idiota sin más frases.

Lo único que puedo pensar es: Si va ella, voy yo.

Y no debería. No debería importarme.

— ¿Tú vas? —me pregunta.

Cierro mi cuaderno, tratando de sonar normal. —No lo sé —miento sin vergüenza.

Ella frunce los labios. —Pensé que te gustaba este tipo de cosas.

—Pues sí —susurro, apoyando mi espalda en el asiento—. Pero no sé. Hay demasiada gente, demasiado ruido, demasiadas… cosas. No suena tan interesante como parece.

Demasiadas cosas que pueden hacer que me acerque más a ella de lo que debería.

—Oh —dice ella, bajando la mirada. Se ve como si hubiera dicho algo incorrecto.

Genial, Scott. Increíble. Haciendo que se sienta mal por nada. —Pero si tú vas… —hablo antes de pensarlo—, puedo ir.

Sus ojos se levantan tan rápido que casi me río. — ¿Sí?

Dios. ¿Qué estoy haciendo?

—Digo, no sé —me acomodo en la silla, incómodo, mirando hacia otro lado—. No quiero que vayas sola. Ya sabes cómo son los idiotas de este curso.

Ella sonríe un poco. —No voy a estar sola. Va todo el grado.

Y aun así me mira como si hubiera dicho algo importante.

Sí, ya basta. Esto es justo lo que quería evitar, sentirme como un completo estúpido porque Seraphine se ríe o porque inclina la cabeza cuando me mira.

—Además —agrega ella—. Dijiste que me enseñarías a defenderme, así que ya tengo arma secreta.

Sonrío, porque no puedo evitarlo. Es automático.

—Claro —digo—. Mi increíble método pedagógico de “golpea tan fuerte que te des estresas”.

Ella suelta una risa suave.

Ese sonido… Ese sonido es un problema.

El profesor sigue hablando sobre telescopios y mantas para el frío. Pero yo ya no estoy ahí.

Estoy pensando en ella.

Y en cómo el cielo se ve distinto cuando alguien lo mira contigo. Aunque no debería pensarlo ni permitirlo. Así que me repito mentalmente, una y otra vez:

No. No me gusta. No voy a caer en eso.

Pero cuando ella vuelve a escribir, mordiéndose la punta del lápiz, sé que estoy mintiendo.

Y que ya estoy cayendo.

~

Estoy acostado en mi cama, mirando el techo como si ahí arriba hubiera algún botón secreto que pudiera ayudarme a dejar de pensar.

No sirve de nada.

Seraphine me da vueltas en la cabeza como si la hubiera visto hace dos minutos y no hace horas. Su cara cuando le conté lo de Beatrice. Su silencio. Esa forma suya de escuchar sin moverse demasiado, como si cada palabra cayera en un lugar exacto.

No debería llamarla, lo sé y aun así llevo quince minutos con el teléfono en la mano.

Miro su nombre en la pantalla y me paso la mano por la cara, frustrado conmigo mismo.

—No llames, no llames… —murmuro.

Y aprieto el botón de llamada igual.

Me odio, en serio.

El tono suena una vez, dos, tres. — ¿Scott? —responde ella, con la voz suave, entre soñolienta y sorprendida.

Genial, qué maravilla. La desperté o contestó demasiado rápido. Las dos opciones me hacen sentir igual de expuesto.

—Sí… —trato de sonar como si no me hubiera pasado media hora decidiendo si marcar—. ¿Te desperté?

—Un poco —ríe por lo bajo—. Pero no pasa nada. ¿Estás bien?

Cierro los ojos. Esa risa provoca algo absurdo en mi interior, como si alguien hubiera encendido un interruptor que yo no sabía que tenía.

—Estoy bien —miento—. Solo… quería saber si tú estabas bien después de… ya sabes. Todo lo que te dije.

—Estoy bien —responde, más despacio—. Agradezco que confíes en mí.

Me quedo callado un segundo porque no sé qué hacer con su gratitud. No estoy acostumbrado a que alguien me agradezca por mostrar mis partes feas. No es algo que suela pasar.

Así que me apresuro a cambiar de tema. —Tu profesor de ciencias está mal de la cabeza.

Ella suelta una risita. — ¿Por lo de la lluvia de meteoros?

—Sí. A la una de la mañana, en medio del frío, con medio grupo muriéndose de sueño. ¿Quién se emociona por congelarse para ver piedras calientes caer del cielo?

—Yo —dice sin dudar.

Obvio. Tenía que ser ella.

—Claro. Cómo no —contesto, fingiendo fastidio aunque por dentro mi corazón pega un salto al imaginarla mirando el cielo con esa expresión suya tan seria y luminosa al mismo tiempo—. Te gustan esas cosas.

—Es bonito. No sé… te recuerda que no somos solo lo que tenemos aquí, en estas cuatro paredes.




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