No Somos Nada

26. SERAPHINE

Tuve que rogarles a mis padres que me dejaran ir.

Les dije que estarían 5 profesores con nosotros, que también los padres podían ir si querían y muchos padres estarían ahí, que nos quedaremos en habitaciones individuales de un pequeño hotel que es propiedad de uno de los dueños de la escuela y que solo iremos a eso, desayunaremos y regresaremos.

Mi mamá se negó desde que le dije, papá peor pero les prometí que los llamaría cada media hora y les dije que si querían, uno de ellos podían ir pero claro, estarán cansados por el trabajo.

Así que luego de rogar, aceptaron con la única condición que les enviara mensajes tanto como pudiera, que no me separara del grupo y que me quedara siempre cerca de alguna profesora o una mamá.

Así que aquí estoy, en la escuela, por la tarde con una mochila grande que lleva mis cosas para dormir y mi teléfono con la carga completa.

Desde el estacionamiento me doy cuenta que muchos sí vinieron con sus padres. Sé que tenemos casi dieciocho pero dudo que a la mayoría de los adultos les guste la idea de tener a sus adolescentes sin supervisión en un viaje donde estaremos despiertos hasta las dos o tres de la mañana.

Hoy no venimos a clases, se supone que teníamos que descansar lo suficiente para estar toda la noche despiertos.

Creo que yo no hubiera venido si Scott no hubiera aceptado pero no lo veo, solo espero que no se haya arrepentido y me haya dejado aquí sola.

Pero eventualmente, veo su camioneta entrar y se estaciona casi al fondo. Muerdo mi labio inferior mientras tomo una larga respiración. No quiero emocionarme por nada, él no piensa igual que yo.

Scott es solo, mi casi amigo o mi amigo, no sé.

Incluso aquí adentro del auto siento el frio y me froto las manos. Traje un suéter negro pero no sé si será suficiente, espero que sí.

Mi teléfono vibra, es él.

— ¿Hola? —pregunto.

—Hola —contesta—. Ya vine, ¿Tú?

Sonrío y me siento una tonta. —Sí, estoy en mi auto.

—Bien, te buscaré… todavía falta para que nos vayamos, ¿no?

—Supongo, hay que esperar a los demás —digo, viendo como muchos afuera se reúnen para hablar.

—Espera, ya voy —escucho que mueve algo, luego una puerta cerrándose y luego, un bostezo—. No sé porque tenemos que hacer esto.

—Son puntos para la clase —digo.

La otra opción aburrida era hacer un trabajo de diez hojas sobre el universo, claro que todos escogieron el viaje.

— ¿A quién le importan los puntos? —replica—. Como sea, ya vi tu auto, ahora llego.

Cuelga y sin pensarlo, me paso la mano por el cabello asegurándome que esté peinada. No es como si no me ha visto en peores condiciones pero lo tengo que intentar, lucir mejor.

Estoy perdida.

Lo veo acercarse por el retrovisor lateral, cuando está al lado de la puerta, le da dos toques a la ventana. La bajo y él se inclina.

— ¿Puedo entrar? No quiero esperar de pie —dice.

Sonrío. —Podría dejarte afuera.

—Qué mala —recuesta el brazo en la puerta—. ¿Qué tengo que hacer para que me dejes entrar?

Sin pensarlo, le doy una palmada suave a su mano. —Tienes que escuchar música conmigo, sin quejas.

Bufa. —Por eso se te muere la batería, si usas la radio sin conducir se gasta, ¿Lo sabes, no?

Siempre dándome consejos de autos.

Ruedo los ojos. —Entra.

Él pasa por el frente del auto y contengo la respiración, siento unas cosquillas internas cuando entra y se acomoda en el asiento del copiloto, sostiene su bolsa en el regazo.

Ahora, no sé qué decirle.

Mantengo las manos juntas y miro hacia el frente, donde solo hay unos pequeños árboles y un muro. Lentamente volteo y encuentro a Scott viéndome, él desvía la mirada y aclara la garganta.

Juego con mis dedos.

Scott ajusta la bolsa y mira hacia afuera de la ventana.

Yo noto un lunar en su cuello y de manera muy rara, quiero tocarlo pero claro, no lo hago.

No debería pensar en eso.

No debería pensar en él.

Scott mira el techo del auto y luego sus ojos bajan a mi rostro, dejo de verlo pero cuando miro de nuevo, él sigue viéndome.

Lamo mis labios. — ¿Tienes frio?

Niega. —¿Tú si?

Rasco mi brazo. —Solo un poco.

Scott baja la mirada y estira su mano para tomar la manga de mi suéter, no me está tocando pero ese contacto aumentó las cosquillas. —Espero que hayas traído al más que esto.

Me encojo de hombros. —Creo que será suficiente.

Deja la manga. —Pero estaremos en la madrugada, la noche es mucho más fría.

Sus ojos y los míos se vuelven a encontrar y ahora sí, ya no importa el frio porque todo mi interior se llena de una calidez extraña, algo nuevo que no he sentido jamás.

De pronto mi imaginación vuela y me imagino ese momento, bajo las estrellas observando el infinito a su lado. Suena como una escena de película pero aunque no vaya a ser tan cursi como lo estoy imaginando, será igualmente grandioso.

No puedo creer que estemos aquí, en realidad, no puedo creer muchas de las cosas que he vivido con Scott Corse.

—Eh… música —digo, encendiendo la radio para conectarlo a mi teléfono—. Escuchemos música.

Espero que las canciones me saquen de esta sensación.

Cuando mi teléfono se conecta empieza a reproducir la lista de canciones más escuchadas recientemente y no, no ayuda que la canción sea sobre una chica cantando sobre el chico que le gusta.

La cambio, solo para que no me delate, aunque dudo que Scott entienda la indirecta.

La siguiente canción no es mejor, pero al menos refleja lo que siento ahora mismo.

“Rayos, ojala tu no me importaras para nada”

— ¿Este es el tipo de música que escuchas? —pregunta.

Asiento. —Pues sí, es mi música.

—Um, está bien —aunque no creo que le guste realmente.

—Puedes poner tu algo de música, todavía nos falta como media hora —digo, viendo que aun ni han llegado los buses escolares.

Saca de la bolsa el teléfono y lo ayudo a conectarse. Espero a que empiece alguna canción y me emociona descubrir qué tipo de música le gusta.




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